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Las cartas de una maestra [Priv. Narshel]por Yil, el Dom Jul 15, 2018 2:49 pm
Llevo varios minutos en la cama, tratando de desperezarme y encontrar las fuerzas necesarias para levantarme y dar principio a un nuevo día. Pero no es fácil, nunca lo es: llevo muchas horas de sueño acumuladas, algo que las ojeras que están comenzando a crecer bajo mis ojos, que no paran de cerrarse y abrirse pesadamente en estos momentos, es la prueba casi definitiva de ello. Mi cuerpo pesa y mis músculos se niegan a obedecerme. Pero no pienses mal de mí, si no duermo, no es por vicio o por ocio.

Mis noches viven perseguidas por el recuerdo y el triste aliento de las sombras, de malos sueños y pesadillas rotas. Sea cristal o sea la escarcha, suelo despertar envuelto en sudores fríos y no soy capaz de volver a dormir, porque el pasado me persigue como una estrella rota en el manto cenizo de la noche. Pero desde que él ha llegado a mi vida, les da un motivo a las pesadillas: él es el refugio, un farolillo en mitad de las sombras, volátil como la llamarada salvaje de sus cabellos, vibrante bajo la censurada luna ventosa tras los mil expolios de las nubes.

Y es así, como con estas ideas en la cabeza, consigo incorporarme de la cama y tras unos segundos de embobamiento, encuentro el impulso para levantarme, con los pies descalzos y por primera vez, no siento el mordisco de la piedra. El suelo está frío, pero es verdad que hay cierta calidez en él, sutil como los últimos arañazos ígneos de la leña en una chimenea oscura, tenue, casi con invisible crepitar. Es como el último rescoldo que atreve asomarse, quizás alongarse: pero todos sabemos que está destinado a morir. Llegará el invierno cruel y lo arrasará todo con su grito nevado, con su peso puro y duro. Llegará la nieve, y devorará con su blanco la nube y la tímida línea del día.

Me acerco así y de esta manera, con movimiento cansado y torpemente hacia mi escritorio, no sé muy bien por qué. Tal vez me haya decidido por fin intentar poner en orden todo aquel caos que habita por encima de la mesa, llena de papeles y de libros, tanto leídos como ni si quiera comenzados. En medio de todo aquel desorden, encuentro una hoja de papel que, a primer vistazo, no me es familiar. La cojo y me la llevo a la altura de los ojos y consigo leer el rezo que hay escrito: es una carta, y por su contenido, no puedo evitar sentirme algo nervioso. Es de Narshel Letwisck, la Señora de la Torre y me quiere ver en su despacho. No puedo parar de pensar que me he mentido en alguna clase de lío: ¿para qué querrá verme? Vuelvo a leer la carta, para asegurarme de que no haya ninguna clase de error.

«Lleve con usted el libro correspondiente a su nivel de estudios y recuerde vestir la túnica de su grado». Sin embargo, esta la sentencia que más me aterra. Casi parece que fuera a examinarme, y si así fuera el caso, estoy en una terrible encrucijada.

Me acerco a la ventana y observo como el sol apenas se ha despegado de la línea del horizonte, filtrándose su luz por el mar arbóreo y las ramas nudosas de los árboles. Aunque tengo toda la mañana por delante, debería prepararme e ir lo antes posible: en primer lugar, debería comer algo, aunque no tenga mucha hambre. También debería ducharme, pues no me gustaría oler mal delante de la Señora de la Torre.

Después de vestirme, bajo hasta el comedor y observo como hay algunos alumnos que ya están sentados y comiendo, algunos en soñoliento silencio y otros manteniendo conversaciones alegres con sus compañeros. Lo que si es denominador, es el constante sonido metálico de los cubiertos siendo utilizados, que junto el olor a hollín de las antorchas que iluminan el lugar, dotan al lugar de un ambiente familiar y hogareño, tal vez más por la calidez del fuego que por el aroma que desprende.

Tras haberme tomado el desayuno, subo por las escaleras con un sabor a manzana en la boca y vuelvo a entrar en la habitación. Me hago la cama sin mucho cuidado, meto el borde de las sábanas majo el colchón sin un resultado muy decente pero aceptable, y saco del armario mi túnica de estudiante de primer grado, blanca como un lienzo vacío; pero no me la pongo. Sin embargo, la dejo, bien doblada como la saqué, encima de la silla del escritorio. Localizo rápidamente el libro de la Tierra encima de un montón de papeles encima del escritorio, pero no lo cojo. Solo quiero tener todas las cosas localizadas para cuando vaya hacia el despacho de Narshel.

Así que vuelvo a bajar, algo perezoso, pero con paso ligero, casi atravesando la puerta de mi habitación, y me adentro a los baños. Gracias a dios que no hay nadie, no por decoro o por vergüenza, sino porque hay cosas en mi cuerpo que no quiero que nadie vea. Debe de ser incómodo que vean las cicatrices de mi espalda, y no quiero turbarles con mi presencia. Así que me doy un baño rápido, enjabonándome con gran esmero la parte de las axilas, y tras no más de 5 minutos de intensos frotamientos, abandono la tina, chorreando. El pelo no me lo he lavado porque ya lo tenía limpio de antes, así que solo está parcialmente mojado. Doy unos pasos a una pequeña mesita y cojo mi tolla, que se encontraba encima del mueble, y me seco exhaustivamente con ella, casi con brusquedad. Mis músculos se mueven bajo la presión de la tela, y cuando mi cuerpo está seco, me visto rápidamente con unos pantalones oscuros y una camiseta negra, posiblemente las mejores prendas que tengo. Me paso la toalla un par de veces por el pelo y cuando termino, vuelvo a subir por las escaleras hasta llegar a mi habitación. Entro, dejo tirada la toalla sobre mi cama, cojo una cinta de cuero de mi escritorio y me hago una especie de coleta, intentando ordenar una maraña de pelo demasiado salvaje para dejarse domesticar por el anillo de cuero. Inclino mi rostro ligeramente hacia una de las axilas, y me deleito con el dulce perfume que desprende: no sé mucho de fragancias, pero todo mi cuerpo huele a un azahar dulce y tímido; casi se contempla un esbozo de algo más, imperceptible, algo que una vez tuvo espinas.

Me visto con la túnica blanca, tal vez un poco grisácea por su constante uso durante más de dos años, cojo el libro de la Tierra y vuelvo salir de la habitación, y vuelvo a enfrentarme a los peldaños. Soy un hombre resistente y con una buena resistencia física, pero esto me está comenzando a cansar. Además, las botas que llevo, tal vez por lo poco que me costaron, me aprietan un poco y son algo incomodas: son más o menos bonitas, pero no prácticas. «En cuanto consiga algo de dinero, me tengo que comprar unas mejores», pienso, mientras sujeto con fuerzas el libro de magia.

Tras unos pocos minutos, me encuentro delante de las puertas del despacho de la Señora de la Torre, y con un poco de respeto y algo tembloroso, con las tripas encogidas y con ganas de salir corriendo, llamo a la puerta hasta tres veces, golpeándola con mis nudillos. Toc, toc, toc.

«Con un poco de suerte, no esperaba que viniese tan pronto y no está para recibirme», medito durante unos momentos. Ojalá fuese así, porque no quiero que vea que tras más de dos años estudiando en la escuela, todavía soy incapaz de realizar los hechizos más básicos del grimorio. ¿Cómo podré justificarme, si ni yo mismo sé lo que me ocurre?

Pero entonces, me vienen otras preguntas la cabeza: ¿cómo debe de ser Narshel? ¿qué clase de persona es? He oído hablar de ella, y he escuchado tantas cosas buenas como malas, aunque nunca le he dado mucha importancia a estas últimas. Ya sabéis, rumores absurdos, bromas que se hacen sin pensar para hacer reír a tus amigos, y tal vez porque yo he sido víctima de éstas, no precisamente pocas veces, he aprendido a no tomarme en serio todo lo que oigo. Pero lo único que me preocupa ahora, son los motivos que han llevado a Narshel a citarme en su despacho y si fuera capaz de expulsarme. No me preocupa nada más. Porque de alguna manera, la escuela es mi nuevo hogar y no me concibo en ningún otro sitio. No hay ningún otro sitio para mí en el mundo.

Y sé que es una tontería pensar en la expulsión, porque hasta que yo sepa, no he hecho nada malo. Pero creo que, en aquellas circunstancias, es inevitable pensar en ello. Dios, tengo un nudo en el estómago y siento que en cualquier momento podría echarme a potar.

Solo espero que entre la verdad y la mentira, se encuentre una persona amable y compasiva.
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Quizás para contrarrestar la paz relativa que había vivido durante los meses anteriores, los últimos días en la Torre compartían un rasgo común: mis jornadas de trabajo se extendían desde el amanecer hasta la madrugada. Los días se volaban entre firmas, tinta y papeles, y mis horas de sueño eran cada vez más tenues, más escasas y más débiles. Y, para mi propia sorpresa, los únicos responsables de que tuviera tanto trabajo "burocrático" pendiente éramos yo y mis últimas y autónomas resoluciones: ni el Concilio ni Anaë'draýl eran quienes me exigían ahora la tramitación excesiva y agotadora de papeleo infinito, sino mi sentido de la responsabilidad y mi firme voluntad de realizar cambios para levantar mi escuela.

Fuerte y resuelta, los últimos días y noches había logrado, al fin, apartar mis pensamientos de la bruma disoluta de viejos remordimientos y arcaicas preocupaciones para volcar toda mi atención en las abundantes gestiones que la escuela requería tras mi prolongada ausencia. Y sí, ausencia es el único término apropiado para definir mi estar-en-el-mundo durante los meses precedentes: mi cuerpo andaba por los pasillos de la Torre, mi túnica punteaba el suelo barriendo el polvo, mis dientes masticaban la comida y mi pecho latía aburrido y rutinario. Pero yo no estaba. Mi mente, mi voluntad, mis deseos: todos andaban perdidos. Solo, de cuando en cuando, tomaba verdadera conciencia de mi realidad en mis encuentros con Sherak. El resto del tiempo era oscuro. Los recuerdos proyectan siempre sombras alargadas.

Pero había decidido firmemente poner punto final a este tiempo de invalidez. Como anunciaban las últimas noticias de la comunidad mágica, el Bosque Dorado y el Lago de la Luna cerraban sus puertas, y la responsabilidad de instruir, proteger y acoger a los nuevos aprendices recaía exclusivamente sobre mi persona. Tuve que despertar. Despertar o permitir al desastre volver a acampar sobre la Torre. Había llegado el momento de enmendar errores, de cambiar los modos y las formas, de actuar como la Señora de la Torre y de demostrarle al Concilio que mi escuela, contrariamente a lo que Anaë'draýl podría pensar, es una institución digna, segura y de calidad, y no un hervidero de corrupción y de magia negra.

Por eso decidí entrevistarme personalmente con los alumnos de la Torre. Y, en función de la información que ellos me aportaran, establecería rigurosamente su valía y la conveniencia de mantenerlos bajo el amparo de la escuela.

Aquella mañana, con las primeras luces, llegaron los primeros toques a mi puerta. Me puse en pie, con la túnica dorada y el pelo recogido, para dar paso al invitado. Mis antiguos aprendices jamás me habrían visto tan erguida, tan firme, tan señora: como una archimaga implacable, como la dueña insustituible de una escuela poderosa.

¿Yil? —dije, al abrir la puerta y ver a un apuesto hombre de cabellos rojos, bien arreglado y con el libro de la Tierra en sus manos, como un auténtico aprendiz de magia—. Buenos días, le esperaba. Tome asiento, por favor.

Tras su entrada, cerré la puerta con un suave golpe y regresé a mi asiento tras el escritorio. Por la ventana abierta entraba una brisa ligera que aliviaba, afortunadamente, el calor del verano. Con gesto serio, rebusqué entre los papeles de la mesa y tomé aquel en el que figuraba el expediente de Yil.

Según consta, lleva usted dos años estudiando en la Torre y es aprendiz de primer grado. —Levanté la mirada y lo observé: su túnica blanca y su libro de la Tierra se correspondían claramente con su nivel—. Como seguramente sabrá, debido a su alto número de estudiantes las escuelas del Bosque Dorado y del Lago de la Luna han cerrado sus puertas a nuevos aprendices, por lo que nuestra escuela se ha convertido en la única disponible para la entrada de nuevos magos. Esta situación lleva consigo, inevitablemente, un aumento de las exigencias de calidad para la Torre. Por ello he querido entrevistarme con usted y con sus otros compañeros.

A pesar de haber estudiado en la Torre durante dos años, no recordaba haber entablado nunca conversación con Yil. «No lo he hecho bien. No lo he hecho nada bien. Como Señora de la Torre, debo conocer bien a todos mis estudiantes, de lo contrario... ¿Cómo podré controlar sus actos?».

Le haré algunas preguntas que debe responder con completa honestidad. En primer lugar, necesito que me dé su nombre completo y su lugar de nacimiento y que me explique, brevemente, cómo descubrió sus aptitudes para la magia y por qué decidió venir a la Torre.


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.: La Señora de la Torre :.


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Re: Las cartas de una maestra [Priv. Narshel]por Yil, el Miér Jul 25, 2018 2:27 pm
Escuché unos pasos que venían del interior del despacho de la Señora de la Torre y me puse en posición firme, algo nervioso y temiendo por mi permanencia en la escuela. Tenía el corazón latiendo con tanta fuerza que lo sentía bailando patosamente en el interior de mis oídos, tropezándose con todo, chocándose y desvalijándose. Más que firme, estaba tenso, preparado para cualquier cosa.

Tal vez fue aquel motivo por el cuál cuando Narshel abrió la puerta y preguntó por mí, no pude emitir sonido alguno, así que me limité a asistir con la cabeza y entrar en la sala con cierta torpeza, como si mis piernas no fueran capaces de sostener todo el peso de mi cuerpo y debatieran entre dejarme caer o aguantarme; aunque estaba claro que debía mantener la compostura, así que tirarme al suelo no era una opción. Por eso cuando me ordenó que tomara asiento, más que tomarlo, me dejé caer sobre él, desplazándose unos centímetros hacia atrás debido a la fuerza de tracción que generó aquel movimiento involuntario, chirriando un poco las patas de madera contra el suelo que respondí con una mueca mientras miraba al ventanal que descansaba, casi con modorra veraniega, detrás de su escritorio.

La puerta se cerró detrás de mí y el ruido me hizo sobresaltarme levemente, dando un pequeño respingo sin levantarme de mi sitio que, de haber sido otras las circunstancias, me hubiera parecido cómodo; pero en aquellos momentos era como si me hubiera sentado sobre una roca de forma irregular, poco plana, con muchas oquedades y muchos relieves inesperados. Pero creo que me sentí mucho más incómodo cuando la mujer, que no debía de tener más de 30 años, se sentó delante de mí, resguardada en su escritorio mientras rebuscaba entre varios papeles. Su figura estaba llena de poder y de autoridad, y sentía que cualquier imprudencia por mi parte se castigaría vehementemente: tenía que ser precavido, aunque como nunca lo había sido, lo veía como algo imposible. Pero también veía muy poco probable que fuese capaz de ofenderla, pues tanto su figura como su nombre me transmitían un respeto casi divino, aunque sería necio y mentiría si dijera que Narshel, bajo aquella túnica y sobre aquel despacho, no me provocaba terror.

Pero lo peor vino cuando comenzó a hablar. Solo pude escuchar cada una de las palabras y palidecer con un poco más con cada una de ellas. Temblaba, y tal vez desde su posición no fuese capaz de verlo, pero lo hacía; y de alguna manera me pareció gracioso.

Una expulsión en la Torre, en comparación con todas las cosas que había llegado a vivir, no era nada. Puro trámite. Pero no estaba dispuesto a marcharme, no todavía, no aquel día: porque era cierto que había vivido cosas peores, pero nunca había tenido nada hasta hace dos años. Nunca antes nada me había pertenecido, pero allí tenía mi habitación, mis amigos e incluso tenía las canciones de Il que me protegía durante las noches oscuras. Y aunque no me pertenecían exactamente, también eran míos los paseos esporádicos por los jardines y las tres comidas al día que la escuela me provenía gratuitamente. Yo nunca había tenido nada de eso, y no quería perderlo después de todas las cosas por las que había tenido que pasar para llegar hasta allí.

Y claro que también me importaban mis estudios, pues después de todo, necesitaba hacerme fuerte para poder protegerme, el poder suficiente como para funcionar por mí mismo en la soledad de la sociedad; pero en comparación con todas mis posesiones en aquel lugar, la magia casi ocupaba un lugar secundario. Después de todo, allí, en aquel trozo perdido del mundo y sin saber muy bien cómo, había encontrado mi lugar. Aquel era mi hogar.

Por ello he querido entrevistarme con usted y con sus otros compañeros.

Asentí levemente la cabeza, sintiendo un vacío en el estómago y por un momento pensé que era hambre. Pero el hambre no te hace sentir tan miserable. No sabía que las otras escuelas habían cerrado sus puertas a nuevos alumnos, pero no me atreví a preguntar. ni dije nada Tampoco me salía la voz, así que tampoco importaba mucho.

Le haré algunas preguntas que debe responder con completa honestidad. En primer lugar, necesito que me dé su nombre completo y su lugar de nacimiento y que me explique, brevemente, cómo descubrió sus aptitudes para la magia y por qué decidió venir a la Torre.

Tras terminar de hablar ella, me quedé unos minutos sin decir nada. No sabía si irme lentamente, tirarme por la ventana o echarme a llorar: no podía decir nada sobre mis orígenes, y menos a una persona con tanto poder y tanta influencia en el mundo mágico.  Era mi secreto y el peso sobre mi lengua, y era completamente mío. No podía compartirlo con alguien. Si lo hiciese…

Después de varios minutos pensando sobre cómo podía responder, alcé la mirada, observando como la mirada de Narshel se clavaba en la mía, y no sabría decir si estaba enfadada o sencillamente irritada —o tal vez fueran imaginaciones mías —. No era de extrañar, pues me estaba tomando mucho tiempo en contestar sus preguntas, y cuando uno tarda en responder, generalmente es porque oculta algo. Y yo tenía que ocultar muchas cosas, por mi seguridad, por mi nombre, por ella. Y confiaba plenamente que su tiempo era lo suficiente importante para tener que perderlo conmigo.

Hasta pensé en mentir, a pesar del respeto que sentía por ella. Pero nunca se me ha dado bien mentir, así que descarté rápidamente la idea: es mucho peor que te pillen mintiendo que evitar ciertas cuestiones. Además, mi acento me hubiera delatado. Así que cerré los ojos y tomé aire: el propio acto de respirar me parecía doloroso.

Puede que parezca extraño, pero… no puedo dar detalles sobre mi lugar de nacimiento. Digamos que es un lugar un tanto especial y… —Había abierto los ojos, y mi voz temblaba como una hoja en otoño, muriendo, cayendo; con timidez errática. Hice una pequeña pausa, pues no sabía muy bien como proseguir — pondría a muchas personas en peligro.

» Y no tengo apellidos. Me llamo Yil, a secas; aunque esto solo es reflejo de mi humilde cuna —Bueno, aquello no era del todo cierto, pero tampoco era una mentira. En Urd como no había una economía real, todos pertenecíamos al estrato popular; y como los nombres cambiaban de un día para otro, los apellidos no tenían mucho sentido. No funcionábamos así, sencillamente —. Y respecto a lo de cómo descubrí mis aptitudes para la magia y por qué elegí ir a la Torre… No es una historia muy agradable, aunque esto sí que lo puedo contar. ¿Estás…? —Fui a seguir, pero nada más decirlo, me di cuenta de mi error, así que me corregí lo más rápidamente posible — Discúlpeme. ¿Estáis segura de querer saberlo?

Chasqueé la lengua inconscientemente. Si tenía que dar una buena impresión, no lo estaba logrando. «Esta situación lleva consigo, inevitablemente, un aumento de las exigencias de calidad para la Torre», había dicho. Tenía que impresionarla de alguna manera. ¿Pero cómo? ¿Cuáles habían sido mis méritos? ¿Realmente me merecía estar en aquel lugar? No tenía nada que ofrecer, y mi manera de afrontar la situación estaba rozando lo bochornoso.

Así que pensé, me adentré en los pasajes más oscuros de mi memoria, intentando encontrar algo a lo que agarrarme para no caer; algo que me sirviese como motivo para demostrar mi valía, pero no encontré nada, salvo tres sombras que rugían en mi interior, pesadas como un mar de óxido, herrumbre en mi pecho agónico. «¿Realmente me merezco estará aquí?», me pregunté a mí mismo. Y lo peor de todo: si insistiese en el tema de mis orígenes, ¿cómo debía actuar? No lo sabía.

No había nada a lo que aferrarme, así que esperé con paciencia las últimas palabras que me empujarían a caer en el vacío. Creo que, en aquellos momentos, yo ya me había rendido, así que dejé de temblar. Y por primera vez, miré a sus ojos azules, bellos como dos pedazos arrancados del cielo. Antes hacía como si los mirara, pero realmente esquivaba su mirada y la dirigía sutilmente al ventanuco abierto que yacía en sus espaldas: su rostro, aunque bello, me asustaba. La imagen de los jardines y del valle me traían recuerdos tiernos y me tranquilizaban, y el bosque parecía mecerse tras el lento sosiego del verano: era una imagen relajante, y aquello era precisamente lo que había necesitado durante aquellos momentos.

No sabía porque me sentía mal. Si en el fondo, ya lo sabía. Soy Yil, y desde mi primer día en la escuela, sabía que mi instancia en aquel lugar se vería interrumpido de algún modo u otro. Pero… me parecía tan injusto. No quería irme, aunque ya me hubiera rendido. Controlé las ganas de llorar y las escondí tras una expresión pétrea, casi desoladora. Ya estaba huyendo de nuevo, siempre rindiéndome. Pero no había nada que pudiese hacer yo, o al menos eso me digné a creer. Si él me estuviese observando en aquellos momentos de debilidad... ¿qué vería yo tras el espejo de su mirada?

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Re: Las cartas de una maestra [Priv. Narshel]por Narshel, el Miér Jul 25, 2018 8:48 pm
En su voz trémula y su rostro afligido pude adivinar, al instante, la incomodidad y el miedo que invadía a Yil en mi interrogatorio, y no puedo decir, precisamente, que la imagen me resultara agradable. Pensé que, quizás, estaba siendo demasiado brusca. Que mi voluntad de presentarme ante los alumnos como una Señora firme e imponente no era una actitud apropiada. «Pero es lo que debo hacer», concluí. Aunque nunca hubieran sido mis métodos favoritos, en ocasiones la presión y la seriedad lograban acorralar a quien mentía y arrancarle la verdad.

Para mi disgusto, Yil no respondió a mi pregunta sobre su lugar de nacimiento. Temblaba como una hoja. Hablaba con palabras frágiles, rotas. «¿Por qué?». Desgraciadamente, su decisión de ocultar su procedencia levantó en mí la sombra de la sospecha. «¿Un lugar "un tanto especial" y que "pondría a muchas personas en peligro"? ¿Acaso nació en la Cueva Oscura?». Existía la posibilidad no tan remota de que fuera hijo de magos oscuros o de cualquier otro tipo de criminal, un hecho que, si bien no tenía por qué significar necesariamente traición (no todos los hijos siguen el camino de sus padres), sería un indicio de que la vigilancia sobre los actos del aprendiz debía ser mayor.

Con respecto a la carencia de apellidos, me pareció un dato sin importancia: entre los plebeyos, a menudo los apellidos se desconocían, se cambiaban o se olvidaban, e incluso existían culturas en las que el nombre de pila era suficiente. Dubitativo, me preguntó si quería escuchar su historia sobre las razones por las que decidió venir a mi escuela. En parte porque esperaba obtener de esta manera algún dato más sobre su procedencia, accedí:

Por supuesto. Le estoy escuchando.

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Re: Las cartas de una maestra [Priv. Narshel]por Yil, el Mar Ago 14, 2018 3:00 pm
Creo que, al escuchar sus palabras, me sentí algo más relajado. Pensaba que las consecuencias de no haber respondido a una de sus preguntas causarán, si no mi expulsión, que insistiese sobre mis orígenes. Pero para mi sorpresa, no lo hizo. En cambio, accedió a escuchar la historia a pesar de mi advertencia.

De pronto, no vi ni precipicios ni bordes. Estaba en el despacho de la Señora de la Torre, y me aferré a sus palabras para al menos, no carme de la silla; aunque ya había dejado de temblar. Y no sé por qué, pero sentí fuego. El mismo ardor que sentí cuando encerraron a mi madre y me dio la fuerza para marchar, esas mismas llamas que me alentaron a continuar en el frío brazo invernal de la capital. Lo notaba en el pecho, en los brazos y en la punta de los dedos; y era una fuerza que rugía en mi interior.

Había olvidado aquella sensación, la de arder. Solo me sentía de aquella manera cuando estaba en peligro, y desde mi entrada en la escuela el peligro, como una criatura asustadiza, se alejó, mas no huyó el miedo que sentía: el terror no conoce de fronteras, y te corrompe los recuerdos y te los rompe. Tenía entendido que la escuela contaba con fuertes hechizos, barreras mágicas y poderosas, pero no había ningún escudo o fuerza capaz de ahuyentar al pavor. Excepto el fuego.

El fuego lo quema todo, lo destroza. Rompe los recuerdos, funde la herrumbre y aleja a cualquier bestia; sea la alimaña del peligro o la hidra del miedo. A veces un exceso de fuego también te rompe el corazón, lo convierte en un triste aliento de cenizas, en una canción de otoño tras las puertas de una habitación oscura.

De pronto, no vi precipicios ni bordes. Vi el expolio de las cosas, y se mostraban con tanta claridad… Solo supe asomarme a las ventanas de la vida, suspirando y meditando las palabras que quería decir, tomando aire y preguntándome hasta que punto sería decoroso ilustrar mi explicación. Bueno, tal vez fuese un error hacerlo, pero contaba con la carta del extranjero. Ella debería comprender que, culturalmente, había una pequeña diferencia de matices entre nosotros.

Lo único que esperaba es que no se escandalizara demasiado. Y aún así, me sentía muy tranquilo, como si la tormenta de mi interior hubiera amainado de pronto.

Me quité la túnica y la coloqué sobre el respaldo de la silla lo mejor doblada que pude, y acto seguido me di la vuelta. Tragué saliva, y me quité la camiseta, mostrado mi torso desnudo, musculoso; las marcas crueles de mi espalda.

El castigo por robar es que te corten la mano derecha —Comencé a explicar —. O al menos eso tengo entendido. Pero como puedes ver, tengo las dos manos intactas.

» Cuando llegué a la capital, no tenía dinero, y apenas sabía hablar el idioma. Dos guardias me pillaron robando una hogaza del pan y me encerraron en un calabozo. Después de atarme a un poste que tenían, comenzaron a azotarme hasta que me desmayé. Al despertarme, horas más tarde, intenté librarme con mi propia fuerza de mis ataduras, pero era imposible. Al caer la noche, vino uno de los guardias y me comenzó a hablar. Yo era incapaz de entenderlo.

Dicho esto, tragué saliva. Me volví a poner la camiseta y me giré hacía ella. Estaba serio, y agarré la túnica y la sujeté entre mis manos, con fuerza, pero no me la puse. Después de unos minutos, mis dedos me comenzaban a doler.

Tal vez se enfadase porque era incapaz de entenderlo, pero volvió a ensañarse conmigo como habían hecho por la tarde. Abandonó la sala durante unos segundos y regresó con un látigo. No sé por qué, pero me enfadé —sentencié con furia —: yo me estaba muriendo de hambre. Me estaban castigando por sobrevivir —Me justifiqué, no sé si a ella o a mí mismo, pero lo hice con una profunda rabia —. Cuando recibí el primer latigazo, sentí un chasquido que recorrió todo mi cuerpo y que se extendió hasta las cuerdas que me ataban las muñecas y los tobillos, y se rompieron como la cuerda de un arco —expliqué, algo trastornado y bajé la mirada —. Aquello lo había hecho yo, no tuve ninguna duda. Una vez libre y a pesar de mi estado, conseguí dejarlo inconsciente y escapé —Decidí ahorrarle el detalle de que antes de salir por la puerta y robarle las llaves, también le robé su bolsa de dinero, objeto que sigue entre mis posesiones y aún conserva gran parte de su peso.

» Entonces, me alejé de aquella parte de Ereaten y comencé a frecuentar los barrios más pobres, que, tratándose de la capital de reino, no eran muchos ni eran exactamente pobres. Allí conocí a un hombre misterioso, un mago —No pude evitar sonreír al recordarlo —. Siempre iba encapuchado, así que sería incapaz de describirle físicamente, y nunca me reveló su nombre; así que siempre he pensado en él como Cartafilo. Nunca he sabido por qué me decidí por llamarlo así —admití, algo taimado y avergonzado —. Él fue quien me habló de la Torre y me dio las indicaciones para llegar. Así que elegí la Torre porque no tenía a ningún otro lugar a dónde ir —entonces, me quedé callado durante unos segundos —. Supongo que debió de ver el don de la magia en mí —supuse —. Y fui.

El corazón me latía con fuerza atrevida: pero ya no sentía miedo. El fuego nos hace cometer estupideces y nos da más valor del que tenemos realmente.

Soy consciente de un aumento de las exigencias significa que, si no doy la talla, me iré. Pero no te he contado esta historia para dar lástima—expliqué, muy serio. Sospechaba que Narshel en ningún momento había pensado aquello, pero necesitaba asegurarme —. Le he contado para que se entienda mi contexto, y he resumido sin duda alguna muchas partes para intentar que mi relato sea lo más breve posible. Pero creo que es de alta importancia hablarla sobre cierta cuestión que, desde mi punto de vista, debería tenerse en cuenta. ¿Sería correcto hablarle de ello ahora? —le pregunté, intentando sonar lo más educado posible, algo complicado dado mis orígenes —Y discúlpeme si estoy siendo algo osado, pero esto es demasiado importante para mí y después de todo, es usted quien decide si merezco llevar esto más tiempo puesto —expliqué agitando la túnica blanca, sin agresividad, aunque sí con cierto nerviosismo.
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