Igor
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Habitación del mudopor Igor, el Mar Ago 13, 2019 5:50 pm
Estuve un rato sentado en la silla del escritorio mientras una gota de sudor frío se deslizaba por mi frente y caía.  Encima del escritorio viejo, estaba un trozo de hulla, desperezándose, mientras erguía dos bracitos negros que antes no tenía y abría una boca oscura que, hasta aquel momento, no había sido una pequeña hendidura en una de sus caras. Me miró con curiosidad, a través de sus ojillos opacos, y yo le devolvía aquella actitud con una observación rigurosa.

Podría decirse que no era más que una piedra, un carbón que había permanecido exánime desde que lo compré en uno de los comercios hasta que lo traje a mi habitación y decidí hechizarlo, para curiosear. No tenía alma, ni cerebro, ni corazón. Y aun así, su cuerpo duro, granoso y oscuro se agitaba y se movía: se había levantado y había comenzado a andar lentitud por la superficie de la mesa de caoba, emitiendo un ligero tap por cada torpe paso que daba.

No era capaz de encontrarle el sentido a la existencia de aquella criatura, pero sí era capaz de entender el vínculo que nos unía: yo, su creador, le había dado voluntad y movimiento; el hollín era mi siervo y mi creación. Me pertenecía y debía obedecerme, pues no existía otro propósito que aquel. Quizás suene algo crudo, pero aquello no estaba vivo. Solo parecía estarlo.

O al menos, aquello era lo que decían la mayoría de los autores y libros que había consultado. En cuánto a lo demás, en la lógica de que se pudiese mover y actuar como un ser vivo algo que razonadamente era inerte e inmóvil, ninguno se ponía de acuerdo. Cada autor había encontrado la excusa más conveniente y se había atrevido a enunciarla con absoluta pretensión y pedantería, cuando en el fondo, ninguno tenía ni idea. Y como nadie tenía ni idea, yo tampoco la tenía.

La pequeña criatura se acercó hasta la gota de sudor que se había derramado en la mesa. Primero hizo como si la olisqueara y después de un segundo, cuando valoró que aquello no era peligroso, probó a meter lo que podrían ser sus manos. Y éstas se deshicieron en la sal y en el agua de su creador, oscureciendo la gota.

—«Retrocede» —pensé instantáneamente, con brusquedad. Aquello me había pillado por sorpresa y el corazón me latía con cierto sobresalto. Era complicado no implicarse emocionalmente con aquello que parecía tan vivo.

La cuestión es que me obedeció, o eso me pareció. Si bien yo le di una orden, quizás aquella criatura se había apartado por voluntad propia, sencillamente porque se sentía en peligro. Este hecho hizo plantearme varias preguntas, como, por ejemplo: «¿podía sentir un ser inanimado la voluntad de vivir? De ser así, ¿era porque realmente estaba vivo, o porque yo le había transmitido, quizás sin darme cuenta, el deseo de sobrevivir? ¿Aquello tenía alma? Y si la tenía, ¿se trataba de un trozo de la mía, o era un alma artificial que había creado mágicamente? ¿Para qué sirven las almas? ¿De dónde proviene la voluntad?

Y cuando me quise dar cuenta, aquello que antes tenía piernas y se movía, se volvía a encontrar inerte, encima de la mesa. Había vuelto a su forma original, pues al perder la concentración, los efectos del hechizo habían mermado. Aquello solo era un trozo de hulla, y estaba fría.

Otra cosa que me había dado cuenta era que, a pesar de mis progresos con la magia, no tenía ni idea de nada. El mundo, como una especie de gigante que se levanta sobre uno, a uno no le llega nada más que la negrura y la sombra que derrama el sol a sus espaldas, siendo incapaz ante este hecho, de ver nada. Más allá del gigante llamado Mundo, estaban lo desconocido y la Verdad.

Suspiré. El hechizo no era exageradamente complicado, pero si me había dedicado su tiempo y sus energías en realizarlo. Estaba… ligeramente cansado, altamente turbado y tímidamente confundido.

Levanté la vista al techo. La luz de la vela de mi mesilla de noche no llegaba a iluminarlo con precisión. Pese a todo, me dije a mi mismo, mientras jugueteaba a enroscar y a desenroscar mi anillo de madera en mi dedo, que al menos había encontrado una forma más sencilla de comunicarme con las personas.

Y sonreí.

Me levanté de la silla, cogí aquel pedacito de carbón que dormía y lo coloqué en el interior de uno de los cajones del mismo escritorio, en una diminuta bolsita de lino. Lo cerré, y comencé a bailar: primero en el suelo, después sobre en la cama hasta que tras un crujido extraño hizo que volviera a transportar la pista de baile otra vez al suelo. Allí, entre mis movimientos sin ritmo pero llenos de energía, se encontraba un estudiante que se creía todo un dios.


Última edición por Igor el Jue Ago 15, 2019 12:04 am, editado 2 veces
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Nea Kiritake
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Re: Habitación del mudopor Nea Kiritake, el Miér Ago 14, 2019 11:57 pm
Encantamiento, encantador~

Una ristra de pergaminos y hojas de papel se extienden por el escritorio de Nea detallando múltiples ángulos y superficies de una botica, un lugar místico repleto de estantes con numerosos libros, encantamientos entre otros productos varios. Cada uno representado en un símbolo diferencial, la pluma y la tinta de la muchacha se desplazan veloces como el pincel de un pintor ornamentando su cuadro hasta el más mínimo detalle.

Más arriba del escritorio en un pequeño cajón entre abierto, descansa una carta abierta que indica una dirección en la Cueva Oscura, adjuntada a una especie de factura hecha a mano sin ninguna clase de firma oficial, más bien parecía como si hubiese estado practicando matemáticas sin mucho sentido durante uno de sus ratos libres. En efecto, se trataban de simples cálculos que Nea había hecho basándose en un precio de alquiler, que de momento estaba lejana de permitirse pagar.

Cuando ocurrirá? -Ako preguntaba curiosa desde la cama hacia la única persona capaz de escucharla.
Cuando la oscuridad acoja en su seno a mi futuro poder... -respondió melancólica- La luz no guarda los secretos de simples plebeyas que no se postran ni rinden respeto a una Diosa que los mortales no conocen en persona. Solo conseguiría el 'Don' de la discriminación por parte de todos ellos. En cambio, este lugar...

Echa un leve vistazo a través de su ventanal. Deja la pluma sobre el tintero y se levanta parsimoniosa con las manos sobre el regazo de su túnica negra, acercándose a contemplar las vistas y dando pequeños pasos por la habitación.

El Dios me acoge, la oscuridad me ofrece más que un pequeño hogar. No existe Inquisición que desee raptarme por mis dones. Aquí estamos... Seguras? -se mostraba dudosa más que nada por el comportamiento de algunos de los residentes- Sabremos tratar con ellos, o viviremos donde no podamos ser rechazadas. "Oh, oscuridad. Acoge este pequeño siervo de la naturaleza y dótale de tu belleza..."

Mientras recitaba estas palabras, levanta la mano y extiende los dedos sobre los pétalos de una de las pocas rosas capaces de crecer y vivir en un lugar como este, sin rayos de sol aparentes ni tierra especialmente fértil, que de pronto empiezan a colorearse de una profunda negrura sin perder el tacto. No era ninguna clase de hechizo necrótico que pudriese la planta, simplemente aparentaba otro color más oscuro, más bello a ojos de esta dama.

Algo mas debe tener la oscuridad para que me sienta tan atraída por ella. A esto se refieren los humanos conque cada persona debe buscar su camino? Su afinidad? Su destino? Es extraño. -se lleva las manos a la espalda unos instantes, mira al techo sonriente de confianza- Creo que estoy empezando a guiarme por mi propio camino entonces.



(. . .)



Con el tiempo, había vuelto a su escritorio a terminar unas ultimas pinceladas de su obra, guardando los folios en su sitio y enrollando los pergaminos dentro de otro cajón adyacente. Descansa sobre la cama en un pequeño estiramiento y abandona la habitación cerrando la puerta, buscando estirar esta vez las piernas. Caminando por el pasillo, primero de todo, se acerca a la puerta de la habitación del llamado Rigg, aquel a quien ofreció una piedra lunar falsa. A pesar de tocar a la puerta y escuchar un breve ratito, no escucho respuesta alguna.

Entonces se guio hasta la habitación de su compañero el mudo, escuchando el ruido de la madera crujir y el colchón resentirse una y otra vez bajo un peso pesado y contundente. Nea no era tonta pero si demasiado inocente en apariencia para pensar en una posible evidencia entre 'adultos' que allí dentro estuviera ocurriendo, aun así, toco a la puerta esperando una respuesta.

Detecto euforia, felicidad, alegría... -se le había quedado mirando un pelín curiosa desde la puerta observando su reacción, en esas se toma el hombro un poco torpe- Como... como lo habías hecho el otro día para hablarme si no tienes...? No conozco ningún lenguaje mudo, en el caso de que exista algo así.
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Re: Habitación del mudopor Igor, el Jue Ago 15, 2019 5:33 pm
Si Nea había llamado a la puerta, yo me encontraba tan absorto en mis pensamientos y en mi baile como para oírlo. Así que cuando escuché una voz a mis espaldas, que bien no evitó que me sobresaltara y me girara con vergüenza, pues acababa de ser pillado infraganti bailando y dado mi poca habilidad para mover los pies y agitar los brazos, no me sentía muy cómodo que me vieran hacerlo. Motivo por el cuál paré de danzar y miré a la pelirroja, a la cara, pero evitando mirarla directamente a los ojos: los esquivaba, como cuando te pillan mintiendo o haciendo algo que no deberías.

Espera. Se llamaba Nea, ¿verdad? No estaba del todo seguro, pues solo habíamos hablado una vez. Sea como fuere, y fuera como fue, me preguntó, no antes de dejar claro que notaba euforia, felicidad y alegría en el ambiente —frase que hizo sonrojarme un poco —, sobre cómo pude hablarle el otro día siendo un total deslenguado, alegando que no conocía ningún «lenguaje» mudo.

Bueno, estuve leyendo sobre el tema y aunque ni exista ningún idioma para gente sorda, o muda como yo —que yo haya podido averiguar —, soy fervientemente defensor de que en el caso de que existiera, debería llamarse «lengua» o «idioma», no «lenguaje», ya que estaríamos subordinando el idioma para mudos a un idioma local basado en unos determinados códigos lingüísticos (ya que el lenguaje es el uso individual que le damos a un idioma), ya que de existir, éste debería basarse en signos y en formas manuales para que fuese un idioma práctico, y cada signo debiera tener significado propio: si cada gesto con la mano implicase o significase una letra, ya podríamos hablar en términos de lenguaje —pero sería un lenguaje muy poco eficaz, ya que se tardaría muchísimo en decir las cosas y en entenderlas, siendo casi imposible poder enunciar un discurso completo a través de este mecanismo gesto-silábico —. O bueno, al menos esto es lo que pienso actualmente. Quizás algún día cambie de parecer.

Pero que vamos, tampoco me parece coherente indignarme por esto. A veces soy un poco puntilloso, me temo que hasta que no vuelva a ser parlante, orante y un montón de cosas que terminen en -ante y tengan que ver con la capacidad de hablar, pienso ser un puntilloso —aunque en secreto —.

Me saqué el anillo de madera del dedo y se lo ofrecí, señalando al anillo y después a su mano. Tengo suerte, y mis manos son poco masculinas: mis dedos son finos y delicados, al menos en comparación con la mayoría de mis congéneres hombres. Aquella artesanal sortija, fabricada por mí, la había hecho exactamente a mi medida. Totalmente a mi medida. Recalco, por si no había quedado claro: a mi medida.

Así que, aquel anillo, que descansaba inerte sobre la palma de mi mano, seguro que le cabía en alguno de sus dedos. Aunque tampoco era importante: solo con el simple hecho de que lo tocara...

A ver, me imagino que, si sois un poco espabilados, os podéis imaginar que hacía aquel cachivache y qué ocurriría a continuación. Y bueno, era una solución poco elaborada a un problema mucho mayor: no arreglaba en sí mi pequeño gran problema comunicativo, pero si me facilitaba las cosas, al menos de momento. Lo que sí que tenía claro es que necesitaba encontrar alternativas mejores a aquel anillo de madera oscura, pulido, barnizado, redondo, altamente encantado, tremendamente encantador.

Agité la mano que sostenía el anillo, impaciente. Si tenía que volver a tocar su hombro para poder comunicarme con ella, aquella escena iba a perder todo su encanto.
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Re: Habitación del mudopor Nea Kiritake, el Jue Ago 15, 2019 6:08 pm
La mirada de Nea seria todo un poema de no ser por su increíble pasividad, era fría como un tempano según las palabras de Ventus si este hubiese tenido la oportunidad de caracterizarla. Ya no solo por sus bailecitos que eran lo de menos, sino por la reacción de Igor al descubrirla. Demasiada poca concentración tendría este muchacho para no darse cuenta de su llegada aun llamando a la puerta, eso es lo que ella principalmente pensaba al verlo.

Avanza un par de pasos después de cerrar la puerta.

Mantuvo su liviana curiosidad mirando el anillo de madera que extrajo del dedo, situando lentamente y con la finura propia de una dama la palma de su mano por debajo hasta que lo dejara caer sobre su fina piel. Ciertamente la constitución y grosor de sus dedos no era en exceso las propias que cabria esperar de un hombre más fornido. Al colocarlo en su dedo corazón, el más ancho de todos descontando el pulgar por lo general, empezaría a oír aquella misma voz que escucho en el aula de pociones.

Así que este es tu secreto. Tu única vía para poder hablar. -dice un poco convencida de que esa era su única forma, pese a que es la primera vez que veía algo similar- Pero la ultima vez me tocaste al hombro, en esa misma mano llevabas este anillo?

Desvía por un momento la cabeza asimilando la información, rizándose unos pocos pelos del cabello con el dedo índice.

Necesitaba desviarme unas horas de un pequeño proyecto que estoy llevando a cabo, por eso vine aquí. Rigg no responde desde hace semanas. Ventus... bueno... y no conozco a nadie más.

En sus palabras se denota una cierta pizca de ternura conforme termina de hablar. Mantiene la mano donde tiene engarzado el anillo con los dedos hacia arriba para evitar que se le caiga, mientras empieza a darle pequeñas vueltas sobre el dedo.
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Re: Habitación del mudopor Igor, el Lun Ago 19, 2019 2:17 pm
Ah, vale, vale —le respondí con en el pensamiento respecto a la cuestión del tiempo de descanso que se estaba tomando del proyecto. Quizás mi respuesta fuera algo seca, pero sentía la necesidad de dejar claro lo anterior, pues nunca me ha gustado que las personas tengan ideas equivocadas sobre las cosas.

No era complicado comunicarse de aquella manera, pero si podía resultar ciertamente agobiante: el miedo a transmitir un pensamiento que querías mantener para ti era constante, así que me encontraba en una tensión también constante, como cuando te sumerges en el agua y tienes que guardar la respiración. En verdad, tenía el control y la destreza suficiente para que aquello no ocurriese, para no ahogarme, pero uno nunca sabe.

Cuando Nea se puso el anillo, que le quedaba todavía algo grande, no pude evitar pensar que aquel día estaba especialmente hermosa. Aquello no salió de mi mente, ni le llegó a la suya, porque logré contener el aliento, pero me dio mucha vergüenza pensar que quizás, en otras circunstancias, ese pequeño pensamiento furtivo podría haber sido escuchado. ¡Es tan fácil callar los secretos de la boca, pero qué complejos resultan los de la mente! Van y vienen, se alojan en el centro de uno, comienzan a hacer ruido. Aunque bueno, siempre acaban desapareciendo, pero siempre está aquel quien los acaba sufriendo. Sí, Nea me parecía guapa, pero no porque la deseara a ella o a su cuerpo: simplemente, se me antojaba de aquella manera. Yo es que sé apreciar la belleza de las cosas. La mesa del escritorio también se me antojaba bonita, por ejemplo. La idea que tenía del mundo exterior, también.

Pero lo importante, quitando cualquier reflexión de por medio, son los modales. Así cogí la única silla que tenía y la coloqué al frente de la cama, a varios centímetros de distancia para que cada uno pudiera tener su propio espacio y no invadir el del otro. Sostengo la idea de que como la mayoría de los hombres son imbéciles, hay que tratar con mucho respeto a las mujeres.

Siéntate, por favor —proyecté en su mente mientras me sentaba en la cama con cuidado y señalaba al asiento de cuatro patas, más duro, pero con un tentador respaldo. Para qué me digan que a veces no soy cortés. Tomé aire, ordené mis pensamientos, y comencé con la retahíla teórica.

» Pues la verdad es que el anillo lo debí de fabricar hace 3 o 4 días, así que cómo habrás podido deducir, no lo llevaba puesto —sonreí maliciosamente, aunque sin malas intenciones —. Me he basado todo este tiempo en dos hechizos del Libro de la tierra, el de escuchar la voz de los animales y el de comunicarse con plantas y animales, permitiéndome que, si toco a una persona, pueda comunicarme con ella a través de mis propios pensamientos y proyectándolos a consciencia en la mente de la otra persona. Y bueno, no sé. Quizás parezca fácil, pero a mí me costó su tiempo llegar a poder hacer algo así. De hecho, cuando hablé contigo, todavía no lo controlaba muy bien.

Me estiré un poco, moví los hombros para relajarlos, me senté más atrás de la cama y me senté con las piernas cruzadas y apoyando los brazos sobre el colchón, para guardar el equilibrio. Expulsé el aire que me quedaba, y lo recogí. Ordené mis ideas. La miré a los ojos.

El anillo es solo un cachivache que me permite no tener que tocar directamente a la otra persona. Tiene mi esencia, así que cuando lo sostienes, aunque pueda sonar un poco raro, es como si una parte de mí te estuviese tocando. Pero por extraño que suene, no es recíproco: yo te estoy tocando a ti, pero tú no me tocas. Yo puedo enviarte mis pensamientos, tú tendrías que tocarme o hacer un anillo parecido, o encontrar un hechizo más práctico —hice una pequeña pausa, repasando qué cosas había dicho, para ver si me había dejado algo importante. Ah, sí —. Ah, sí. Si estamos lejos el uno del otro, no sé exactamente cuánto ni que factores puedan influir, no funcionaría —expresé, algo taciturno —. ¿Alguna duda?

Esperaba que no preguntase por aquello de que “tenía mi esencia”, porque no tenía ganas de decirle que aquello que tenía en mi mano, le había aplicado un barniz que tenía… bueno, algo de mi sangre. Que, si nos ponemos serios y mágicos, tampoco es que ocurriese nada, pero entiendo que pueda ser un tema algo escatológico y que a la gente le dé cosa. Así que pensé que, quizás, cambiar de tema sería lo mejor.

¡Ah, por cierto! —expresé, tratando de cortarla —. ¿Qué tal con el profesor gilipollas de la otra noche? Yo es que me fui porque me estaba dando muchísima pereza seguir escuchando sus soplapolleces. De verdad, qué maleducado fue —Suspiré, cerrando los ojos. Los abrí —. Mucha magia negra pero pocos modales —añadí, acompañando mi sentencia con un movimiento de izquierda a derecha de mi cabeza, negando su humanidad con cierta altanería.

Luego le preguntaría por su proyecto, pero me interesaba más el drama.
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