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Templando el Hierro [Velenior]por Brandon Delurac, el Lun Jul 02, 2018 3:55 am
Necesitaba un respiro. Las últimas semanas en la Torre habían sido puro estudio y práctica. Había comenzado a tomar el control de mis habilidades mágicas, y me sentía orgulloso y satisfecho. Poco a poco había logrado alcanzar la rutina y el ritmo de vida de la escuela, pero a costa del sacrificio de parte de mi tiempo libre y de otras cosas, como la actividad física prolongada y la sensación de libertad plena de la vida de aventurero. En mi rostro habían aparecido un par de ojeras como muestra del sacrificio y la aplicación como estudiante. Me tomaba realmente en serio mi progreso en el ejercicio de la magia. Sin embargo, de vez en cuando necesitaba acudir al campo de entrenamiento, ataviado con mi armadura, para no olvidar como se siente el peso del hierro, y practicar con la espada. No me hacía gracia pensar en la idea de perder mis capacidades como guerrero.

Solía acudir algunas tardes; me posicionaba cerca de alguno de los troncos, y practicaba largamente hasta sentirme agotado y descargar toda mi energía en el campo de entrenamiento. Era un buen método de desahogo y además, me servía para mantener la forma física.

En aquella ocasión, vestía solo la cota de malla y las hombreras, era un día caluroso. Sentía como mi cuerpo ardía bajo la metálica vestimenta, pero no era nada a lo que no estuviera acostumbrado. En mis manos, el mandoble. El acero brillaba de arriba a abajo contra los rayos del astro rey, y relucía limpio y brillante. Había estado limpiando y afilando la espada por la mañana temprano.

Sujeté el arma con las dos manos y comencé a emitir los movimientos más básicos de la esgrima con mandoble. Movimientos que había aprendido de adolescente y que jamás se me olvidarían; formaban la base de todo lo demás. También practicaba el juego de piernas, y perfeccionada los giros de cadera, que son los movimientos que otorgan verdadera fuerza y potencia a los golpes. Una buena vuelta de caderas o una posición correcta de las rodillas podían significar la diferencia entre destruir la armadura de un enemigo y destrozar sus costillas de un golpe o quedarte trabado entre sus placas y morir con el cráneo aplastado por el escudo de tu adversario. Pequeñas y grandes cuestiones que lo eran todo en el campo de batalla.

Comencé la ronda de fintas y ataques ensayados. La mayoría de ellos eran inútiles en una batalla real, pero servían plenamente para fortalecer el cuerpo y conocer las formas de mover correctamente el arma, no todo es tan sencillo como parece.

Luego, me paré frente al tronco para propinarle el correspondiente aluvión de golpes. Si algo se me daba bien con el mandoble era encadenar golpes de forma rápida y efectiva, había aprendido a utilizar aquel trozo de hierro como si fuera otra extremidad, comprendía sus respuestas y reacciones como herramienta a las distintas trabas y movimientos y administraba su peso en mis brazos de forma casi perfecta. Además, en los últimos tiempos había logrado aumentar la cadencia de golpes que era capaz de lanzar.

Frené un instante, noté mi codo derecho resentido por la absorción de los impactos. Fue entonces cuando eché en falta la presencia de un compañero con el que practicar de forma más dinámica. En la escuela había otros guerreros y gente que practicaba, pero no era lo suficientemente social ni descarado como para tratar de entrenar con alguno de ellos. Me iba bien sólo hasta el momento, llamando poco la atención, como estaba acostumbrado.
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Elfo
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Re: Templando el Hierro [Velenior]por Velenior, el Miér Jul 04, 2018 12:38 am
Aquella mañana había subido por quinta vez las escaleras que llevaban a los aposentos del señor de la escuela, y aunque las anteriores había desandado el camino pues sabía que su maestro había convocado el Concilio esa tarde y tal vez no estuviese de buen humor, aquella vez hizo acopio de su valor y tocó suavemente la puerta de su despacho. Una voz melodiosa y dulce como la miel respondió al otro lado en un tono que parecía un padre explicándole algo por quinta vez a su hijo pero su amor le impedía enfadarse. - Pasa Velenior, por favor - Su voz era taimada y el elfo dudó un momento antes de entrar pero acabó por hacerlo. - ¿Cómo sabías que era yo? - Preguntó extrañado y no trató de ocultar su sorpresa y desconcierto. Por otro lado Anaë se limitó a levantar la cabeza, y con ella la pluma, del papel alzando una ceja - Me preguntaba cuánto tardarías en preguntármelo - Suspiró, su voz era como una balada triste pero no por ello dejaba de ser infinitamente hermosa - Sheliren ocupará tu lugar el tiempo que estés fuera, es aplicada y tenía ganas de ponerla a prueba, no tienes por qué preocuparte por nada.

La cara de Velenior era un poema - Pero Señor, yo... - Anae dejó la pluma en el tintero para que no goteara... y porque le encantaba aprovechar cualquier momento para sacar sus dotes dramáticas, y Velenior lo sabía - No hace falta que te disculpes hijo mío - Se levantó y miró por la ventana - Yo también he sido joven - Sus ojos parecían observar el cielo como si pudiese ver el patrón que seguía el viento al moverse - Eres un maestro excelente pero eres joven chico, apenas tienes dos siglos, necesitas ver mundo, tener experiencias. Encontraste al viento en tu interior, y eso es magnífico pero sé que en tu corazón aún arde una llama, no sé el por qué pero eso no importa - Se giró y le tomó por los hombros - Ahora, corre a tu cuarto y haz el equipaje, no te quiero ver por lo menos en medio año.- Velenior estaba sin habla, ¿cómo sabía todo eso?, sabía que Anaë era una buena persona que se preocupaba personalmente de sus alumnos, digna de confianza, pero no sabía que fuese tan comprensivo. Se giró tras agradecer las palabras de apoyo pero cuando ya se iba escuchó la voz de Anaë que sonreía - Que la Diosa guíe tus pasos, márienna

***

El sol de media tarde brillaba sobre el cielo despejado, iluminando la habitación del mago que iba de un lado a otro cogiendo cosas y soltándolas instantes después, se mordió el labio inferior, nervioso. Se sentía como en una ratonera pese a aquél era lo más parecido a un hogar que tenía. Una fuerte ráfaga de viento entró por la ventana haciendo volar varios papeles por los aires, le habría gustado decir que eran cientos, o decenas al menos, pero se trataba de un puñado. Eran exámenes, y aun a riesgo de herir el orgullo de la escuela sabía que no había muchos alumnos últimamente, antaño llena de vida ahora la escuela le parecía un hermoso y anciano árbol que, silencioso, guardaba a sus moradores y sus secretos celosamente.

Miró la ventana, había olvidado aplicar eso al hechizo. Uno de sus nuevos inventos, aunque era en realidad una mejora de un hechizo que Anaë le había "sugerido" que revisase, era una barrera protectora, no una corriente como las que te pones para evitar ser mortalmente acribillado por una descarga de hechizos. Su función era sustituir el cristal de las ventanas, dejando pasar la temperatura y el aire libremente pero evitando, por ejemplo, la entrada de insectos, personas o hechizos. Además, como todo hechizo del aire, era una filigrana apta para cambios adecuados como no dejar pasar la temperatura o, lo que se le había olvidado, bloquear el paso de corrientes de aire especialmente violentas.

Miró su bolsa, había guardado su túnica de maestro en el armario y había cogido una blanca del armario de aprendices de primer grado, era muy básica pero cómoda y no demasiado llamativa. También tomó una túnica marrón con capucha y el libro del fuego, quería repasarlo a fondo pues durante su estancia en el bosque dorado se sentía incómodo practicando magia ígnea entre tanto árbol por lo que no había tenido ocasión de practicar mucho. Por último añadió la espada a su equipaje, era una espada ligera, de una mano, pensada para ser precisa, la envainó y se la ajustó a la cintura. Con una última mirada por la ventana se despidió de la escuela y del continente élfico, sabía que los iba a echar de menos.

***

En un remolino de aire se materializó en las afueras de un espeso bosque, pero los árboles no eran dorados allí y si bien en el lugar se respiraba vida, no era una vida armoniosa y ligera como el el Bosque Dorado, el ambiente estaba cargado y parecía casi salvaje. Una sonrisa se dibujó en el rostro del elfo, que comenzó a caminar al encuentro de una imponente estructura cilíndrica de gran altura a la que suelen llamar La torre.

Cuando llegó a las caballerizas el sol comenzaba a declinar, aunque aún quedaba para que anocheciese. Puso una mano en la pared rocosa, tan diferente, tan dura, tan antigua, cuando oía hablar a Anaë no comprendía cómo una estructura humana podía haber durado tanto tiempo en pie, y a juzgar por su aspecto, como si de un burlón guiño se tratase, seguiría en pie mucho después de que él ya no lo estuviera.

Un sonido a su izquierda le llamó la atención, había olvidado el campo de entrenamiento, en la escuela pocos eran los elfos que se interesaban por las armas y la verdad es que en eso los humanos les llevaban bastante ventaja, aunque Anaë no lo reconocería nunca y seguramente opinase que las armas eran un pobre sustituto de la magia para aquellos que no eran los suficientemente diestros en el Arte. Se acercó a curiosear, un hombre barbudo de rasgos duros y toscos con media armadura puesta practicaba mecánicas de combate con un poderoso mandoble, el cual parecía mover sin esfuerzo, pese a todo tenía un aspecto joven, no podía tener más de veinticinco años. Paseó la mirada por los alrededores pero no parecía haber más gente, con paso decidido irguió las alas y se encaminó hacia el hombre - Saludos - Se cortó, iba a llamarle forastero pero lo cierto es que en aquél momento era él el forastero. - Mi nombre es Velenior, ¿te apetece practicar? - Sonriente dejó su macuto en el suelo y desenvainó la espada, su túnica blanca bailaba al son del aire que correteaba entre ellos, como curioso por lo que pudiese ocurrir.
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“Todos nos contamos una historia sobre nosotros mismos. Siempre. Continuamente. Esa historia es lo que nos convierte en lo que somos. Nos construimos a nosotros mismos a partir de esa historia.”
Patrick Rothfuss
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Re: Templando el Hierro [Velenior]por Brandon Delurac, el Sáb Jul 07, 2018 6:31 am
Regresé a mis ejercicios en cuanto descansé un poco. Propiné varios reveses con el acero, descendentes y ascendentes. Estaba acostumbrado a utilizar la armadura completa, por lo que en esta ocasión conseguía lanzar todos los golpes utilizando menos energía de la habitual y con mayor potencia, me sentía ligero y era una sensación extraña. Pero desde luego, nada comparado a cuando uno combate sin ningún tipo de armadura: te sientes extremadamente rápido y capaz. Pero es algo peligroso debido a la posibilidad de que acabes creyéndote más veloz de lo que realmente eres, a causa de la sugestión. Por ello, desde siempre había puesto bastante énfasis en estar acostumbrado a entablar combate bajo distintas circunstancias. No es tan complicado cuando tienes experiencia bélica real y conoces las demandas del oficio.

En esas me hallaba, concentrado en mi espada, cuando oí como llegaba alguien al campo de entrenamiento. Me giré instintivamente y observé a un tipo con aspecto cuando menos curioso; el señor vestía túnica blanca, casi igual a la que utilizaba yo como aprendiz de primer grado. Sus cabellos eran largos y de tonalidades muy claras, más de lo que estaba acostumbrado a ver. Era alto y delgado, sus rasgos parecían claramente élficos. Pero había algo que me llamó la atención por encima de cualquier otra cosa que pudiera haber visto en él o en el entorno: el par de alas blancas y emplumadas que emergían de su espalda. Lo primero que se me vino a la mente, era la idea de un ángel. Me quedé unos instantes dubitativo acerca de la naturaleza de alquel tipo, pero pensé que desde mi llegada a la Torre ya había conocido a un élfo-dragón, ¿por qué no iba a haber otro con alas?. Después de un momento de distracción regresé a mi entrenamiento.

Las gotas de sudor caían por mi frente y se sumergían en mi tupido vello facial antes de llegar al cuello. El sol comenzaba a caer, aunque los días del estío eran prolongados y la noche tardaría aún en llegar. Mientras me limpiaba el sudor de la frente con la espada clavada en el suelo, noté como alguien se acercaba por detrás. Ví su sombra a mi lado; una sombra con grandes alas desplegadas. Era el elfo que acababa de llegar.

Me giré y miré de frente al extraño. Comenzó a soplar una brisa proveniente del levante, un agradable soplo. El élfo alado se presentó como Velenior. Para mi sorpresa, me propuso practicar con él, y empuñó una espada ligera que blandía con una mano y llevaba envainada en la cintura.

Mi nombre es Brandon— le dije al forastero. Coloqué mi mano sobre la empuñadura del espadón, que se encontraba clavado en la tierra. Agarré la espada y la saqué del suelo sin dejar de mirar a Velenior. —No pareces de por aquí— apunté mientras empuñaba el mandoble con las dos manos y me colocaba en guardia, aceptando así su propuesta. Parecía como si la Diosa hubiera sentido mi deseo de entrenar con alguien, y hubiese enviando a un "ángel" un tanto extraño.
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Re: Templando el Hierro [Velenior]por Velenior, el Dom Jul 15, 2018 10:56 pm
Por su sangre, venas, piel y cabello, por todo su cuerpo, corría la magia, podía sentirlo. (Si nunca la habéis sentido, un buen ejemplo sería la vibración del agua cuando mueves la mano sumergida) Pero en aquél momento no la necesitaba, no si quería un combate justo. El viento oscilante los rodeaba instándolos a moverse y atacar aunque sin preferencias, pero Velenior no se molestó, aun cuando le había dedicado la vida entera el viento le seguía sin pertenecer y aquella libertad era su esencia.

Un brillo recorrió el filo de su espada como si fuese un último guiño del Sol antes de ocultarse tras las montañas que delimitaban el valle, era un paisaje espectacular que pese a sus doscientos años de vida seguía sin cansarle. Aquella espada no era de hierro, ni acero; había sido un regalo de anaë para su viaje pues pese a que no lo veía con buenos ojos sabía que a su aprendiz le gustaba batirse en duelo y a veces una espada podía salvarte la vida. Anaë, como todo elfo de buena cuna, odiaba el hierro, por eso estaba hecha de un extraño metal que si bien podría haber pasado por hierro era mucho más resistente, perfecto para las delicadas manos de un mago elfo que no acostumbraban a cargar mandobles o armas pesadas. De todos modos tendría que tener cuidado, resistente no era irrompible y no quería destrozarla el primer día, entre otras cosas porque hasta dentro de seis meses no podría verle.

Se miraron largamente, como evaluándose, se fijó en el tono de su piel más bronceado en algunas partes por las que corrían gotas de sudor y su cabello oscuro hacía juego con los ojos que recordaban a los de un ave de presa. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro, no se sentía superior si no que le encantaba aprender y algo le decía que aquél rival le podía enseñar mucho. Con el arma todavía en guardia pensó una estrategia a seguir, estaba claro que el rival había estado practicando anteriormente, el sudor de su frente le delataba aunque no parecía algo que quisiese esconder. Aquello significaba que si bien podía estar menos fresco y más cansado también estaba listo para el combate y no necesitaría calentar, sus músculos estarían entrenados y podría arriesgar más; sin embargo él acababa de llegar por lo que si trataba de hacer trucos desde el principio lo más seguro era que le diese un tirón o algo parecido lo que no ayudaría en absoluto a su papel en el combate. Tras aquello se fijó en la complexión del joven, musculado y robusto era perfecto para el mandoble, el cual manejaba con sorprendente soltura, aunque tal vez fuese el hecho de entrenar lo que le hiciese no notar tanto el peso. No debía cruzar demasiado las espadas, debía ser rápido, jugar con su mente.

Dio un paso adelante y mandó una estocada de primeras, no era lo común al iniciar un combate pero quería ver su tiempo de reacción y movimientos, patrones que seguiría, información muy útil si no querías quedar partido en dos errando una finta. Con una sorprendente velocidad el guerrero eludió la estocada sin esconder su expresión de extrañeza, al parecer a él tampoco le parecía común comenzar un duelo apuntando al corazón - Encantado Brandon - Acompañó sus palabras con una inclinación de cabeza - De hecho vengo del Bosque Dorado pero pasé buena parte de mi vida en la torre - Con un tono más curioso que acusador terminó - Tú tampoco pareces de por aquí.
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