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Humano
Nombre : Knyh Driak Monte Blanco
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Un jardín secreto y un secreto en el jardín




En un lugar del Valle de los Lobos, allí donde la Torre se alza, unos jardines crecen al cuidado de los habitantes de aquel magnífico edificio y de su magia. Lo rodean, como si surgieran de él, cubriéndolo de vistosos colores y fragancias sutiles. Todo dentro de sus caminos parece sacado de un sueño, como si andar por aquel lugar fuera una ilusión. El tiempo deja de tener sentido, los miedos quedan apartados fuera de sus límites, como si los jardines mismos protegieran la Torre de todo mal.

Son inmensos, lo parecían o todo era parte de su ilusión. En cualquier paseo, el camino nunca parecía acabar. Tampoco parecía que necesitase tener un final, como si el fin del camino no fuera llegar a un lugar, sino el simple hecho de disfrutar del camino.

En uno de sus rincones más apartados y escondidos, allá donde los caminos se perdían y las flores habían sido olvidadas hace mucho, se encontraba el lugar perfecto. Estaba rodeado de verjas cubiertas de arbustos densos. Una puerta, siempre abierta y sin candado, daba la bienvenida a aquel remanso de paz. El camino de tierra seguía intacto pese a que hacía tiempo que aquel lugar estaba abandonado. Las flores crecían salvajes en las lindes del camino, pero respetándolo. También respetaban los límites de aquel lugar, pero escalaban los arbustos, junto a la verja, como queriendo escapar. El camino se partía en dos, poco después de entrar por la puerta. El primero era un camino largo y sinuoso que se perdía entre las plantas tras un giro. El segundo era un pequeño camino que sí tenía un fin y una finalidad, pero ésta no se alejaba de la de los demás caminos, pues llevaba hasta un mirador en el que podías usar tanto tiempo como quisieras en admirar los jardines. Era de forma hexagonal, blanco, con bancos de mármol y techado con pequeñas tejas azules.

El lugar era fresco y tranquilo. Sólo se oía el rumor del viento entre las hojas de los árboles, las briznas de hierba y las flores rozando, y algún que otro pájaro cantando. Nadie caminaba por aquel lugar, nadie a excepción de Knyh, por supuesto.

El escribano, con su usual atuendo gris, caminaba por los jardines desde la salida del sol. Había estado andando por sus caminos infinitos con un fin: encontrar ese sitio. Nunca había estado allí, jamás lo habría imaginado, pero cuando llegó supo que era perfecto. Su lugar perfecto.

A raíz de su investigación, y la posterior publicación de su obra, Knyh había tenido claro que quería mejorar sus conocimientos de alquimia. No obstante, y pese a tener los laboratorios cerca de su habitación, prefería cultivar sus propios ingredientes. ¿Era desconfiado? Quizás. ¿Paranoico? Nunca lo suficiente. Aunque el motivo era simple: satisfacción. Los progresos conseguidos con esfuerzo y dedicación se hacían más satisfactorios, y sus pociones tendrían un efecto extra, aunque fuera psicológico, si las realizaba con ingredientes que él mismo había recolectado o cultivado.

Y aquel era el lugar perfecto. Su lugar secreto. Allí plantaría las semillas de las plantas que utilizaría para sus pociones. En su cartera las llevaba. Era importante que nadie más tuviera acceso a aquel lugar, o se interesara por él, pues algunas de las plantas eran venenosas o tenían efectos peligrosos. No quería ser responsable de ninguna intoxicación de algún alumno por ver un fruto demasiado vistoso...y demasiado venenoso.

Subió por los blancos escalones del mirador y posó su cartera en uno de los bancos de mármol blanco, a la sombra. Extrajo de ella un trozo de metal alargado, parecido a un lápiz, pero entero de un metal plateado. Susurró unas runas y, tras unos pequeños crujidos, cambió su forma hasta algo parecido a una pala de mano. Tomó unas semillas y bajó, de nuevo, los escalones.

El sonido ahogado de la pala y las semillas al caer al suelo rompieron la calma. El escribano las había dejado caer, sobresaltado, pues allí, en donde antes no había más que verde hierba, yacía inconsciente una joven.

Knyh se bajó la capucha y salió corriendo hasta arrodillarse a su lado. Con un brazo le dio la vuelta y vio los detalles de su rostro, sus orejas, su colgante, su marca...Era una elfa, una joven elfa inconsciente en mitad de un jardín secreto y que había aparecido de la nada.

El escribano la agitó, primero de forma suave, para despertarla. No funcionó. Le subió un párpado y comprobó cómo reaccionaban sus ojos a la luz y, aunque lentos, lo hacían bien. Knyh trató de hacerla reaccionar con movimientos algo más bruscos, pero no resultó, de modo que probó un método diferente.

Tomó del suelo una de las semillas que había dejado caer y la pala. La usó para cavar un pequeño agujero donde enterrar la semilla. Una vez hecho, pronunció otras runas diferentes y, al cabo de unos segundos, la semilla se había transformado en una flor de acólito. Volvió a usar la pala para desenterrar su raíz y deshizo el hechizo, por lo que la pala volvió a ser una barra de metal del tamaño de un dedo.

Con el mismo lápiz, hizo algunas perforaciones en el bulbo de la raíz de la flor y se la acercó a la nariz a la elfa. El escribano esperaba que el fuerte olor a cebolla la ayudase. Asimismo, tomó algunas flores y las exprimió sobre los labios de la muchacha, pues las propiedades de éstas podrían ayudarla a recobrar la consciencia.
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Buzón de Knyh Driak de Monte Blanco

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Elfa
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La chica tenía los ojos cerrados, mas podía ver un pequeño mundo de sombras. Era un mundo oscuro, frío y distante, al igual que solitario. Tal vez, antes de olvidar, hubiera sentido miedo ante aquel desolador lugar, pero en aquellos momentos no lo tenía, o al menos no de la misma forma que los demás. Su mirada estaba hueca, vacía: el miedo danzaba alrededor de ella, tocaba su cuerpo buscando un sitio donde penetrar y turbar su alma, pero no encontró nada. Primero buscó en su cabeza, pero solo vio un murmullo de oscuridad. Después, bajó hasta el corazón y solo vio una habitación destrozada, y cuando llegó al estómago, había tantas cosas desconocidas para cualquier sentimiento, que no supo cómo habitarlo. El miedo estaba ahí, girando alrededor de aquel cuerpo, pero incapaz de penetrar por la carne fría, metálica y apenas sin vida de la elfa.

Dio un par de pasos vacíos, y por cada paso que daba, este resonaba levemente en aquel infinito y vacío mundo. Y por razones extrañas, sintió algo.

Lo primero que sintió fue en uno de los ojos, y fue calor. Después, un olor fuerte comenzó a inundar el interior de su nariz. Tal vez, aquella combinación de sensaciones tan opuestas a la naturaleza de aquel mundo, que produjo un movimiento en su estómago, como una sacudida. Y después otra, y otra. Y fue entonces, cuando sintió como un líquido amargo cruzaba su lengua, haciendo que la joven elfa se inclinase hacía abajo y vomitase un extraño liquido oscuro, que, al tocar el suelo, se evaporara. Y el miedo, sutilmente, se escondió dentro de su tripa, y al hacerlo, aquel mundo se desvaneció.

Abrió los dos ojos, y al hacerlo, un mar de luces golpeó su mirada, y solo pudo cerrarla y taparse con los brazos para intentar de protegerse de aquello tan doloroso. Cerró la mirada, pero instintivamente, abrió la mente: Y comenzó a recordar pequeños datos, información sobre el mundo. Las montañas, la luz, el cielo… Pero las puertas de la memoria se cerraron de golpe, como un sordo martillo, en cuanto vieron que la identidad y los recuerdos de la joven intentaban pasar. Tal vez fuera porque se acababa de despertar, o porque aún estaba procesando la información de aquel mundo, pero no le importó no recordar nada acerca de ella. Es más, cuando las puertas de la memoria se cerraron, ella se dio cuenta de que estaba vestida, y aquello le supuso un alivio, algo que hace unos minutos no le había preocupado: Su vestimenta consistía en un vestido negro, que le llegaba hasta las rodillas, un colgante extraño y nada más. No tenía zapatos, calcetines ni ninguna otra prenda más. Recordó el decoro, la importancia de la ropa, la vergüenza y la desnudez, y tal vez por ello sonrió al sentir la suave tela sobre su piel, protegiéndola del exterior.

Apartó entonces los puños de sus cerrados ojos y comenzó a abrirlos lentamente, mientras que se acostumbraba a la luz. Poco a poco, los colores comenzaron a cobrar vida, y sus formas comenzaron a tener sentido. Flores, arbustos, árboles bañaban el lugar. En el cielo danzaban nubes, y al frente de la Elfa, había un hombre desconocido.

Entonces, la joven, intentó gritar, pero no tuvo las fuerzas para hacerlo. Su corazón latía con tanta fuerza, que en cualquier momento estallaría y su mente estaba a punto de romperse: Ella ya había estado en una situación similar. Y un dolor olvidado, se le clavaba en el cuerpo, misterioso y errante, se le clavaba un dolor en el cuerpo. También intentó incorporarse usando sus brazos, pero tampoco lo logró. El miedo crecía en su estómago, y las lágrimas bañaban sus mejillas. Sacudía su cabeza, negándose a algo que desconocía. Los pelos blancos bailaban en su cabeza, mientras que en su rostro se leía un «no» demasiado triste, demasiado doloroso. Ni si quiera pensó nada en aquellos instantes, pues a pesar de haber sido una de las primeras cosas que recordó, fue una de las primeras que también olvidó.

En aquellos momentos, solo quería morir.

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En aquel apartado rincón del mundo, en un rincón aún más recóndito en los jardines de la Torre, había aparecido una caja. No era una caja en sentido literal, pero guardaba un secreto mucho mejor que cualquier caja fuerte. Era una elfa que, hermética, ocultaba celosa un secreto. Y no lo quería saber o no lo sabía. Tampoco lo sabía el escribano que la había encontrado en el jardín. Quizás el secreto fuera en sí que guardaba un secreto.

Knyh pudo comprender que, como todos, aquella elfa guardaba una historia. Lo que no sabía es que ésta, era un misterio. Cuando vio que comenzaba a reaccionar a sus tratamientos la dejó en el césped, pues no debía agobiarla en su despertar. No obstante, el escribano comprobó que la elfa se asustaba al verle, aunque no estaba demasiado cerca, pues respetaba su espacio. A la chica, aquel detalle se le pasó por alto. Knyh, comprensivo, hizo algunas suposiciones para intentar explicar aquella reacción desproporcionada. Primero pensó despertar tras estar inconsciente, ya de por sí era confuso. Después, al ver que pasaba de sorprendida a aterrada, comenzó a plantearse otras posibilidades. Una mala teletransportación. Eso explicaría por qué parecía tan débil, tan exhausta y asustada. Era posible que no fuera ese el lugar al que pretendía llegar.

El escribano fue testigo de una escena que, pese a su sempiterna serenidad y su común calma, le encogió el corazón. La elfa, profundamente aterrada, intentaba retroceder y gritar. Sus fuerzas la fallaban, su voz no acudía a su llamada, sus brazos cedían ante su peso y caía, mas no se rendía y seguía tratando de huir. ¿De qué?

Sin ninguna duda, Knyh supo que no podría ayudar a aquella muchacha con palabras. Su dolor y su temor parecían encontrarse en lo más profundo del corazón, y no de su mente. Era un dolor latente y puro, forjado desde un principio, marcado para siempre como una cicatriz hecha por un hierro candente. Y un dolor del corazón no podía calmarse con palabras, pues todo el mundo sabe que la mente no domina al corazón. Serían sus actos los que debían hablar por él.

Dio un repaso a todo el Libro de la Tierra en su mente, en busca de algo útil. No encontró ayuda alguna en la magia. Además, estaba asustada, quizás la magia fuera la causante de su miedo, no debía arriesgarse a usarla sin motivo. Repasó mentalmente su propia obra, en busca de  algo que la ayudara a recuperar fuerzas, pero sin una receta elaborada y los instrumentos de laboratorio adecuados no podría realizar una poción para devolverle las fuerzas. Lo que necesitaba realmente era un plato de comida y una cama caliente para descansar. Sin embargo, no podría llevarla a La Torre en brazos, pues no podía tocarla. Si quería ganar su confianza para ayudarla realmente, tendría que hacerlo de otra manera. Como podría hacerlo sería haciendo que ella se sintiera fuerte. El escribano pretendía que la elfa llegara por sí misma a La Torre.

Mirándola a los ojos, se levantó y se dio la vuelta, para dirigirse hasta el mirador. Cogió de su cartera una semilla de Mirriam de Escarcha. Transformó la barra de metal en una pala de jardín, de nuevo. Repitió el proceso que siguió para obtener la Flor de Acólito. Bajó los escalones e hizo un pequeño hoyo, dedicándole una mirada a de vez en cuando a la elfa, para ver que seguía allí. Enterró la semilla y la hizo crecer con magia. Cuando la planta era ya adulta, la arrancó, esta vez sin raíces.

Con la planta aún en la mano, fue hacia su cartera, en uno de los bancos de mármol del mirador, y tomó de ella un frasco de cristal vacío con tapón de corcho. También, sacó una cantimplora llena de agua y un trozo de cuero, antaño una de las piezas de la cartera, ahora adaptado como superficie de molienda, pues se hundía por el centro de ese uso. Volvió a bajar del mirador y se colocó a varios metros de la elfa, donde ella pudiera verlo y donde él pudiera verla.

Aplicó un hechizo una vez más sobre el trozo de metal, en ese momento con la forma de una pala de jardinería, para tornarlo una maza de molienda. Una a una, arrancó las hojas amarillentas de la Mirriam de Escarcha y las fue poniendo en la zona hundida. Cuando hubo terminado, tiró el esqueleto de la planta a unos matorrales cercanos. Era hora de moler aquello, y así lo hizo. Al principio con calma, tratando de que su gesto no fuera tomado por violencia, más tarde con ímpetu. El resultado fue un polvo fino verde amarillento.

Abrió el frasco vacío, produciendo el típico sonido del descorche, e introdujo el polvo de Mirriam de Escarcha en él. Después, vertió una buena cantidad de agua de la cantimplora dentro, hasta quedar casi hasta arriba. Cerró la cantimplora, y el frasco con su correspondiente tapón de corcho. La cantimplora la apartó a un lado, pero el frasco lo sostuvo entre sus manos y lo volcó de un lado a otro, para mezclar bien el agua y el polvo. El líquido se tiñó de amarillo con algunos reflejos verdosos, bastante apetecible a la vista, aunque su sabor no lo fuera tanto.

Con cuidado y cierta solemnidad, el escribano se acercó a la elfa como lo haría a un animal salvaje: cauteloso, sin temor, pero cuidando sus pasos. Cuando estuvo a un metro, se agachó y dejó el bote frente a ella.

-Os hará sentir mejor -fueron las palabras del escribano. Era una frase desteñida de toda emoción, como siempre era habitual en él; sin embargo, no era una voz fría. Era una voz serena, la voz de un hombre cuyas intenciones no pueden traerle mal a nadie. Era la voz de un escribano-. Os dará energías para caminar durante un buen rato. Está amargo, aquí no tengo nada con qué endulzarlo, pero os hará bien -hizo una pausa, escrutando en aquellos misteriosos ojos algún atisbo de...algo. Cualquier cosa que no fuera miedo, en realidad-. Cuando os lo toméis podréis acompañarme hasta la Torre para que comáis y os encontraremos una cama, pues cuando se acabe el efecto de la bebida os sentiréis exhausta y querréis dormir.

En realidad, el escribano no confiaba en que aquella elfa creyera en su palabra, o que lo acompañara, pero debía intentar hacer bien las cosas. En un caso desesperado podría dejarla inconsciente, de nuevo, y llevarla a La Torre. Si hacía aquello la ayudarían, ella se recuperaría y jamás podría confiar en Knyh. Si hacía las cosas bien, es posible que, además de ayudarla con su salud, la ayudara con aquel dolor oscuro y profundo de su ser. No obstante, aquellos quedaba lejos, y no era el impulso del deber el que lo animaba a aquello, sino un atisbo de compasión y empatía. Knyh, un hombre de mediana edad, curtido en mil batallas de la realidad, sentía una parte de su humano corazón que aún no se había extinguido bajo la asfixiante coraza de papel y tinta que lo protegía del más oscuro y profundo dolor que albergaba en su corazón. Desde el día que el fuego se lo llevó todo.

Era el momento de que la elfa decidiese. Y Knyh no podía influir en su decisión, pues debía ser la confianza que la elfa pudiera darle a él lo que la impulsase a dejarse ayudar. Por eso, el escribano la dejó sola para que tomara la decisión. Se levantó y dio media vuelta. La dejó a solas con el frasco, mientras él recogía sus cosas. Devolvió a su forma original al lápiz metálico, recogió la cantimplora y colocó todas las cosas que tenía fuera de la cartera dentro de ésta. Antes de meter el trozo de cuero lo sacudió y pasó la manga por el hoyo para despojarlo de cualquier resto. Una vez que lo hubo recogido todo, se colgó la cartera al hombro, cogió su bastón y se colocó la capucha sobre la cabeza. Bajó los escalones del mirador y esperó a la elfa junto a la verja, con esperanza.
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En este mundo hay muchas formas de mirar algo, pero en aquel momento, la elfa contempló a aquel hombre con la misma mirada de un ciervo a punto de morir, observando el rostro de su cazador. Una mirada vacía, creada a partir de dos ojos negros y faltos de expresión alguna. Y estos dos puntos negros, ojos azules en la elfa, no solo se limitaban sencillamente a mirar. Seguía con los ojos los movimientos de aquella persona, de una expresión y rostro censurados por la sombra de su capa, y cada vez que este se alejaba de ella y comenzaba a hacer cosas que no podía ver por el ángulo y la capa que lo tapaba, a la joven empezaba a apretarle fuertemente el corazón en la garganta. Lloraría, pero sus ojos no tenían la suficiente fuerza para hacerlo. Una serie de palabras, en cambio, se atragantaba entre sus labios, y luchaban por escapar de su boca, pero no tenían el suficiente valor para hacerlo. «No me hagas daño», eran las palabras que salían desde el fondo de su alma, pero que se perdían, sordas y deshilachadas al final de su lengua. Movía los labios con rigidez, intentando transformar el hilillo de aire que se escapaba, en palabras. Pero solo era capaz de emitir un suave gemido herido, el mismo gemido de dolor que hace un animal a punto de morir.

El hombre, por el movimiento de sus hombros, daba la sensación que estaba manipulando algo. Pero fue un movimiento tan suave y tan fugaz, que la elfa sin nombre descartó rápidamente aquella idea. Parecía haber cogido algo. Entonces, cuando aquel misterioso hombre parecía haber terminado, murmuró unas extrañas palabras y cuando terminó, bajó del mirador. Traía consigo una pala de plata, y fue extraño. Cuando la mirada azul se desvió hasta aquel instrumento de jardinería, la cara de la elfa se volvió completamente neutra. Sus ojos ya no reflejaban el temor que había sentido hacía unos momentos, porque en aquel momento, no sentía nada. Mientras tanto, en el interior de su mente revoloteaba un recuerdo herido, errante. Ella intentaba atraparlo de la misma forma con la que se atrapa a una mariposa con la mano, pero el recuerdo era demasiado rápido, demasiado asustadizo. Y tal vez, por aquel proceso de recordar, su cara no solo no reflejaba nada, sino que sus ojos habían perdido toda su presencia, como si su mirada hubiera abandonado aquel mundo.

La cosa es, que al mirar aquel objeto plateado le había transmitido una seguridad, evocando un recuerdo irrecordable. Pero a pesar de no ver lo que había en el interior de aquella mariposa de la memoria, aquel recuerdo le transmitía una cierta calidez y seguridad. El miedo había desaparecido.
Entonces, una voz la despertó, nuevamente, de su trance. Y sus ojos, regresaron al mundo. La verdad es que se sobresaltó un poco.

Os hará sentir mejor —fueron las palabras del escribano. Era una frase desteñida de toda emoción, como siempre era habitual en él; sin embargo, no era una voz fría. Era una voz serena, la voz de un hombre cuyas intenciones no pueden traerle mal a nadie. Era la voz de un escribano—. Os dará energías para caminar durante un buen rato. Está amargo, aquí no tengo nada con qué endulzarlo, pero os hará bien —hizo una pausa, escrutando en aquellos misteriosos ojos algún atisbo de... algo. Cualquier cosa que no fuera miedo, en realidad—. Cuando os lo toméis podréis acompañarme hasta la Torre para que comáis y os encontraremos una cama, pues cuando se acabe el efecto de la bebida os sentiréis exhausta y querréis dormir.

Ella simplemente asintió. Pero fue un movimiento mecánico, vacío. No había voluntad, ni vida, en aquel gesto. Esperó entonces a que aquel hombre se alejará hasta alcanzar una distancia donde ella se sintiera más segura para hacer algo tan privado e íntimo como beber. Cuando lo hizo, cogió el frasco con las dos manos y se lo llevó a la boca. Bebió todo aquel líquido de un trago. Una parte de ella le susurraba al oído que sabía escandalosamente mal, pero ella solo percibió un líquido, algo espeso y con algunos grumos, pasar por su garganta.

Dejó el frasco, con mucho cuidado, en el sitio donde lo había dejado aquel hombre y volvió a asentir, como para intentar decirle que ya se lo había bebido.

Y una fuerza extraña despertó dentro de ella, totalmente contraría a todo aquello que había en su interior. Sus músculos ya no pesaban tanto e incluso podía encadenar algunos pensamientos, totalmente ajenos a aquel instinto salvaje que había convivido con ella después de despertarse por primera vez.

Pero no se levantó, ni lo haría. Porque aquella extraña bebida le habría dado energías para moverse, pero no la voluntad para hacerlo. Aún seguía siendo una máquina sin vida.
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Apoyado cerca de la verja estaba Knyh, esperando pacientemente a la elfa. Transcurrieron varios minutos hasta que el escribano se dio cuenta de que el frasco que le había ofrecido a la elfa estaba vacío. Estaba demasiado lejos como para verlo con claridad y la hierba tras el cristal lo había confundido, haciéndole creer que aún estaba lleno. Esperó varios minutos más, a la espera de ver en ella una reacción, que recobrara las fuerzas. La elfa no se movió, no demostraba tener fuerzas para levantarse, ya fueran físicas o de otra índole.

Pasado un tiempo más que suficiente para que el bebedizo hubiera hecho efecto, Knyh se acercó a la elfa con cuidado, despacio, con pasos y gestos medidos. Era como acercarse a un ciervo, pues temía que saliera corriendo en cualquier momento con sus nuevas energías renovadas. Sin embargo, no lo hizo. Una vez frente a ella la examinó desde una distancia prudencial y respetuosa. Le miró los ojos y la posición de sus piernas y brazos. Sus energías habían vuelto, sin duda, pero no parecía dispuesta a caminar. De hecho, no parecía estar dispuesta a hacer algo. Estaba. El miedo la había abandonado, la desesperación, el dolor...de hecho, parecía que la había abandonado toda emoción.

¿Un mecanismo de defensa? ¿Está en estado de shock?, pensó el escribano. Era una posibilidad. Había visto cuán fuerte fueron sus emociones hacía menos de media hora, no sería de extrañar que hubiera escondido sus emociones tras la puerta de la locura para que no la dañaran.

No tenía forma de saber si aquella suposición era cierta, pero Knyh cada vez tenía más claro que no podría moverla de allí sin forzar un poco la situación. De modo que, con su típica voz serena y carente de emoción, se presentó. No fue una presentación demasiado formal, pero nada vulgar. Hizo una reverencia cortés y respetuosa, sin llegar a ser pomposa, a la que añadió las palabras.

-Mis disculpas, pues no me presenté. Mi nombre es Knyh y me dedico a la noble profesión de escriba -entonces el escribano tomó asiento frente a ella y comenzó a hacer algunas preguntas sin importancia, con la esperanza de sacarle alguna palabra a la elfa-. ¿Sabéis leer o escribir? Yo me dedico a eso, para ayudar a la gente que no sabe -comenzó. Esperaría a la respuesta de la elfa, cualquier reacción, cualquier palabra o gesto, cualquier cosa que le dijera algo de ella para saber cómo motivarla a ir con él a la Torre-. No es una profesión muy extendida, al menos los mejores y verdaderos escribanos no son muy comunes. Da dinero, el suficiente para comer un dulce de vez en cuando. ¿Os gusta los dulces? -esperaría, de nuevo, su reacción- En la Torre no tenemos comida de lujo, pero algún pastel podría conseguiros -y su voz seguía siendo tan serena y monótona como siempre, pero se adivinaba un cierto toque paternal en su voz. O quizás no fuera su voz. Quizás fuera su manera de desviar su mirada hacia un lado al final de la frase, pero algo había-. ¿Querríais acompañarme a la Torre? Allí os podré dar comida y una cama donde echaros. La Torre, ya sabéis, en el Valle de los Lobos, en Garnalia. ¿Sabéis dónde está?

Era probable que la conversación no fuera muy fluida, pero para Knyh una mera respuesta a una de sus preguntas sería un logro del que congratularse.
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-Mis disculpas, pues no me presenté. Mi nombre es Knyh y me dedico a la noble profesión de escriba -entonces el escribano tomó asiento frente a ella y comenzó a hacer algunas preguntas sin importancia, con la esperanza de sacarle alguna palabra a la elfa-. ¿Sabéis leer o escribir? Yo me dedico a eso, para ayudar a la gente que no sabe -comenzó. Esperaría a la respuesta de la elfa, cualquier reacción, cualquier palabra o gesto, cualquier cosa que le dijera algo de ella para saber cómo motivarla a ir con él a la Torre-. No es una profesión muy extendida, al menos los mejores y verdaderos escribanos no son muy comunes. Da dinero, el suficiente para comer un dulce de vez en cuando. ¿Os gusta los dulces? -esperaría, de nuevo, su reacción- En la Torre no tenemos comida de lujo, pero algún pastel podría conseguiros -y su voz seguía siendo tan serena y monótona como siempre, pero se adivinaba un cierto toque paternal en su voz. O quizás no fuera su voz. Quizás fuera su manera de desviar su mirada hacia un lado al final de la frase, pero algo había-. ¿Querríais acompañarme a la Torre? Allí os podré dar comida y una cama donde echaros. La Torre, ya sabéis, en el Valle de los Lobos, en Garnalia. ¿Sabéis dónde está?

La elfa hizo como una mezcla entre escuchar y oír, y asintió con la cabeza dos veces. Sus palabras la habían transmitido seguridad, calidez, aunque no se daría cuenta de ello hasta más tarde. Y volvió a asentir.

Estaba sentada en el suelo, y la hierba había manchado aquel vestido negro que le llegaba hasta las rodillas. Tenía las piernas cruzadas, como una niña que espera a que le cuenten el cuento. O al menos, así era como lo hacía ella de pequeña. Así que, teniendo en mente que tenía que levantarse, aunque aquello era algo ordenado por un extraño instinto; descruzó las piernas y apoyó las rodillas en el césped y sintió cosquillas. El contacto de la tierra abriéndose paso levemente ante el peso de su cuerpo, le resultó de lo más agradable. Hasta se le dibujó una pequeña sonrisita, de estas que son terriblemente inocentes y puras. Ya sabes, esas sonrisas que solo tienen los niños, pero que acaban perdiendo con el paso de los años.

Pero cuando levantó las rodillas del suelo al levantarse, con ayuda de sus brazos, aquella sonrisilla se le borró por completo. Y su expresión, volvió a no refleja nada. Y miró a aquel hombre, esperando a que se levantara. Le incomodaba estar de pie, no porque le supusiera demasiado esfuerzo. Más bien, porque no se acordaba como era la correcta forma de hacerlo, y sentía que lo estaba haciendo mal. En teoría, tener los dos pies apoyados sobre una superficie definía lo que era estar de pie.  Pero había tantas formas de hacerlo. Y tal vez, por ese motivo, estaba tan rígida como el árbol que crecía varios centímetros a su izquierda. Antes, mientras estaba en el suelo, parecía como una especie de pájaro herido, a la vez que era libre. Se sentía, en cierta manera, cómoda con sus movimientos. Eran, extrañamente naturales, porque no debemos olvidar aquella esencia mecánica que acompañaban sus movimientos. Pero ahora que estaba de pie, parecía la estatua de uno que no sabía volar. Antes, había cierta naturalidad en ella. Ahora, parecía una máquina nerviosa por la duda que esperaba una orden.

Sus rodillas, también se habían manchado. Marrón y verde. Tierra y hierba. Pero eran dos manchas, sutiles, como el vuelo de la mariposa. Tenues, como el filo de la llama.

¿Eran imaginaciones mías, o la mirada de la joven había ganado cierta palidez? Tenía más luz… Sí. Sin duda alguna, había perdido aquel vacío gélido que la había acompañado desde que abrió los ojos. Creo, que cuando sonrió, una parte de ella recordó algo. Algo feliz, y que guardó en su pecho. Por eso sus ojos brillaron más. Aquello era arte. Ver la transformación en sus ojos fue el motivo por el cual los primeros poetas comenzaron a escribir sobre el amor. Y aquel brillo, aquella inocencia… Aquello era poesía. Pero en era una belleza triste, muerta. Como un cadáver hermoso, pero que al perder la vida se ha vuelto algo triste. Tristemente hermoso.
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Como quien lanza un cubo a un pozo oscuro y profundo en busca de agua, el escribano había intentado lanzar una salvación a las profundidades de la elfa. Le había dado algo a lo que aferrarse, algo en lo que acunarse en su largo ascenso hacia la luz, hacia el mundo real, hacia la verdad... Knyh, consciente de lo difícil que era hacer salir a las personas de lo más profundo de sí mismo, había lanzado su metafórico cubo al pozo que suponía la elfa con la esperanza de tener suficiente cuerda como para llegar a ella. Y, si bien era cierto que no había logrado sacar ni un poco de agua, sentía ahora la cuerda pesada, quizás fuera un peso muy ligero, pero significaba que en el cubo había entrado agua.

Así habían funcionado las palabras, siempre amigas del escribano, siempre amigas de los hombres y los elfos. La elfa, ante las preguntas había asentido. Lo cierto es que no tenía claro a qué preguntas estaba contestando cuando asentía o si lo hacía, simplemente, para hacerle saber que podía escucharlo y lo entendía. Fuera como fuese, aquel era un pequeño paso y una pequeña esperanza. Y con ella en el corazón y las fuerzas renovadas de la elfa, ésta consiguió levantarse. Fue una acción extraña, mecánica. El cuerpo de la elfa se contraía y estiraba, sus músculos y huesos se movían en perfecta armonía, como era natural en un cuerpo, pero había algo sutil y frío que hacía que todo aquel proceso no pareciera natural.

Aunque el mayor éxito para Knyh no fue que asintiera o se levantara, sino el hecho de que, en el proceso para ponerse en pie la elfa había sonreído. Eso quería decir que había sucedido algo en su interior, por un instante, que le había hecho sentir algo más que miedo. Lo que el escribano no sabía era que aquel éxito no era suyo, sino de los jardines que los rodeaban, de la naturaleza, de la hierba y las flores, de la brisa y el cielo; no de las palabras.

-De acuerdo, joven elfa, podríamos comenzar el camino -comenzó con voz serena y calmada, como quien habla a un animal para tranquilizarlo o ganarse su confianza. Es un tono muy neutro, sereno, calmado y cercano...íntimo. Es el tipo de tono que no necesita palabras, pues su objetivo no es expresar nada con las palabras, de modo que siempre va acompañado de nimiedades-. Una vez que lleguemos no hay que subir escaleras para llegar a la cocina, sólo hay que cruzar un vestíbulo. Sin embargo, ya os comenté que el bebedizo no durará demasiado, de modo que nos preocuparemos de daros una habitación bonita y cómoda -el escribano comenzó a andar mientras hablaba y comprobó con alivio que la elfa le seguía con pasos escuetos y rígidos-. Por la comida no debéis preocuparos, os la llevaré a vuestra habitación. ¿Hay algo que os guste especialmente? Quizás un estofado esté bien para reponer fuerzas. Puedo conseguiros un dulce, si queréis.

Y así, el escribano deshizo sus pasos por los caminos de los jardines de la Torre. Dejó atrás su jardín secreto, aquel en el que esperaba encontrar paz y, para su sorpresa, había encontrado un secreto. Un jardín secreto y un secreto en el jardín, parecía una total ironía. Y ahora aquel secreto, oculto en el cuerpo de una elfa, lo acompañaba de vuelta a la Torre. Knyh no supo reconocer bien el sentimiento que despertaba en él, pues no acostumbraba a ser cercano a nadie, ya fuera por sus continuos viajes, su impasibilidad natural o como deformación profesional (pues debía ser imparcial a la hora de escribir documentos de verdadera validez legal); sin embargo, estaba ahí. No era más que una brasa en su corazón, pero ahora se sentía responsable de la elfa. Su razón justificaba sus actos con la promesa de que, cuando la elfa volviera a estar en pleno uso de sus aptitudes mentales, podría entrevistarla y sacar una gran historia de ella. Eso quería creer.
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Buzón de Knyh Driak de Monte Blanco

Crónicas de un cronista
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