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Hîr in aur nín {Yil}por Ilmarin Arahael, el Vie Jun 08, 2018 1:33 am
Otra noche me alcé yo cuando el sol ya se ponía y me desvelé con la luz de las estrellas. No había tenido éxito en mis intentos de acoplarme a otro horario y aún pasaba mis noches tranquilas esperando el próximo salir del sol, y cuando lo veía bordear las montañas se me encogía el corazón y me invadía el sueño. Cuando amanecía y la luz del sol bañaba el bosque y teñía la Torre de bronce puro y otoño y luz de llamas... Debería dejar de utilizar el fuego en mis metáforas, pero tiene algo el elemento ígneo que me atraía pese al desagrado que me causaba. Me gusta en cuanto a estética, pero no en cuanto a la práctica; me gusta sentir su calor en mi piel pero no sus chispas y sus besos.

No había vuelto a los jardines desde aquella noche que me encontré con el león y con la elfa, más por culpa de uno que de otro. No apreciaba que me dispararan para iniciar una conversación, y considero que soy una persona abierta con la que es muy fácil comenzar a hablar. No hacen falta tantos artificios para que me fije en una persona y, es más, suelen conseguir justo lo contrario: que condene a ese alguien al olvido, a la fría indiferencia, al desdén. No he vuelto a bajar a los jardines desde aquella noche y no le he vuelto a cantar ni a la luna ni a las estrellas. Había pasado mis noches dentro de los confines de la Torre, la magnífica aguja que se alza en medio del Valle.

Había llegado a conocer la biblioteca como la palma de mi mano en las largas horas que pasaba ahí a diario, más callado que un muerto mientras leía página tras página de libros polvorientos de, realmente, cualquier tema que me pareciera interesante. La biblioteca de la Torre tenía un buen fondo y ni pasando aquí cien años llegaría a leer todos los libros que se esconden entre sus muros. Estoy seguro de que las estanterías se mueven por si mismas y cambian de orden, o al menos eso me parecía al principio cuando me perdía en el laberinto de volúmenes y tratados. Ahora que tengo más experiencia en este mundo, puedo decir sin miedo a equivocarme que es verdad.

Las estanterías de la biblioteca de la Torre se mueven y se reordenan por si solas en lo alto de la noche. Permanecen siempre dentro de sus secciones, por lo que nunca me encontré un libro de teoría mágica aplicada en la sección de historia, al menos no por obra de las estanterías. Los libros flotaban y buscaban otras estanterías a las que llamar hogar, y un día podías encontrarte los libros ordenados en orden alfabético mientras que otro día se habían dispuesto según el color de sus encuadernados. Me parecía algo extrañamente encantador aunque posiblemente molesto si no fuéramos estudiantes de magia.

Me habían contado que hace unos años un nigromante incendió la biblioteca de la Torre, y me pregunto si esta intervención fue la que cambió el funcionamiento de la estancia, si ese exceso de energía había interferido de alguna manera con las viejas magias que empapan cada una de las piedras de la Torre, cada una de las hojas de sus libros, la carne de sus habitantes, el aire mismo. He de decir que nunca me había sentido en la Torre como me había sentido en otra escuela de magia. Aquí puedo sentir las débiles vibraciones de la tierra en movimiento sin pensarlo, y al rozar una piedra tengo, de algún modo, presente su antigüedad milenaria. El Bosque Dorado no me inspira nada salvo ceguera, y el Lago de la Luna añoranza por el sol. El Valle es diferente.

Recuerdo que, en mi infancia, mi madre me contó que el Valle estuvo maldito, nada más y nada menos por la traición de un aprendiz a su maestro, y esto duró hasta que se vengó esta injusticia y la Torre tuvo una nueva señora. Nunca llegué a conocerla, pero cuentan que la reina Nawin estudió aquí, y no creo que la maestra de una de las reinas de los elfos pudiera ser mala persona. Quizá es por eso que esta escuela se siente, de algún modo, diferente. Ha sido un lugar de conflicto y es la escuela que menos estima tiene en la comunidad mágica, si bien reyes y príncipes han sido sus alumnos.

Pero bueno. Esta noche había seleccionado para leer unos volúmenes más delgados en lengua élfica, una colección de relatos y cuentos populares. Solía sentarme a leer en el suelo, apoyado en alguna estantería, alumbrado por una lámpara de luz mágica que, según me cuentan, comenzaron a ofrecer después del incendio, cuando cualquier manera de magia ígnea fue prohibida dentro del recinto de la biblioteca. Me parece una medida muy acertada, a decir verdad, y más en un lugar donde un hechizo mal lanzado puede convertirlo fácilmente en un mar de cenizas.

Como dije, el libro es una colección de cuentos y relatos élficos, de esos que se les suelen contar a los niños para hacer dormir. Eran historias simples de magos buenos y magos malos, de espíritus de la naturaleza que quieren enseñar lecciones... Conocía gran parte de ellos, pero no tenía nada mejor que hacer en estas largas horas y no me molestaba pasarlas recordando mi infancia. La gran parte de los cuentos tenían por protagonistas a elfos y animales y árboles que podían hablar y eran las criaturas más sabias del mundo, por el hecho de ser unas de las criaturas de más larga vida que hay. Una elfa ayudaba a los árboles y los árboles la ayudaban de vuelta, pero aquella que no lo hacía era castigada en su momento de necesidad. Una tortuga que compite contra una libre y acaba ganando porque la liebre es vaga.

Así leí cuento tras cuento con una sonrisita ausente en mi rostro hasta que llegué al último cuento del segundo volumen. Se titulaba Hîr in aur nín  o «señor de mis amaneceres», y nunca en mi vida había oído sobre ese cuento. Mi madre nunca me lo contó de joven, así que es posible que fuera una creación más reciente o, al contrario, un relato antiquísimo. Relataba la historia de amor entre una estrella y el sol: se amaban locamente pero uno estaba condenado al día mientras que la otra estaba condenado a la noche, y por mucho que intentaran verse la luz del sol ocultaba a la Estrella y no llegaba a verla. La estrella le pidió ayuda a la luna, la joya del cielo, para poder ver a su amado más que al amanecer y al atardecer...

No llegué a acabar el cuento, porque sentí la imperiosa necesidad de descansar los ojos durante un corto instante.

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Re: Hîr in aur nín {Yil}por Yil, el Sáb Jun 16, 2018 12:59 pm
Despierto del triste aliento de los sueños, y reclinado en mi cama, oteo la fría oscuridad de mi habitación con el corazón lleno de recuerdos dichosos e historias tristes. Los cristales han vuelto y se han clavado en los tristes jardines de mi cuerpo, en las serpientes pálidas de mi espalda, y en algún lugar de Urd, en una habitación oscura donde yacen unos ojos grises que ya del mundo nada saben y que del mundo nada aman, ocultos entre los susurros y los gritos de las sombras.

Había soñado con cosas que no deben ser soñadas, y por eso cuando me levanté de la cama, lo hice con la torpeza de un cristal roto, más solo que nunca. Siento el filo de la piedra lisa bajo mis pies descalzos, y las sombras, que me miran desde todas partes, cómo juzgan, cómo ríen, cómo lloran. Y es así, como con una especie de vacío en el corazón y en el recuerdo, me dirijo hacia el armario y oculto mi cuerpo tras una camisa blanca y unos pantalones oscuros, y saco de debajo de mi cama unas botas de cuero que uso para ceñírmelas a mis pies, pero aún así, aún puedo sentir la malicia de la piedra y el triste rescoldo de las cosas muertas.
Pero ella no lo estaba, ¿verdad?

Abro la ventana de mi habitación, paralela a la entrada: la bisagra chasquea y gime mientras araña las lenguas de tan rudo metal, y los vientos de la noche entran, pero no cantan ni suenan instrumentos. Solo se escucha el silbo del aire y el sutil aleteo de las hojas de los árboles. Tras varios segundos, comienzo a congelarme y a temblar, pero no es tras esperar un rato más cuando cierro la ventana. Otra noche más en que no toca nada. Es una sensación casi desgarradora.

Pero al menos aún conservo su manto verde, bien doblado encima de mi escritorio, y no es de extrañar que mientras pienso en él, me acerque sin darme cuenta hacia tales prendas. Toco la capa, y mis dedos se deslizan por la tela de la misma manera que se deslizan por el agua, o al menos, es así en la cara interna del manto. En la externa es diferente: no es lisa, mas parece que un mar de hojas o de escamas planas la cubre. Es una capa partida, es un cuerpo con sombras: es única, y el nombre desconocido de su dueño vibra en cada hebra, resuena en cada hilo y perfuma mi habitación con el dulce aliento de los frutos de la primavera.

Es lo único que me queda de él, pero es suficiente. Cuando pienso en él, vivo en un mundo sin sombras. Cuando me quiero dar cuenta, estoy sonriendo, y mi bárbaro rostro se tiñe de los delicados colores de la vergüenza. Pero no sé si por lo que me hace sentir o por lo que me hace ser. O tal vez sea otra cosa, que sin nombre ni sombra, se haya adentrado en las profundidades de algo que no conozco.

Pero en cambio, son mis manos las que se adentran entre los pliegues del dulce manto, y siento las hojas y la dulzura de los besos en ella, y me la coloco, aún doblada, por encima del hombro, como quien transporta una alfombra. No me atrevo a ponérmela, no sin su permiso, no sin su tacto. Iré a buscarle, aunque la escuela cruja y gima, aunque sepa que en los jardines no haya nadie. «Tengo que devolverle esto», me repito constantemente, como si solo fuera eso.

Abro la puerta y la madera cruje un poco, el pomo de hierro oscuro chirria un poco, como si estuviese oxidado, pero no era así. Solo tenía frío. Me deslizo por la pequeña abertura que he dejado, pues no quiero hacer demasiado ruido, y la cierro con cuidado. La verdad es que estaba preocupado de que hiciera algo ruido al cerrar, pero la puerta en contacto con el marco solo emitió un sutil ronroneo: casi parecía amor. Pero la madera no sabe de amor y no ama, bien solo arde y prende. Solo arde. Solo prende.

Comienzo por bajar por las escaleras, sin saber muy bien por donde comenzar a buscar, con miedo de no volver a encontrarlo de nuevo. Pienso que tal vez podría estar en las cocinas, pero es un lugar demasiado triste de noche; en los jardines, pero no está tocando —así que no creo que esté allí —; en los baños, pero no quiero imaginar su cuerpo desnudo. Me tropiezo con un peldaño, pero consigo apoyarme sobre la pared y no caerme. Definitivamente no está en los baños.

Me giro y observo la gran entrada a mi izquierda: tercera planta. «Tal vez esté en la Biblioteca», pienso. «Está allí», susurra mi corazón. Doy un paso hacia delante. Pero podría no estarlo.

Retrocedo, con el pecho lleno de dudas y preguntas sin respuesta. Pero me doy cuenta de que no pierdo nada por intentarlo, y comienzo un lento trayecto por el final del largo pasillo hasta la entrada de la Biblioteca. Cada paso que doy, las sombras que todo lo cubren todo lo devoran, noto cómo van cuchicheando detrás de mi espalda, cómo hablan entre ellas mientras avanzo, y tal vez sea por eso por lo que mientras lo hago, cada paso se vuelve más pesado, más corto, más torpe.

Pero entonces, cuando apenas estoy a unos pocos pasos de la entrada, oigo su respiración por encima de todas las cosas, y las hace callar. Podría ser cualquier otra persona, pero sé que es él, tiene que serlo: respira profundamente, como si estuviese dormido, pero tras el susurro de su aliento se esconde una débil y sutil tonada de amor, una pieza musical que busca ser escuchada, un contrapunto que busca una respuesta. Y es así como aprovecho una sutil pausa en el ambiente para entrar en la sala, impresionado de como se derrama el sonido de su pecho por todo el lugar, que, a pesar de su debilidad y timidez, aún me parece escuchar su reverberación aún cuando ha dejado de respirar. Todo el lugar está impregnado del olor a papel, libros, tinta, madera; a frutos rojos y dulces sueños. Estamos tan solos, que el más leve sonido que proyectamos se magnifica y parece no querer abandonar el mundo, mas lo persigue. No puedo evitarlo, y rescato de la memoria un pequeño fragmento de algo que leí hace tiempo:

“El aire es inmortal. La piedra inerte
ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior no necesita
la miel helada que la luna vierte.


La Biblioteca parece un laberinto de estanterías y columnas de libros, pero en medio de aquel mundo de historias y preguntas sin resolver, encuentro la respuesta de todas en medio de una luz blanquecina que se escapa de una de las secciones, iluminando la noche y el día. Ando sin hacer ruido, con el sigilo de un gato callejero y me muevo entre los miles de pasillos que generan las diferentes estanterías y anaqueles, perdiéndome en medio de la ciudad dormida, guiándome por la única estrella que esgrima la noche.

Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,
tigre y paloma, sobre tu cintura
en duelo de mordiscos y azucenas.

Giro por un pasillo, rozo con mis dedos un libro de dulce amor, otro de escarcha tragedia, cada vez más cerca de donde quiero estar, de quien quiero ser. Un paso más, un paso más. Me deslizo por la madera, recorro las historias del mundo, vuelvo a girar a mi derecha. Doblo un pasillo, lo recorro, juego a ser eterno, y en cuanto me quiero dar cuenta, he llegado. He llegado a un lugar que, sin sombra ni nombre, se haya alguien que yace en el suelo dormido.

Llena pues de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura.”


Mi cantor está allí, regocijado en el suelo de la piedra, y parece tan pequeño ahora, parece tan humano: allí, envuelto en una cortina de luz, atrapa el aire y lo libera; asciende su pecho, lo declina. Y tal vez que sea por la noche, o por la tenue luz de la lampara que yace junto a él, que dota su piel de una fúnebre languidez, como si por dentro estuviese lleno de escarcha. Retiro el manto de mi hombro derecho y comienzo a destenderlo por la altura de mi pecho intentando no hacer mucho ruido con el crepitar de la tela. Una vez que he terminado, me agacho y estoy apenas a unos centímetros de él, y aunque parezca raro, a pesar de estar tan cerca de sus labios, no pienso ni tan solo en un segundo en besarlos. En vez de eso, aparto un libro que dormía abierto por encima de su corazón y lo dejo en el suelo, sin cerrarlo. Cubro su cuerpo con dulce esmeralda con gentil delicadeza y antes de levantarme, aparto un par de mechones de sangre de su frente.

Doy un par de pasos hacia atrás, y lo observo durante unos segundos, pensando en retirarme. Es tan bello cuando canta, pero dormido, con los ojos entornado y el cuerpo torcido; es la canción de todas las cosas, y todas las cosas cantan bajo la dulce entonación de su aliento. No quiero turbar su sueño. Doy otro paso hacia atrás. Pero en realidad, no quiero irme. Pienso que, si no le miro, será más fácil, así que me doy la vuelta.


Pero no es así.

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Re: Hîr in aur nín {Yil}por Ilmarin Arahael, el Miér Jun 27, 2018 7:23 pm
En mis sueños me encuentro en lo alto, más alto de lo que la magia podría alguna vez llevarme. Todo lo que veo es cielo y un horizonte que se extiende incesante. Me arropa un manto de nubes mientras me deslizo errabundo por la inmensa nada, y su roce es frío y lejano y estéril. Es de noche pero no hay luz en el cielo y se niega a mirarme el firmamento con sus miles de ojos, miradas de lucero sumamente cariñosas y dulces que hoy rechazan unirse a la corona de mi nombre. En este abismo siento que paso eones, vidas enteras, incontables amaneceres sin sol y tenebrosas veladas. Comencé a cansarme del azul de la noche y del gris de mis tormentos como hiciera del perpetuo oro y la eterna plata.

Y de pronto del vacío, lleno de cúmulos y de mi presencia discorde, parece nacer algo. No tiene forma pero es, aunque aún no lo sepa. Atrajo hacia sí mis suspiros de pena y soledades, y hace de la noche de mi alma día. Todo lo baña con su resplandor pero no con luz de sol y luna; su luz de lucero, de aurora y de hoguera se posa sobre mis carnes, caricia de amante, labios que recorren mi piel traviesos. En su propia luz se da a sí mismo forma perfecta más allá de la belleza o su falta. Él es y decide serlo, se ha creado a sí mismo de la nada y decide labrar algo a partir de ella. De él, pues, mana la luz que todo lo llena y me ciega, y de él se derraman las aguas que llenan los mares, de él nace la tierra fértil y rocosa, de él brotan las flores que llenan los prados con su aroma y dan a beber el dulce jugo de sus mieles. Por su deseo y voluntad hace de la nada todo, así es su capricho. Vierte en el mundo su amor y su aliento, dios deseado y deseante, para que en él nazca la vida para que en él las cosas sean siguiendo su ejemplo.

Le contemplo asombrado, desde lo lejos, pero temo acercarme a él. Hasta ahora solo había conocido la oscuridad y las nubes y la soledad, y él es la antítesis de mi mundo. Como un invasor ha entrado en él y todo quiere cambiarlo, hacer de la nada algo, hacer de la noche día, hacer de uno dos. Por eso me quedo largo rato mirándolo desde mis cumbres de nube y frío, y él brilla con el calor de un sol que no existe y su voz es el canto de los pájaros que aún no surcan los cielos.

Poco a poco mi corazón se ablanda; le veo creando su universo, sembrando el cielo de estrellas y dándole nombre a cada una, juntándolas para trazar dibujos, y le veo disponer la bóveda celeste, trazar las órbitas de los planetas y entonces se retira, dejando en su lugar un orbe frío y gris luar, nada comparable con él. Espero y espero y me pregunto: «¿se ha ido?», pero vuelve a la mañana y es el amanecer en perfecto cuerpo.

Así que me acerco a él con mi hueste gris y llorosa, cúmulos acumulados alrededor de mí que me arropan y me protegen del solitario vacío. Nos miramos largo rato sin decir nada ninguno de los dos y en ese momento siento al fin algo nuevo. Me veo apoderado por un gran deseo de estar junto a él que lo es todo y que todo lo hace, este de cuyo cuerpo nacen muros y torres y ciudades, que crea y une y separa la tierra y el mar y el cielo. Soy un náufrago en los crueles océanos del cuerpo suyo que no perdonan y él me arropa con sus ondas saladas para arrastrarme a sus profundidades; a sus palacios de coral me lleva con su voz de sirena y yo me dejo llevar como perro que sigue a su amo.

Me dice: «ven», y yo le sigo allá donde vaya, y al instante dispersa con la brisa de su aliento el peso de mi manto y grilletes. Su luz me baña y me acaricia y me empapa y me penetra y es mi deleite tras tanto frío, tanta noche, tanta nada y soledades. Siento el roce de sus dedos, la suavidad de su piel, el calor de su sol. Disfruto de la sal de sus mares, del dulce aroma de sus flores y me siento morir y renacer cuando pruebo el fruto que es su existencia. Así pasé con él varios días y varias noches, porque ahora él, que da luz, existe, también lo hace el albor y el oscurecer, la mañana y las veladas.

Pero pasa el tiempo y él parece cansarse de su mundo. Me corona de flores y me tiñe de aurora y me dice: «adiós» y con esta palabra me mata. Le suplico: «no te vayas» y me rasgo las carnes y tiño sus aguas de mi sangre viva, quería ser suyo y que él fuera mío y estar juntos para siempre, pero aun así se va y con él yéndose regresan las nubes que se aferran a mi cuerpo y me anclan. De él me ha dejado fragmentos mezquinos, ha llenado la nada de guijarros y gotas y pétalos de sus ramos fragantes.

De su luz quedan ahora solo pequeños cristales que queman cuando me acerco y cortan cuando los recojo. Me despierta el roce de unos dedos en mi frente pero no soy capaz de abrir los ojos de inmediato, pues aún me aferro a los últimos retales del sueño que acababa de tener. Me encuentro en el limen entre la consciencia y la inconsciencia, entre el mundo físico y el inmaterial, y quiero volver a mis ensoñaciones. Aún quería ver a ese ser perfecto nacido de la nada y del caos, quería estremecerme bajo sus caricias de luz de sol naciente y que su mirada se encontrara con la mía de piedra y hierro.

Pero su recuerdo se iba de mi mente, desvaneciéndose, y como un suspiro llevado por el viento me abandona en mi lecho de libro y roca, y así abandono yo mis deseos de dormir. Me despierto y me doy cuenta de que, como en mis ensoñaciones, no he estado solo porque me veo arropado por hojas tejidas, suave y fresco manto. Al mirar a mi alrededor, la luz de la lámpara me permite ver que aún estoy en la biblioteca, que los libros aún flotan de vez en cuando por los aires, que las estanterías se mueven imperceptiblemente, que el libro que estaba en el suelo era el que estaba leyendo antes de quedar dormido, y veo, finalmente, su figura.

Es alto, sí, y su cuerpo está compuesto por músculos y músculos. Su figura es imponente y, aunque solo lo veo de espaldas, su larga melena del color del cobre y del otoño y el manto de primavera que me cubre como un sudario me dan las pistas suficientes para reconocerle. Mi león de medianoche, que llora porque mis canciones son bellas y porque nunca en su vida había escuchado cantar.

Le miré largo rato: ¿quería irse? Si es así, ¿por qué no se movía? Se había quedado de piedra ahí, en esa postura, dándome la espalda. ¿Acaso dudaba? ¿Acaso le retenía algo a mi lado? También era posible que se hubiera quedado dormido de pie, aunque eso acabaría con todo lo sentimental que tiene el asunto. Desde mi nido de verde y gris piedra y madera le llamé con voz callada, no queriendo romper el silencio sagrado del lugar.

Quédate... —Le pedí, mi voz poco más que un susurro sin aliento, palabras sin alas que a duras penas conseguía expulsar de mi garganta—, quédate; la noche es silenciosa y solitaria.

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Re: Hîr in aur nín {Yil}por Yil, el Mar Jul 03, 2018 7:31 pm
Yazco en medio de la ciudad perdida, en el laberinto de las historias y los senderos inciertos: ahora que he visto su luz, los pasillos poseen tan férrea oscuridad que a penas soy capaz de distinguir camino alguno, como una maraña negra que todo lo oculta y que todo lo censura, más perdido que nunca. El horizonte que contemplo es apenas un muro negro, y el suelo es una araña oscura, una garra oscura, una herida abrupta de la luz que corta mi cuerpo; un haz de sombras.

Cuando me quiero dar cuenta, estoy a punto de irme, como siempre hago y como siempre haré, huyendo como el cobarde que siempre he sido; o al menos eso es lo que me susurra la noche y la piedra. Bajo la mirada: si me voy, lo hago por él, porque no quiero quebrar el sueño de sus ojos ni el canto dormido de su pecho.

«¿Estás seguro de eso?» —murmura mi alongada sombra, asomándose por los resquicios de la luz de la lámpara de mano de mi elfo cantor que yo mismo he roto, de manera tan despreciable, que me hace dudar por unos instantes de mí mismo.

Y es justo cuando ella ha hablado, que toda la oscuridad comienza a susurrar a mi alrededor, como una tormenta de ruido sordo lleno de cristales y palabras oscuras; como si al haberse rebelado la primera, hubiera inflado de coraje a todas las demás.

«Te aterra lo que piense de ti, por buscarle y perseguirle noche tras noche, por turbar su sueño. Por eso te vas. Porque te aterra el reflejo de sus ojos —susurra con el gemido del hierro, y entonces, añade—: porque te aterra lo que hay dentro de ti cada vez que lo miras».

No quiero seguir escuchando, pues cada palabra suya está tan cargada de verdad como de mentira, palabra que carga contra mi corazón, que lo envenena un poco más. «Nunca me amará», gime mi pecho; y aunque yo no lo ame a él, no sé por qué este pensamiento me duele tanto. Mi corazón tiembla como un cervatillo muerto: es de noche y la idea de nunca poder alcanzarle me corta la respiración.

Porque él es un como un lirio, la más bella de las flores en medio de un sueño de zarzas, hijo de los elfos, él es dueño de la gracia. Yo no tengo su elegancia, ni su tan excelsa beldad; solo soy una criatura enorme y despreciable, de carnes bárbaras y de aspecto descuidado. Pero por él, y solo por él, le contaría toda la verdad. Por él, y solo por él, le contaría la verdad de Urd.

Entonces, una voz resuena ligera y tierna a mis espaldas, y manda callar a todas las cosas y todas las cosas callan. Las sombras parecen temblar ante el golpe de su voz, clara y fina como un riachuelo, amante y dulce como una vida de amor.

Quedate… —susurra el día, como un gemido tembloroso y frágil —, quédate; la noche es silenciosa y solitaria.

Como un girasol de piedra giro, giro abandonado toda desesperanza y desasosiego. Y para mi sorpresa, no veo ni lirios y ni espinas: veo a mi elfo, tan puro como es él, que ni la propia oscuridad se atreve a tocarlo. Un manto de luz le abraza, lo roza, lo es; y es así como doy un tímido paso hacía él. ¿Será lo correcto? ¿Es lo justo?

Pero cuando le miro sus ojos, y observo como la luz de su lámpara tiñe sus iris con los mil colores del mundo, en el espejo de su mirada me contemplo como un ser de luz, el orbe del día; y por primera después de muchos años, mi nombre descansa en mi pecho como un susurro cálido y ligero como una onda del aire.

Su voz me hace estremecer, y todo lo que me había atado a la quietud y a la duda, me tira ahora a él, camino hacia él, sin miedo a ser torpe, sin miedo a las sombras; pues me acerco por primera vez en muchos años a una llama que no arde, mas ilumina serena el llanto de la noche.

Cuando estoy al frente de él, casi a su lado, me siento con las piernas cruzadas, sin dicha, sin pena, sin temor, sin anillos de hierba ni sueños rotos; separados por su lámpara de buenas noches. La luz acaricia su cara como un arrullo, acaricia sus labios como un sueño, y abraza su cuerpo como la lumbre del hogar. Y es en sus ojos donde contemplo como una tímida sonrisa: la madera no solo arde, hay algo más. Siempre hay algo más.

Me quedo —Le respondo entre susurros, porque no quiero que nos ataquen los libros, aunque a continuación añado —: porque solo tú le das sentido a la noche.

» Por cierto, me llamo Yil. —añado tras unos segundos, tal vez un poco azorado por lo que acabo de decir —. Creo que deberíamos presentarnos antes de que nos vuelvan a interrumpir —bromeo mientras la sonrisa de mis labios crece aún más —. ¿No piensas lo mismo?

Estoy feliz, porque en su luz, vivo en un mundo sin sombras, y en ella, no hay nada que me pueda hacer daño, no hay nada que me pueda turbar. Ni si quiera me preocupa que se ría de mí, porque cuando ríe… no sé cómo expresar todo lo que siento cuando ríe.

Lo único que puedo hacer es sonreír como un tonto, con la mirada llena de ternura, iluminada por el brillo de su pequeño candil, iluminada por la primavera que aún persiste en mí y que se niega a las terribles lenguas del verano. Sonrío como un bárbaro, porque es lo que soy, y me conformo con ello: porque estoy en sus ojos, y es lo único que me importa.
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Re: Hîr in aur nín {Yil}por Ilmarin Arahael, el Lun Jul 09, 2018 6:05 pm
Al escuchar mi voz para en seco y se gira casi de puro miedo, sus miembros rígidos, como si no supiera con qué se cruzarían sus ojos al posarlos sobre mí y mi mar de verde viento, nube de hoja. Pero al girarse parecen desaparecer esa duda y ese miedo; sus movimientos cuando se me acercan son más livianos y decididos, su mirar es de aurora y de su pecho nace la brisa de la primavera. Da un paso, da luego otro y se me acerca decidido, sereno. No se parece en nada al león que vi la última vez, la única vez que le había visto antes, todo lloro y lágrimas. Quizá le salva la perpetua quietud de la biblioteca porque aquí no puedo cantar; me han contado que los libros detestan el ruido.

Se queda, me dice, porque solo yo le doy sentido a la noche, y sus palabras me parecen misteriosas e inescrutables. Mi mirar curioso se posó sobre él pero no tuve mucho tiempo para descifrar el significado oculto de sus palabras porque luego contiuó hablando. Se llama Yil, algo que me hizo gracia y se mereció una sonrisa, y pensaba que deberíamos presentarnos antes de que ocurriera otra desgracia. Con nuestra suerte, era lo más posible. Asentí, antes de hablar. Qué coincidencias...

¿Yil, dices? Yo me llamo Il —le dije con tranquilidad. Nombres parecidos, los dos pelirrojos... La Diosa tiene un sentido del humor interesante—. Ilmarin Arahael.

Es curioso que alguien que viene de tan lejos como yo pueda encontrarse con alguien que viene de tan lejos como él y, pese a todos, compartamos el nombre. No del todo, pero casi. Me resultaba divertido y quizás un poco entrañable, de alguna manera que no alcanzo de entender del todo. Verlo sentado ahora tan tranquilo, tan pacífico, su cuerpo de mármol bañado por la luz clara del candil, me borra los malos recuerdos de la otra noche, cuando apareció esa elfa y nos disparó la flecha y calló mis cantos a la luna.

Durante un rato nos quedamos mirando el uno al otro sonrientes, sin saber muy bien qué decir. El silencio y la noche hablaban en nuestro lugar, el vaivén del aire en nuestros pechos llenaba el silencio y de vez en cuando se oía el suave aleteo de una de las mariposas con mil alas, llena de letras cada una. Tras lo que podrían haber sido segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años o siglos enteros, me moví. Me quité la capa de encima, doblándola con cuidado, y la dejé en el suelo, entre él y yo.

¿Y cómo es que me has encontrado, Yil? Pensé que no volvería a verte hasta que durmiera por la noche y viviera por el día.

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Re: Hîr in aur nín {Yil}por Yil, el Vie Jul 13, 2018 9:19 pm
Revela su nombre y la luz de su lamparilla tintinea como una exhalación, vibrante de plata y tenue oro blanco, nos rodea y nos baña con telúrico cuidado, con calidez, con gracia. Es un fuego que no arde, una llama que no cesa, un cantar que no se detiene. Il dice que se llama, Ilmarin Arahael.

Revela su nombre y la luz del mundo parece estremecerse. Pelirrojo como yo y con un nombre parecido, no puedo evitar pensar en lo cerca que ha estado de estar roto. Una letra más, y conocería el peso de las sombras; pero no es así. No conoce el yugo ni el sabor del hierro, y tal vez por eso mismo que puede ser feliz.

O al menos ha sonreído, y por primera vez la luna no me ha trasmitido pavor. No sé si es feliz, o está alegre o está solamente contento: soy un bárbaro de otras tierras, para mis todas esas palabras significan lo mismo. Tal vez algún día él me enseñe a diferenciarlas.

Pero de momento hay un silencio corto y resonante: todas las cosas de aquel lugar están vivas y se niegan a morir. Tal vez por aquella razón, Il se desabrocha aquella capa de dulce amor, partido como el cuerpo y el alma, y la deja yacer sobre el suelo doblada. En aquel momento, abre la boca para hablar y mi corazón solo siente el deseo de escucharle.

¿Y cómo es que me has encontrado, Yil? Pensé que no volvería a verte hasta que durmiera por la noche y viviera por el día.

Me gustaría decirte tantas cosas, pequeño cantor. Pero todas las cosas que quiero decirte te asustarían, te apartarían de mí: te darías cuenta del tipo de hombre que soy, y ya ni la noche ni el día podrían traerte a mi lado. La noche sería una eterna canción triste, y el día sería una piedra oscura; y el ocaso sería el recuerdo constante de tu ida. Pero sé que no te irás, porque yo no hablaré de las cosas que luchan por salir: sea en una habitación oscura o en un pecho cálido, como una llamarada de la sangre; yo callaré, para que tú no te vayas. Dejaré que el fuego me devore las carnes, palabras ardidas en el silencio atraparé en los jirones de mi carne, aunque me quiebre, aunque mi aliento cese y solo sea ceniza. Ceniza dulce será por siempre, porque en mi silencio hubo solo lucha y dulce deseo. Silencio de las llamas, del quien huye, del quien no puede herir; triple candando de la maraña.

Me desperté por una pesadilla y decidí buscarte porque no podía dormir —explico, aunque no es del todo cierto —. Como en los jardines no sonaba tu lira, probé a echar un vistazo en La Biblioteca. No se me ocurría ningún otro lugar —admito después de unos segundos, susurrando, aunque es inevitable que la biblioteca arrastre el sonido de mis palabras. Trago saliva para continuar—. Aunque por lo que he visto, estás comenzando a dormir por la noche, así que te estás comenzando a acostumbrar a este cielo, supongo. Me alegro.

Entonces, callo, porque no tengo nada que decir, y el silencio comienza a consumirlo todo, como una vela encendida. No soy alguien muy dado a la conversación, pero creo que más bien es porque siempre he estado solo. Pero esta vez no quiero que se apague, y tal vez es por eso me veo en la necesidad de evitarlo a como dé lugar, para que no muera. Siento el oscuro deseo de conocer más cosas de él, pero me aterra que indague sobre mí: ¿cómo seré capaz de mentirle, si apenas soy capaz de mirarle sin perderme en sus ojos?

¿Y cómo que has decidido estudiar en La Torre? —pregunto con curiosidad tras unos segundos de vacilación. Pero entonces, me surge una duda mucho más importante—. ¿Cuántos años tienes…? —le pregunto ladeando un poco la cabeza, con los ojos bien abiertos, algo estupefacto. Mi maraña pelirroja acompaña la inclinación de mi cuello, como una sacudida.

Porque él es un elfo, y si mal no recuerdo… pueden llegar a vivir hasta mil años. Y ante esa idea, siento como se me revuelven las tripas y como un peso anida en mis pulmones, de golpe. Creo que todavía no he asimilado la idea, no creo que alguien pudiera hacerlo. Después de tantas vidas… y yo sin apenas haber vivido la mía.

«Parece joven, pero tal vez sea terriblemente viejo», no puedo evitar pensar. En términos humanos, puede que no sea más que un anciano muy mayor, y no es que me repugne la idea, sino que me entristece. ¿Qué va a ser capaz de ver en mí, con todas las cosas que ha debido de vivir? Yo, siendo nada, y él habiéndolo vivido todo, ¿cómo voy a llegar a importarle?

Le miro a los ojos, y sonrío nervioso, sobre todo inquieto. Aunque solo ha sido un acto reflejo por haberle mirado, pues no tarda en nacer una expresión algo sobria en mi rostro, como una flor extraviada que nunca debió de haber jamás florecido.
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Re: Hîr in aur nín {Yil}por Ilmarin Arahael, el Dom Jul 22, 2018 3:13 pm
Yil-león me cuenta que se despertó por una pesadilla y que se puso a buscarme porque no podía dormir. Me parecía entrañable lo que decía, aunque por otra parte es comprensible. Creo que soy el único individuo en toda esta Torre que duerme de día y vive de noche. Soy como los lobos; le canto a la luna y por el día me vuelvo a mis densas florestas a descansar hasta el regreso del atardecer y el oscurecer del cielo.

Comentó también que parecía estar adaptándome de nuevo al ciclo diurno-nocturno que sigue la mayoría del mundo, y yo le sonreí y recuperé el libro que estaba leyendo. Lo cerré y pasé los dedos por la portada, con una sonrisa algo ausente, antes de responder a su pregunta para confirmar (o no) su hipótesis.

Creo que, si me dormí, fue más por el aburrimiento que por el cansancio. ¿Ves este libro? Se titula Cuentos para tener dulces sueños... aunque suena más bonito en élfico... —Solté un suspiro y volví a dejar el libro sobre el suelo—. Son cuentos que me contaba mi madre cuando era pequeño, y supongo que no pude evitar quedarme dormido con todos los recuerdos y el silencio de la biblioteca.

Y tras este breve intercambio de palabras, volvimos a sumirnos en el silencio, flotando ambos en el tranquilo mar callado que inunda esta estancia. Le miraba en silencio, luego bajaba la mirada o la dejaba viajar por las estanterías de libros hasta perderla en las sombras que espanta el lucero. Luego regresaba a él durante unos instantes hasta volver a irse de viaje y explorar los recónditos rincones del saber. No sé muy bien qué puedo decirle, porque de cierto modo me parece que el silencio y la noche que compartimos son sagradas. Son algo de lo que hay que disfrutar sin perturbarlos, disfrutando de la compañía y del ocasional murmuro de labios de raíz y roca.

Pero él encuentra algo de que hablarme y yo le entrego mi atención: pregunta cómo acabé en la Torre y cuántos años tengo.

Vine aquí porque he pasado mucho tiempo en el Bosque Dorado y en el Lago de la Luna y ninguna de esas dos escuelas acabó por gustarme: la primera muy brillante y la segunda muy nocturna. La Torre es el feliz punto medio entre las dos —Este era uno de los motivos que le podía dar, y no es que fuera mentira.  El problema, más bien, era que ni yo estoy seguro por qué había acabado en este lugar. Si es por añoranza al sol podría haberme ido a cualquier otro lugar del mundo. Si es porque me parece que el Lago es un lugar muy tranquilo, idem.

Supongo que siempre me llamó la atención aquella torre perdida en medio de las montañas, en un valle que estuvo maldito en mi juventud. Algo me atraía la escuela de magia donde estudió la Reina Nawin y han estudiado sus cuatro hijos, dos muertos, una desaparecida y la otra coronada. Me llamaba el encanto de su clima, de sus frondosos bosques, de los lobos que le daban al valle su nombre. Tenía un algo exótico que no había visto en mis...

Doscientos veintitrés años —... de vida—. Quizá parezca mucho, pero aún soy joven entre mi gente... aunque supongo que para los humanos sigue siendo sorprendente que los elfos puedan vivir tanto. Espero que no te incomode mi edad. Permíteme devolverte la pregunta, Yil: ¿cómo es que llegaste tú a la Torre? ¿Y cuántos años tienes? He de reconocer que se me da mal estimar las edades en los humanos...

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Re: Hîr in aur nín {Yil}por Yil, el Mar Jul 31, 2018 1:37 pm
Asiento cada cosa que dice, sin saber muy bien qué contestar; así que me remito a esperar a que hable y luego añadir algo yo. No estoy muy acostumbrado al diálogo, de la misma forma que no soy muy dado al baile; así que sea bailando o hablando, suelo tropezar, a irme de tempo y a carme.

Al escuchar su edad, siento por unos segundos que no puedo respirar. Es mayor, terriblemente mayor que yo; pero entonces recuerdo que un humano, estudioso de las artes antiguas, al consagrarse tiene la capacidad de alargar su vida casi tanto como la de un elfo. No quita el hecho de que haya vivido mucho más tiempo que yo, pero al menos encuentro algo de consuelo ante esa idea.

Yo tengo 26 años, y llegué a la escuela como hace 2 años, aunque no debo de ser más de un niño para ti —contesto en mitad de un bostezo que oculto entre mis manos, con un poco de malas intenciones. A veces, una sentencia despreocupada es más útil que una pregunta abierta —Llegué caminando, atravesé el valle bajo las indicaciones de un viejo brujo que me encontré durante mi estancia en Ereaten. 
Cartafilo era su nombre —recordé con una sonrisa.

Antes de llegar a Ereaten, yo me encontraba en las tierras del norte, demasiado cerca de Urd; aunque eso yo no lo sabía hasta la primera vez que vi un mapa de la región. Al enterarme al peligro al que me exponía, ahorré el suficiente dinero hasta que, tras el paso de los meses y teniendo unos conocimientos muy pobres y chapuceros del nórdico, me subí al primer carromato que se me presentó. Y sin saberlo muy bien, llegué a la capital de Garnalia. Allí viví de mendigo y pasé hambre, e ignorando los pocos principios que me habían acompañado desde siempre, hice poco caso a las leyes humanas y fui castigado por ello. Básicamente, si no fuera por Cartafilo , aún estaría entre las calles más oscuras de Ereaten, pudriéndome bajo el frío de las noches y sucumbiendo constantemente al hambre y sin nada que llevarme a la boca. Y ahora que lo tengo todo, solo puedo pensar en lo mucho que le debo.

No puedo evitar, ante tales pensamientos, recordar los arañazos del cuero en mi espalda, los golpes, los insultos grises; la ponzoña de la civilización. Son recuerdos duros, pero no especialmente tristes. Estiro un poco el brazo hacia mí y observo la palma de mi mano: «estas son las manos de alguien que ha tenido que mancharse de sangre para sobrevivir». En cambio, aquel arrullo en mi mente si era triste. Pero suspiro: no tiene sentido recordar aquellas cosas, al menos no en aquellos momentos, no a su lado.

Tengo curiosidad por las historias de los elfos, y la noche es larga y tímida —sentencio, recordando su Cuento para tener dulces sueños —¿Me contarías una historia? A cambio, te contaré yo otra; aunque te advierto de que no soy un buen narrador. Soy de labios torpes —reconozco, con una sonrisa que me hace cerrar los ojos, aunque no tardo mucho en abrirlos.

Le miro y él me mira.

En aquel mundo que hemos creado, todo es fácil; ya no hay miedos. Porque bajo la libertad de mis palabras, siempre tendré la excusa que la noche nos vuelve un poco tontos para los que hemos hecho la torpe costumbre de despertar durante la madrugada. Porque es la primera vez que nunca me he sentido tan despierto ante el terrible amanecer de su farolillo, pero él no lo sabe.

Él no la sabe que tras mucho tiempo dormido bajo la marea de la noche, he encontrado el coraje necesario para abrir los ojos. Él no sabe que es de día, solo porque el cielo y la luna lo ocultan tras su velo de muerte.

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