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Aquel día tenia ganas de hacer algo interesante, y a parte, también tenia ganas de satisfacer al Dios, y que mejor manera de hacerlo, que dirigirme a una escuela de magia que honre a La Diosa, y hacerles algo que jamas olviden.

Jamas olvidaría el día que incendie la biblioteca del Bosque Dorado, uno de los mejores momentos de mi vida sin duda, y la verdad es que después de todo ese tiempo volvía a tener ganas de hacer algo grande.

Me dirigía hacia La Torre del Valle de los Lobos, volando sobre un hermoso Garua de plumaje rojo, el viento azotaba mi cabellera roja, moviéndola hacia a tras con gran fuerza, tenia la impresión de que aquella tarde seria muy divertida.

Poco a poco observe una gran torre en mitad del valle, era la primera vez que la veía en persona, aunque no negaría que no había escuchado hablar sobre ella a otros magos. Al final lleguemos hasta la Torre, y el Garua aflojo el ritmo del vuelo, y dimos varias vueltas volando al rededor de la torre, para observarlo todo.

Al final decidí entrar por las almenas, probablemente como el resto de escuelas, tendría alguna especie de hechizo defensivo, hice que el Pájaro Garua parase junto al borde de las almenas, me quede observando un momento, antes de pronunciar algunas palabras arcanas, con el objetivo de evitar que el hechizo defensivo no me estorbase mas de la cuenta, después de eso, salte del pájaro y me puse en las almenas, tras ello, dirigí al Garua a su plano.

Me adentre en la Torre, y comencé a bajar, pasillo por pasillo, escaleras por escaleras, al parecer había pocos maestros, pues no me cruce con ninguno, sin embargo si que había alumnos, que se quedaban extrañados al verme. Llegue al segundo piso, sin ni siquiera preocuparme en ocultarme de nada ni de nadie, en el segundo piso, había una puerta en la que ponía "La Biblioteca".

Con una sonrisa en los labios, habri la puerta y me adentre en ella, era una sala grande, plagada de libros y libros por todos lados, todos ellos esperando a que yo llegara, impacientes por que mis llamas los abrasasen, y yo por mi parte estaba impaciente por abrasarlos.

Había algunos alumnos en la biblioteca que estaban leyendo libros como los condenados rezan a sus dioses.

Pronuncie varias runas, y básicamente toqué varios libros y estos comenzaros a arder al instante, el fuego comenzó a expandirse por toda las estantería y seguidamente yo comencé a lanzar esferas de fuego a toda la biblioteca, que de un momento a otro paso de ser una sitio tranquilo, al mismísimo infierno.

Las llamas crecían de forma bestial, arrasando todos los libros, las mesas, las estanterías, las llamas se hacían gigantescas, y el pánico aumentaba entre los alumnos que estaban en la sala. yo mientras observaba el espectáculo orgullosamente.


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Señor de los lobos (humano)
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Se escuchó mi voz entre los gritos de los alumnos y el crepitar de las llamas, que ardían y ardían, indomables. Mi voz irrumpió en la sala como el tronar de mil relámpagos, claramente un poco exagerado, pero similar a eso.

fedLindurAshMàmMàmAshEwë fedUvGajaIakTót
NänIakHirùlIakLindur MàmAshLindurUvSasel ChahlAshUvSaselAshTótEwë

Las llamas comenzaron a extinguirse a una velocidad vertiginosa, lo bastante rápida para minimizar los ya mínimamente considerables daños que las llamas causaron. Pronto, en cuestión de segundos, de las llamas surgieron ascuas, y de las ascuas surgieron cenizas inertes y frías, vestigio de letras y saber perdido, que, realmente, podría ser recuperado con relativa facilidad.

Aún así, no apreciaba intrusos en la Escuela, y menos aquellos que eran vasallos del Dios, y peor aún, nigromantes.

Reconozco que, aunque sabía que existían más nigromantes, para mi, el único nigromante que existía era Amelia Lackless, la Reina Egoísta, la única con la que tuve el placer de compartir encontronazos considerablemente emocionantes, y me refiero a aquellos que acababan enredando hechizos y chocando espadas.

El humo se disipó con bastante rapidez, y pude fijarme en quién era el señor nigromante contra el cual me enfrentaba. Era de etnia élfica, y sus cabellos rojos como la sangre brillaban con la luz de las antorchas...y las pocas ascuas que quedaban de los libros quemados. Un tatuaje decoraba su pómulo izquierdo, dibujado con un color rojizo.

Aquel individuo, sorprendentemente, no me inspiraba nada de confianza, y menos aún con sus acciones. Diría yo que no era la mejor manera de presentarse, pero al menos dejó claras sus intenciones.

Desenfundé mi espada, colgada de mi espalda, brillando su filo del color de la plata ante la luz de las antorchas y las ascuas. La sujeté con una mano, mientras que la otra, libre, comenzaba a ser rodeada por energías mágicas. ¿Qué hechizo preparaba en mi mente? ¿Magia gélida, acuática, aérea o telúrica? Ígnea no, obviamente, pues no tenía intención de convertir este incidente en la quema de la Torre.

Intenté comunicarme mentalmente con Narshel: «Te agradecería que te pasases por la biblioteca. Hay algo que no te va a gustar demasiado... Avisa también a Michelle, si puedes...»

Alcé mi mano hacia el nigromante, dispuesto a lanzar un conjuro, a sabiendas de que sin duda lo evitaría, se defendería, o cualquier cosa. También veríamos si era tan eficaz luchando cuerpo a cuerpo, o si era un cobarde como todos los demás magos del mal contra los cuales me enfrenté.

Con un movimiento de muñeca, de mi mano salió un brillo cegador, y en el mismo instante, una larga lanza helada salió disparada de la palma. Esperaba que, al menos, el destello me permitiese atacarle en su confusión, aunque sabía que la lanza no llegaría a su objetivo. Entonces, por ese mismo momento, me lancé hacia él, enarbolando la espada, y lanzanando un corte horizontal.

Se teletransportaría.

¿Es que uno no puede tener un día tranquilo de vez en cuando?

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Y como no podía ser de otra forma, apareció un molesto mago, que no tubo nada mejor que hacer que apagar mi fuego, y por si no fuera poco se dedico ha atacarme, primero esa luz, la cual conseguí que no me afectara a la visión, colocando mis brazos delante de mi cara, y después vi una lanza de hielo que venia hacia mi, un ataque bastante inútil para mi.

Antes de que la lanza llegara a mi, invoque una barrera de fuego a mi alrededor, al gran temperatura, y la lanza se deshizo al pasar por el fuego, seguidamente vi como el mago se acercaba ha mi con una espada, dispuesto ha atacarme con ella, y antes de que pudiese acercarse ha mi mas de la cuenta, me teletransporte unos 4 metros de tras de el.

- Buenas tardes, caballero - Dije formalmente - No se si vos se habrá dado cuenta, pero ha la gente no les gusta que se les moleste mientras están haciendo algo que les gusta, es de mala educación-

Después de eso, realice un hechizo que volvió a avivar el fuego, de todos los sitios donde anteriormente lo hubo, y la biblioteca volvió a prenderse en llamas.

Seguidamente, salí de la biblioteca por la puerta, caminando rápido, y comencé ha lanzar esferas de fuego y llamaradas por todos lados, de manera que los pasillos y las escaleras comenzaros a arder. Comencé ha pasearme por toda La Torre calcinando todo lo que se encontraba a mi paso, y tenia presente que aquel mago que había dejado en la biblioteca se podía estar dirigiendo de nuevo a mi, incluso acompañado por otros mas.

Ese juego comenzaba ha ponerse divertido.
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«Te agradecería que te pasases por la biblioteca. Hay algo que no te va a gustar demasiado... Avisa también a Michelle, si puedes...».

El mensaje de Crescent vino acompañado de un olor a quemado que llegaba hasta mi habitación. Sin dudar un segundo, me teletransporté y aparecí en la biblioteca, solo para contemplar, horrorizada, que el fuego carcomía las estanterías y los libros y se extendía por todas partes.

¡Por la Diosa! ¡¿Quién ha hecho esto?! —exclamé, pues, cuando yo llegué, tan solo vi a Crescent.

No me detuve un segundo más. Mi prioridad era apagar el fuego que ponía en peligro la vida de mis aprendices y el saber albergado en la biblioteca de la Torre. Lancé hechizos, hechizos que servían para apagar el fuego sin dañar los libros y, en pocos minutos, pude acabar con los focos de llamas de la biblioteca. No obstante, era evidente que la llama había sido creada por un mago poderoso, porque no era una llama normal.

Era la llama de un Mago Rojo.

Maldita sea...

Por si no hubiera sido suficiente la tensión a la que estuve sometida durante el falso juicio de Ekhleer, de pronto aparecía un Mago Rojo dispuesto a calcinar la escuela. Salí de la biblioteca y seguí apagando las llamas, porque empezaban a recorrer cada punto de la Torre.

Entonces lo vi. Era un elfo de cabellos largos y rojos, más rojos que el fuego. Y pude sentir, emergiendo de su figura, un aura oscura, de nigromante. Todos en el Concilio conocíamos el famoso incendio que calcinó la Escuela del Bosque Dorado y también recordábamos a su autor. En mi mente resonó solo un nombre: «Arthenos».

Ash Qóth Uv Ash Reve Hirùl Iak

Dos olas de agua aparecieron en el aire y se lanzaron sobre el nigromante con gran fuerza, sirviendo de ataque al mismo tiempo que apagaban el fuego.

¡Fuera de mi escuela! —exclamé, enfadada.


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.: La Señora de la Torre :.


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Vi a esa mujer acercarse, debía ser la señora de la escuela, la archimaga que por lo que conocía se llamaba Narshel, una de los tres señores de las tres "grandes" escuelas de magia que servían a La Diosa, y que seguían activas.

Estreche mi mirada mientras observaba como conjuraba dos grandes olas, y estas arremetían fuertemente contra mi, pero por suerte, un nigromante que se precie siempre lleva un hechizo defensivo preparado, y para eso, la oscuridad era muy útil. Tras susurrar algo rápidamente, una especie de burbuja oscura apareció a mi al rededor, bloqueando así el choque de aquellas olas, pero lo que me molestaba es que el agua había apagado el fuego de mi alrededor.

- ¿Crees que por decirme que me vaya me iré?... Veo que vuestra Diosa, os hace pensar que todo es muy sencillo-

Invoqué dos de mis espadas, que aparecieron una en cada uno de mis manos, al instante, eran dos preciosas espadas, muy afiladas y relucientes, en el mango poseían una serie de adornos, que representaban llamas, cada una a su al rededor tenían una especie de aura oscura que se hacia visible, ya que ambas estaban encantadas.

-No me marchare hasta que no quede satisfecho, y en vista de que tenéis ganas de pelea, ¡Pues peleemos !- Las ultimas palabras estaban cargadas de agresividad, y sin perder ni un segundo, me abalance sobre la archimaga dispuesto a ensartarla con mis espadas, hasta que la vida se le escapase.

Sin embargo estaba preparado para cualquier cosa, pues no me había olvidado de al otro mago que deje en la biblioteca, además de que estaba atacando a una archimaga, no era cualquier magucho.
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Narshel acudió a mi llamada cuando el mago rojo aquel, pirómano e incendiario y pirómano nuevamente, echó a correr, probablemente buscando esparcir más maldad y más llamas y más daños y, en generalmente, intentar arruinar el día a cualquier persona.

¿No estaba en sus cabales, aquel ser que portaba un halo nigromántico, que pretendía quemar una Torre de piedra, con magias y hechizos viejos en vez de mortero? Pero no tenía que desconfiar, eso lo sabía muy bien, pues hasta lo más imposible puede ocurrir. ¿Quién si no para decirlo que uno que fue arrancado de los brazos de la muerte y fue traído de vuelta a la vida?

Bueno, junto a Narshel, pronuncié conjuros y encantamientos para apaciguar las llamas e intentar que la próxima vez los libros no prendiesen fuego tan rápido, aunque sabía que era bastante inútil, debido a que ese señor rojo, con apenas mover un dedo, había incendiado una parte considerable de la biblioteca, aunque el daño real no fuese grande.

Narshel salió de la biblioteca cuan alma que lleva el diablo, extinguiendo las llamas que habían florecido en las escaleras y las paredes, y yo la seguía como, si se me permite la broma, un perro guardián. También apagaba las llamas que ella no había llegado a apaciguar completamente en su precipitada carrera hasta el pirómano vestido de nigromante.

La cosa es que cuando por fin lo encontraron, y tras una -si se me permite, no muy ingeniosa- burla contra ella y contra la Diosa, Narshel acabó invocando dos olas para apaciguar las llamas y apaciguar los ánimos flamígeros de aquel señor al cual le gustaba prender fuego a las cosas. Como no, se defendió, y yo alcé una barrera para que el agua pasase por nuestros alrededores y no nos mojase, pues podría aprovecharlo con algún hechizo eléctrico, y eso no era nada positivo.

Y entonces lo vi: Conjuró dos espadas que relucían con un brillo oscuro, demostrando un encantamiento. Apenas lo dudé, a decir verdad. Desenvainé la espada bastarda que portaba, forjada por los enanos bajo las montañas del Førstgard, es decir, resistente sin necesitar encantamientos.

Interpuse mi espada entre las dos suyas, y el choque de los aceros desprendió un ruido metálico que a mis oídos me resultó entre placentero y melancólico de tantas veces que choqué aceros con amigos en práctica y con enemigos, siendo en esos casos el premio de consolación la muerte.

Sin perder el menor de los instantes, coloqué mi otra mano, cubierta por un guantelete, sobre el filo, y empujé a aquel hombre con sus dos espadas, mientras murmuraba un pequeño hechizo para hacer de aquel un empuje seguro y fuerte que haría que, al menos, perdiese el equilibrio, si no directamente que se cayese y acabase con la ofensiva actual, antes de que se pusiera a enhebrar hechizos y entrelazarlos como bien hacían aquellos de altos rangos mágicos.



Última edición por Crescent fon Wolfkrone el Vie Mayo 10, 2013 10:07 pm, editado 1 vez
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El nigromante se defendió rápidamente de mi primer ataque y conjuró dos espadas, que acompañaron sus palabras provocadoras. Crescent llegó enseguida y también desenfundó su espada. Su presencia era un alivio para mí, porque, si éramos superiores en número, contaríamos con ventaja. Mientras estuviéramos dentro de mi escuela, cualquier medio sería bueno para expulsar al intruso.

Como quieras, nigromante, pero esta es mi escuela y tienes todas las de perder —dije.

Crescent se interpuso entre él y yo y paró su ataque, lo que me dio tiempo para idear una nueva ofensiva. Estábamos en el pasillo de la segunda planta y teníamos que impedir que se desplazara a otro lugar y lo perdiéramos de vista o que atacara a alguno de los aprendices.

Por lo tanto, musité unas palabras arcanas y unos barrotes de hierro frío emergieron del suelo, rodeando a Arthenos. Era una barrera resistente, pero, dado el poder de nuestro enemigo, debía actuar rápido antes de que desbaratara mi hechizo. Sabía que era un Mago Rojo, así que todos nuestros ataques debían centrarse en el agua y en el hielo, que eran sus opuestos naturales.

La temperatura de la improvisada jaula descendió y pronto la cubrí de hielo.

Ewë Sasel Tót Ash Chahl Ash

Mi siguiente hechizo hizo que varias estacas de hierro y hielo brotaran desde los barrotes de la jaula hacia el nigromante.

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Nada mas ver que comenzaba a quedarme encerrado, comencé a conjurar un potente hechizo de fuego, con el cual podría invocar fuego a unas temperaturas altísimas, que podrían fundir metales y derretir sumamente el hielo. Ni el hierro ni el hielo podrían parar a un Mago Rojo. Pero yo tendría en cuenta en todo momento que ellos estaban en superioridad numérica, y el molesto tipo que bloqueó mi ataque, tenia pinta de ser un guerrero fuerte y experimentado, cosa que no me gustaba ni un pelo y me agradaba menos aun.

Pronto, me quedé encerrado en esa especie de jaula que pronto pasó a helarse, y yo pasé a la invocación de mis potentes llamas.

Màm Ash Xén Iak Màm Ash Tót Ewë Màm Pùther Ewë Reve Ash Tót Uv Reve Ash Iak Gaja Nän Ewë Ash

De pronto del alrededor de mi cuerpo comenzó a surgir fuego que iba hacia el exterior de la jaula, y cuando las estacas de hielo y hierro se dirigían a por mi fueron reducidas, no hacía falta mucha temperatura para derretir el hielo, y en cuanto al metal, con unos 1500 grados mas o menos era suficiente, y mi fuego alcanzaba los 3000 grados que era una de las temperaturas mas altas que el fuego podía alcanzar, al ver todo el fuego saliendo hacia afuera como una explosión, no pude evitar cerrar los ojos, ya que la temperatura tan alta podría quemarme la visión desde tan cerca, sin embargo mi piel si sufrió en cierto modo, era la consecuencia mas grave que podía traerme ese tipo de hechizos, por eso mi ropa fue medio calcinada y mi cuerpo se llenó de quemaduras superficiales, la jaula fue también destruida por completo y el fuego seguía avanzando a gran velocidad por todo mi alrededor, convirtiendo aquella planta en un autentico infierno, que tan solo con permanecer quieto con aquella temperatura, dolía.

Antes de que el fuego y el humo de mi al rededor desaparecieran por completo me telestransporte al otro extremo del pasillo, con la respiración agitada, necesitaba recuperarme. Pero no creía que hubieran podido esquivar el fuego por completo.
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Todo ocurrió en unos pocos segundos. Dejad que me explique:

Apenas había interpuesto mi espada contra las suyas cuando Narshel había conjurado unos barrotes de hielo frío para aprisionar al mago, y acto seguido, congeló la jaula y la cubrió de hielo y posteriormente hizo que del suelo brotasen estacas de hielo, reforzando aún más las defensas contra el mago rojo.

No acabaría ahí. Era demasiado fácil que acabase ahí.

Ahora de lo que no estoy seguro es que si fue suerte lo que impulsó mis movimientos, o fue un mal augurio. Quizá, pese a tanto hielo y hierro, habría escuchado como murmuraba unas palabras arcanas que no me provocaban confianza. Quizá eran mis instintos que me llenaban la cabeza de gritos rogándome que me alejase de ahí.

O, simplemente, inspiración divina.

Como si de pronto hubiese recibido una visión, o las musas se hubiesen apoderado de mi, solté mi mandoble, y antes de que hubiese tocado el suelo había tomado a Narshel por la cintura, y lo reconozco, no es lo más apropiado, y di media vuelta y eché a correr.

Pero entonces ya había ocurrido: El hierro se fundió y el hielo estalló en mil pedazos. Ese lugar podría haber sido nuestra tumba, lo reconozco, pero pronuncié un hechizo in extremis: Un hechizo arriesgado, un juego de dados con el destino o de ajedrez con la muerte.

ZynAshLindurDòhReveIakZynEwëSasel

Se alzó un mulo de llamas a mi espalda y este muro derritió los pedazos de hielo -al menos, aquellos menores- se derritieron al contacto con las llamas, y los mayores vieron su tamaño tan reducido que apenas eran amenazas.

Pero lo peor estaba aún por llegar: De pronto, las llamas, famélicas y voraces y hambrientas de carne y sangre, se abalanzaron hacia nosotros, como impulsadas por la explosión que provocó el Rojo, aunque estaba bastante seguro que su explosión era flamígera también, por lo que todo era peor.

Desesperado, realicé el pase mágico del teletransporte. Pasó un segundo. Pasó otro. Sentí las llamas envolviendo mi brazo izquierdo, sentí su roce en mi espalda y mi cabeza y mis piernas. Me escuché a mi mismo soltando un alarido de dolor, y, posteriormente, me escuché maldiciendo a la señora que trajo al mundo a tal vil personaje.

Y luego sentí un golpe en el hombro y la rugosa textura y el frío tacto de la piedra. Intenté incorporarme, jadeante, por mucho que mi brazo me causase una agonía singular. Pero no os equivoquéis: Si no fuese por la armadura de cuero endurecido que portaba, la cosa habría sido peor. Y habría sido peor aún portar la armadura de metal, pues este se habría derretido y se habría adherido a mi carne. Y eso habría sido, cuanto menos, un dolor tan intenso que pediría a gritos que me arrancasen el brazo de cuajo.

Pero, dos pisos por encima de su localización, habíamos encontrado un refugio temporal contra las llamas, aunque no pasaríamos en aquel lugar más que un minuto, probablemente.

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Que Arthenos supiera desbaratar mi hechizo y contraatacar con más fuerza era de esperar. Así lo hizo y su fuego devoró mi jaula de hierro y hielo y, de nuevo, aquellas llamas volvieron a extenderse por la Torre, por mi escuela; estaban en todos lados, en el suelo, en las paredes... y en mi carne.

No pude evitar soltar una exclamación ahogada cuando el fuego se aproximó a mí e hizo arder los bordes de mi túnica. Noté el calor enseguida y me quemé las piernas. El dolor era intenso. Muy intenso. Pero estaba tan agitada y tan furiosa que lo único que me preocupaba era acabar con aquello.

Crescent reaccionó antes de que yo lo hiciera y nos teletransportó a la cuarta planta. Incluso hasta allí llegaba el olor a madera quemada.

Entonces, cuando tuvimos unos segundos de descanso, fui consciente del dolor y grité. Lo primero que hice fue aplicarme un hechizo rápido para aliviar el dolor de las quemaduras y luego, aún con los ojos húmedos, me volví hacia mi antiguo alumno, para comprobar que estuviera bien.

¿Estás herido? —le pregunté, rápida—. Maldita sea, no podemos perder un segundo más. ¡Vamos!

Respiré hondo y me teletransporté, de nuevo, a la segunda planta. Tuve que conjurar, otra vez, hechizos de agua para apagar el fuego, que no se apagó del todo porque no podía gastar ni tiempo ni energía en esa tarea. «Al menos no se extenderá», pensé.

Tenía que actuar. Pude avistar el pelo rojo de Arthenos al final del pasillo. No parecía dispuesto a rendirse. Decidí entonces adoptar una estrategia distinta, aunque no sabía si surtiría algún efecto.

Sasel Oblêv Màm Nän Iak Sasel

Era un conjuro de sueño rudimentario, porque mis conocimientos sobre ese tipo de hechizos eran limitados, pero podría servirme para ralentizar un poco sus movimientos. Lógicamente, teniendo como oponente a un nigromante no podía limitarme a hacer aquello, así que volví a tomar la ofensiva.

Junté las manos y empecé a conjurar una bola de energía. Pronuncié unas palabras mágicas y dicha energía comenzó a teñirse de magia de la tierra, que era la especialidad de mi escuela. Entonces abrí las palmas de las manos y emergió tierra de ellas, tierra aparentemente inofensiva que se arrastré con un hechizo de viento hacia mi enemigo. Pero cada piedrecilla de aquel montón de tierra era especial y, cuando estuvo cerca de Arthenos, exclamé:

Ewë Xén Pùther Lindur Oblêv

Las piedras estallaron y lanzaron rayos eléctricos en todas direcciones. Tuve que levantar una barrera improvisada para defenderme de ellos y esto me supuso un gasto añadido de energía, por lo que esperaba que Crescent actuara rápido para ganar un poco más de tiempo y recuperarme.

Jadeé, cansada, y esperé.

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Entre las llamas, mis dos adversarios desaparecieron, mi ataque no los mataría, pero estaba seguro que habían probado un poco de mi fuego en su piel. Aproveché el momento en el que se ausentaron, para descansar un poco, y esperarles.

El calor en el ambiente, y la imagen de las llamas, me traían a la mente el oscuro recuerdo del incendio de la Escuela del Sol Poniente, donde yo mismo acabe muerto y abrasado en el fuego, pero al mismo tiempo me traía el mismo dulce sabor que probé cuando incendié la Escuela del Bosque Dorado, y mientras lo observaba todo no pude evitar soltar varias carcajadas secas, aun sabiendo que ahora lo que importaba era terminar lo que había empezado, de una manera y otra lo haría, pero antes tendría que quitarme de encima ese molesto dúo, que no tardaría en aparecer nuevamente por allí.

En el poco tiempo que estuvieron ausentes, supe que tendría que prepararme para un ataque sorpresa o cualquier otra cosa, pues esta era su escuela y lo conocían todo mucho mejor que yo, que era la primera vez que la pisaba, pero no dejaría que eso fuera una ventaja para ellos. Es por ellos que comencé a conjurar una barrera mágica, pero lo malo fue que antes de que la acabase aparecieron y alguno me hizo algún tipo de conjuro adormecedor o algo por el estilo, que si bien no llegó a  hacerme entrar en sueño, si que me aturdió y ralentizó la invocación de mi barrera, que aunque no fuese nada del otro mundo no me había dado tiempo aun de terminar las palabras arcanas de esta.

Después la señora de La Torre, me lazó algo que no parecían mas que simple tierra y piedra, pero sin embargo estas, como era de esperar albergaban magia, y de cada piedra, surgieron rayos en todas las direcciones. He de reconocer que aunque me esperaba algún tipo de hechizo ofensivo, no precisamente electricidad lo que me esperaba, y justo antes de que mi barrera apareciera, un rayo se dirigió a mi, y noté como me interceptaba el brazo, mientras yo apretaba los dientes por el dolor, y luchaba para mantener mi barrera para protegerme de los demás ataques eléctricos.

Tenia que salir de esa situación cuanto antes, pero entre el hechizo a adormecedor, el rayo que me dio en el brazo y la tarea de mantener a salvo de los rayos, lo único que pude hacer fue teletransportarme pesadamente a las almenas donde anteriormente había estado. Allí, me aplique un hechizo curativo en el brazo, y utilicé otro para volver a espabilarme completamente de los efectos del conjuro adormecedor.

-Grrrrrr, ¡Tengo que volver ahí abajo cuanto antes!- Medio-grité, mientras pensaba.

Empecé a invocar un Elemental Supernova, con una media sonrisa en la cara.

 
Khu Ash Màm Iak Khu Ash Zyn Ewë 


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Aburrido de esperar empiezo a dar vueltas en círculos por encima de las llamas que se cernían sobre el valle.
Un destello capta mi atención, parece tratarse de un poderoso hechizo y viene de la torre, sin pensármelo dos veces vomíto una llamarada más y me encamino hacia la torre.

No tarde casi nada en llegar, sobre volé la torre y entonces vi un hechicero en las almenas
- !Por fín¡ algo de diversión - Pensé
Me lanzé en picado sobre el hechizero, pero paré en seco al ver que no se trataba de ningún mago de la torre, más bien se trataba de un Nigromante, paré y aterricé sobre la azotea.
Era un hombre, joven, de pelo cobrizo como el fuego, y una gran aura de poder oscuro se cernía sobre él.
Me acerqué a él:
- Hola, ¿eres Nigromante verdad? - Le pregunté
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El dolor era agudo, intenso, pero había sufrido cosas peores a lo largo de mi vida.

Escuché la voz de Narshel mientras murmuraba un hechizo curativo, y decidí que sería mejor hacer lo mismo para aliviar el dolor, o, al menos, perder la percepción del mismo durante un tiempo, y así hacer que sea más fácil continuar con esta maldita lucha. ¿Por qué todo el santo mundo tiene algo en contra de la Torre? ¿No pueden irse al Bosque Dorado, o al Lago de la Luna?

Me incorporé lentamente, procurando recuperar mi equilibrio antes de desenvainar mi espada y decirme a mi mismo que tendríamos que acabar con esto cuanto antes.

Estoy herido— Le respondí a Narshel, ante su pregunta.— Pero he tenido peores.

Narshel le lanzó un hechizo, que identifiqué como un hechizo somnífero según su invocación. Sin detenerse a ver si hizo efecto, conjuró otro hechizo, que consistía en lanzarle a Arthenos roca y tierra. Dudaba yo de su eficacia, pero tras pronunciar Narshel unas cuantas runas mágicas, las rocas estallaron en una explosión de rayos mágicos, que viajaron desperdigados por el interior de la Torre. Narshel ya había alzado una barrera cuando yo iba a hacerlo, para protegernos de los rayos.

Y cuando la confusión se calmó, Arthenos ya no estaba en el lugar.

No fue necesario concentrarme demasiado para notar la inmensa energía mágica, par con la de Narshel, de Arthenos haciendo acto de presencia en las Almenas de la Torre. No iba a ir por la ruta directa, pues estaba bastante seguro de que eso era lo que esperaba.

Rápidamente, abrí (casi derribé, de hecho) la puerta de una habitación que tenía la suerte que estaba desocupada. Salté por la ventana, y tras pronunciar por enésima vez las runas mágicas del hechizo, dejé de caer en seco, y me elevé hacia donde supuestamente estaba Arthenos: En las almenas de la Torre.

Mientras ascendía, no pude evitar sentir el olor a humo, a carne y madera quemada. No me gustaban los olores que arrastraba el viento.

Y lo que vi tampoco me gustó. Un escupefuego, un pirómano y un elemental que en cualquier momento volaría por los aires.

«Narshel, están en las almenas. Digo "están" porque Arthenos tiene un compañero dragón. ¿Por qué no tenemos nosotros uno?» Le comuniqué, mentalmente.«Y el valle está ardiendo. Pero podemos ocuparnos de eso más tarde, ahora tenemos que echar al pirómano y al escupefuego.»

Susurré un hechizo antes de cometer un acto en un arrebato de furia. El hechizo aquel causaría que mi armadura fuese más dura aún de lo que era, pues con las ingentes espinas que cubrían la cola y parte del cuerpo del dragón tenía que andarme con cuidado.

Enarbolé mi espadas, y sin pensármelo más de dos veces, me abalanzé hacia Arthenos, mientras gritaba las runas de un hechizo.


JakEwëLindurMàmAshZynMàmOblêv


Comenzó mi piel, nada más tras pronunciar la runa Oldùr a brillar con un casi inquietante brillo azul, y pronto lo hizo mi propia armadura. Y pronto también se iluminó mi espada, al momento exacto de ejecutar el golpe, un corte horizontal (además de la carga), hacia Arthenos.

No dudaba de que tendría algo para repeler, protegerse de, o devolverme mi ataque. O que el dragón intentase ayudar a su dueño.


LindurIakBehvEwëReveOblêv


De mi cuerpo, armadura, y espadas, brotaron rayos blancos en varias direcciones. Confiaba en que alguno de esos rayos acertase, bien al dragón o bien a Arthenos, aunque confiaba en que ninguno de ellos golpease al elemental, pero teniendo en cuenta el tamaño del dragón no creo que eso fuese problema.

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El recién llegado actuó rápido, empezó ha brillar con una intensa luz azul y descargó un golpe sobre el Nigromante, no sin antes lanzar unos rayos en todas direcciones. Supuse que alguno me dió porque sentí un leve cosquilleo en una de las patas, pero no fue a más y no le dí importancia.
Sonreí y alzé el vuelo, me situé por la parte en que el Nigromante no me veía y cogí aire, el recién llegado podía verme y esperé que fuese lo suficientemente listo como para apartarse, agité las alas y vomité el fuego con toda la fuerza que había podido reunir. Este salió disparado hacia la azotea justo donde estaba situado el Nigromante.
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Desaparecieron todos, primero Arthenos para escapar de mi hechizo y luego Crescent para ir tras él. Poco después, sin apenas darme tiempo a reaccionar, escuché la voz de Crescent en mi mente, solo para comunicarme noticias que no me gustaron nada: Arthenos estaba en las almenas, el Valle ardía y, para colmo de males, contaba con un dragón. «¿Por qué no tenemos uno?», dijo él. Ni que fuera tan sencillo. Los dragones eran criaturas libres, y pocos se prestaban a servir a alguien.

No perdí más el tiempo. Murmuré las palabras del hechizo de teletransportación y reaparecí en una habitación del décimo piso. Corrí hacia la ventana y me asomé; desde allí podía ver perfectamente las almenas. Vi a Arthenos, con un elemental Supernova a su lado, y al dragón a su lado. Crescent se abalanzó sobre él y tuve que protegerme tras las paredes de la Torre cuando los rayos salieron disparados. Luego regresé a la ventana y vi que, para mi sorpresa, el dragón había alzado el vuelo y ahora atacaba a Arthenos. «¿En qué bando estará?», me pregunté. No lo podía saber. Quizás simplemente viajara por libre, quizás estaba dispuesto a atacarnos tanto a nosotros como al nigromante.

No sabía si lograría sobrevivir a aquello, pero lo que más me preocupaba era el elemental supernova. Estiré las manos y, rápidamente, murmuré unas palabras:

Dòh GajaDòhGaja

Una barrera se alzó en torno a la invocación, encerrándola. Puse todos mis esfuerzos en el terreno que cubría la barrera para transportarla desde allí, a distancia, y llevarla hasta otro punto. Pensé en uno de los numerosos lagos que había en la montaña y visualicé la zona, para dejar al elemental allí. Si explotaba, lo haría en el agua, aunque tal vez, al entrar en contacto con ella, se apagara de inmediato.

El nigromante estaba rodeado, éramos tres contra uno. O dos, porque no estaba muy segura de las intenciones del dragón. Por esa razón intenté contactar con la mente de la criatura: «No te haremos daño, pero, por favor, no toques la Torre», le dije. No serviría de mucho si realmente pertenecía al bando contrario, pero al menos lo había intentado.

No bajé a las almenas, pero seguí en la ventana, con los ojos fijos en la borrosa figura de Arthenos. Entre el fuego y el humo no podía distinguirlo bien, así que me mantuve alerta, preparada para atacar a cualquiera de los dos. Lo siguiente que hice fue concentrarme en las piedras de las almenas.

LindurEwëTótHirùl

Era un hechizo sencillo, Golpe de Tierra. Una porción de las paredes de las almenas se elevó y las lancé rápidamente hacia el nigromante. Con un poco de suerte, no las vería venir entre el humo.

Luego exhalé un suspiro, cansada pero aún en tensión. Las quemaduras seguían doliéndome y me preocupaba que Crescent o algún aprendiz al que pillaran desprevenido sufrieran algún daño importante. «Aléjate de las llamas, puede usarlas en tu contra», le advertí al guerrero.

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.: La Señora de la Torre :.


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Cuando estaba en proceso de invocar el supernova, noté que el valle también ardía, era curioso, pues yo no había soltado ni chispa, entre las espesas masas de arboles del valle y el bosque, ¿quien sería?. Una vez terminada la invocación,  vi una sombre que se acercaba, muy grande, y miré hacia arriba, y para mi gran sorpresa, era un dragón, lo observé, mientras pensaba que el era el que había incendiado el valle, era obvio.

El dragón me habló, y preguntó, pero justo antes de que pudiera hacer algo con la invocación o simplemente contestarle, apareció el maldito mago-guerrero, que llevaba interponiéndose junto con la archimaga todo el rato, nada mas verlo no pudo evitar soltar un gesto exagerado de desagrado. Rápidamente el guerrero se abalanzó sobre mi emitiendo un brillo azulado que no me gustaba ni un pelo, siempre preferí el color rojo al azul o cualquier otro, tal vez por eso no me gustaba, o puede que por que intuía que no era nada bueno para mi.

Entonces empuñe mis dos espadas, me puse en posición defensiva y mientras miraba fijamente como se acercaba pronuncie varias runas que serviría nada mas que para aumentar mi resistencia, pero no era mi especialidad ese tipo de hechizos y por ello, cuando llegó a mi y soltó el tajo con su espada, pude bloquearlo pero no pude evitar ser arrastrado y casi tumbado hacia a tras, por la fuerza de impulso que llevaba, me plateé contraatacar directamente, pero no me dio tiempo pues alguna especia de proyectiles del mismo color que el brillo de que había tomado el guerrero anteriormente volaban por ahí con la intención de interceptar a alguien, entonces levante una leve y básica barrera que sirvió para no ser interceptado.

Entonces fue cuando el dragón emprendió vuelto, y inesperadamente vomitó fuego por su boca con la intención probable de que yo muriese abrasado, pero el fuego era mi elemento, y de todas formas no me costaba nada esquivarlo, habían sido muchos años los que había dedicado al entrenamiento como para caer en algo así. Cuando me percaté el supernova ya no estaba en el lugar, y todo lo que estaba ocurriendo, me estaba empezando a cabrear de una buena manera, y lo cierto es que estaba pasando un buen rato, que era mas que nada a lo que había venido. Luego, una porción de las paredes de las almenas se elevaron y entre el humo y las llamas salieron directas hacia mi, yo no me fijé en ellas y aunque había comenzado a levitar, una parte de ella me interceptó en las espalda, pudiendo esquivar así el resto, y manteniendo el hechizo levitatorio para no caer al suelo, gruñí, por el golpe, y me retorcí un poco intentando estirar el cuello y la espalda, pues aunque no se notara había dolido bastante.

Aquello fue el colmo, apreté los dientes y estreché la mirada, mientras me preparaba para hacer un hechizo, antes de ello, arrojé las dos espadas al suelo, e invoqué un Martillo de Guerra a dos manos, lo suficientemente grande como para intimidar a la vez de ser imposible empuñarla a una mano, una de mis armas favoritas, si duda, y solo la invocaba para casos especiales o únicos, y creo que esta ocasión lo merecía.

Comencé a pronunciar palabras arcanas mientras sujetaba el martillo y lo apretaba con fuerza.

fed UvReveIakAshDòhEwëLindurfedUvEwëGajaOblêvDòhAshMàmEwëTótUvfedUvEwëReveZynAshHirùlAshZynMàmEwëAshReveDòhEwëReveChahlOblêvLindurAshfedUvReveIakAshDòhEwëLindurBehvEwëReveSaselEwëReveKhuEwëReve

Tras terminar, mi cuerpo comenzó a emitir un brillo de color rojo intenso, mi mirada cambió y se asemejaba mas a la de una bestia salvaje que a la de un elfo, notaba como mi cuerpo contenía el calor de las llamas transformándolo en una fuerza sobrehumana y sobreelfica. Si, estaba entrando en modo berserker, algo bastante peligroso, pero ¿a mi que me importaba lo peligroso ahora?, cuando estaba rodeado y siendo atacado por un dragón, una archimaga, y un guerrero bastante experimentada y que lo mas probable es que fuese un guerrero exaltado escogido por La Diosa.

Mi cuerpo, en estado berserker emitía un calor que se podría detectar a lo lejos, y un brillo rojo como la furia de las llamas que avisaba que no convenía acercarse a mi. Pero no eran ellos los que se debían acercar, si no, que esta vez lo haría yo, me tocaba a mi.

Estaba empezando a perder la conciencia de a quien debía atacar y lo que tenía que hacer, cosa que no me preocupaba, pues le atacaría a todo lo que se moviese, y aquí no tenía aliados, solo gente a la que machacar.

Perdiendo completamente la racionalidad, me abalance brutalmente contra el guerrero, mi aspecto era tenaz y el aire que me rodeaba se llenaba de llamas que iban apareciendo y desapareciendo. Cuando me abalancé sobre el, con el martillo en las dos manos, moví el martillo fuertemente de derecha a izquierda, con una potencia que si le llegaba a golpear podría aplastar sus huesos, o algo peor.


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Se desató el caos.

Tras mi ataque y los rayos y todo eso, el dragón que inicialmente consideré un enemigo resultó ser un aliado, escupiendo un gran chorro de fuego sobre mi adversario, haciendo que me tuviese que retirar para no ser chamuscado. No apreciaba más quemaduras en este día, aunque sí apreciaba el hecho de que el dragón me hubiese decepcionado al no ser un enemigo. Era una de esas sorpresas que te hacían sonreír en tus adentros.

Bueno, Narshel llegó poco después de que yo atacase a Arthenos y se ocupó del elemental que el nigromante había invocado y, aprovechándose del humo que habían dejado las llamas del dragón, conjuró uno de los hechizos básicos de la tierra, con el cual atacó a Arthenos. Confiaba en que hubiese acertado, pero no podía estar seguro.

El maldito humo me impedía ver bien.

Me alejé unos pasos, lo suficiente para poder ver en el humo.

Y entonces lo que pasó ya no me gustó para nada. Tras una larga letanía de runas, el nigromante desprendió un brillo rojo que no me inspiraba confianza. Sin embargo, no hice nada más que apretar la empuñadura de la bastarda, esperando el ataque.

Sin embargo, vi como del humo salía una gran maza dispuesta a golpearme. No tenía intención de interceptarla con la espada, pues la espada se rompería y yo resultaría herido, por lo que no tenía otra opción que parar la maza con mis propias manos. Intenté pronunciar el mismo hechizo que usé para mi armadura, para fortalecer mis manos, pues uno nunca podría estar demasiado seguro de que podría hacer una gesta como tal.

Tuviese o no efecto el hechizo, en un instante solté la espada y giré mi cuerpo, agachándome suavemente para distribuir mejor el impacto. Alcé ambas manos y las empujé contra el mango de la maza, y cerré mis dedos alrededor del mango como si fuese una tenaza, recibiendo el impacto del mango de la maza, pero no soltándolo. Esperaba que mi armadura absorbiese la mayor parte de los daños causados por el impacto, y que si esto no pasaba, esperaba que el mismo hechizo, que intenté lanzar sobre mi piel y mi carne, diese efecto.

Lo que me sorprendía es que su fuerza fuese, básicamente, casi igual que la mía. Quizá fuese a causa de un hechizo, y probablemente ese era el motivo, pero rara vez me encontraba a alguien tan fuerte.

Te vas a arrepentir... de haber hecho esto...— Dije, entre dientes, mientras seguía sujetando el mango de la maza.

Tomé una gran bocanada de aire, cerré los ojos, y tiré fuertemente de la maza hacia mi izquierda, buscando desarmar a mi adversario.

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El tipo bloqueó el martillo nada mas y nada menos que con las manos, pero en ese momento, en mi estado berserker no existía la capacidad de sorprenderse, luego agarró en mango e intentó arrebatármelo, o simplemente desarmarme, y lo hacía con suficientemente fuerza para hacerme esforzar, estaba claro que no era un guerrero normal, ya era obvio que era uno de esos exaltados. Gruñí y tiré con fuerza para el otro lado, y en vista de que estábamos igualados, alcé mi pierna izquierda fuertemente y la puse a la altura de su pecho, empujándole, y en un arrebato de furia, acompañado con un grito, le empuje con la pierna fuertemente y tiré del martillo hacia mi cuerpo, liberándome así, y saliendo algo disparado hacia a tras por el impulso.

Ya completamente descontrolado, me venían a la cabeza cientos de hechizos y combinaciones de runas arcanas, pero muy pocas podría hacer en ese estado, pues la mayoría de hechizos necesitaban concentración. Cogí el martillo con una mano, el cual tuve que bajarlo, y apoyarlo en el suelo, y con la otra mano tras pronunciar una palabra salió una bola de fuego directa a la cara del guerrero, y seguidamente, volví a abalanzarme sobre el, esta vez con mas fuerza aun, y lanzando un golpe en diagonal, de derecha a izquierda, a gran velocidad.




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Reconocí el estado de berserker en cuanto Arthenos acabó el conjuro. Rahnag me había explicado cómo funcionaba en una ocasión, y sabía que era un hechizo muy peligroso, tanto para los oponentes como para el propio mago. Si lo utilizaba era, seguramente, porque no le quedaba otra opción. O, quizás, porque estaba en territorio enemigo y no tenía nada que temer.

Contuve la respiración cuando lo vi alzar el martillo hacia Crescent. Creí que lo aplastaría en cualquier instante, pero el guerrero fue capaz de detener el arma con las manos, cosa que me sorprendió. Estuve tentada de bajar junto a él y decirle que se fuera, pero rápidamente aparté esos pensamientos de mi cabeza. Ya no era un niño, aunque, pasara el tiempo que pasara, yo siempre lo vería como tal.

Arthenos consiguió zafarse de Crescent. En aquel estado adquiría una fuerza terrible y descontrolada, por lo que debíamos andarnos con cuidado. Tenía que actuar rápido.

Moví las manos y musité un par de palabras arcanas para levantar una barrera que protegiera a mi antiguo aprendiz de la bola de fuego. No sabía si podría detener el golpe del martillo; confiaba en que tuviera buenos reflejos. El nigromante parecía concentrado en el guerrero exaltado, que era su enemigo más cercano. Si todos sus golpes se concentraban en él, posiblemente ignorara mi presencia en la ventana del décimo piso, lo que me daba cierta ventaja.

Pùther EwëReveIakMàmIakAsh

De la propia piedra de la Torre surgieron estacas del mismo material que volaron hacia Arthenos. Mi intención era distraerlo mientras preparaba otro conjuro. Me senté bajo la ventana y apoyé las manos en la pared de la habitación. Cerré los ojos y busqué las energías de la piedra y de la naturaleza, que se mezclaron con las mías propias. Y entonces, regresé a la ventana y extendí las manos.

Pùther EwëTótReveAsh

Era un hechizo de magia de la tierra, similar a la petrificación, que haría que la propia piedra del suelo se enroscara en torno a los pies de la víctima y se fuera extendiendo lentamente por el resto de su cuerpo. No consistía en convertirlo en piedra, sino en que la propia roca se adhiriera a su cuerpo y ralentizara, primero, sus movimientos, para luego paralizarlo por completo. Era la mejor opción que se me ocurría para un estado berserker, aunque estábamos ante un enemigo poderoso y no sabía cómo podría reaccionar.

Respiré e intenté recuperar fuerzas. Al estar en la Torre, los hechizos de tierra serían más efectivos. «Intenta desarmarlo, si puedes —le dije a Crescent—. Y procura esquivarlo; en el estado que está, si te alcanza con un golpe, puede destrozarte...». Los vigilé a los dos desde la ventana, preparada para levantar barreras en el caso de que el guerrero estuviera en peligro. Luego mi mirada se lanzó al dragón, y recé por que siguiera estando de nuestra parte.



Última edición por Narshel el Lun Sep 02, 2013 11:57 am, editado 1 vez
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A mi mente llegó un mensaje telepático.
- No se preocupe, no tengo intención de tocar su torre ni a sus aprendices, a menos que estos me ataquen claro está- Respondí a gritos.
No me molesté en buscar el origen pues supe que si se comunicaba por telepatía sería para que no hallase su posición.
Mis habilidades y garras no me servían, la cola tampoco pues podría dañar la torre y el fuego no veía que fuese una gran preocupación para el nigromante, además era un terreno de combate pequeño y no podía moverme con soltura.

Entre hechizos y ataques dije por telepatía a quien me había contactado.
- No me veo de utilidad aquí por lo que me marcho, si me necesitáis podéis contactar conmigo - Les comuniqué a gritos
Luego me marché en dirección al bosque.

Respeté la parte que cercaba la torre pero luego empecé a dejar un camino de llamas por donde pasaba y calcinando los árboles y terreno seco.
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Aunque pude pararle, no conseguí desarmarle.

Se zafó de mi usando una técnica similar a la que usé contra Flextus, es decir, la "patada" (más bien pisada, para ser completamente honesto) en el pecho, para empujarme. Y me sorprendió a mi mismo el hecho de que hubiese decidido soltar el martillo, y dejarme empujar. A veces la mente actúa de formas raras, pero esta vez supe con certeza que era lo mejor. Así que solté el mango del martillo y me dejé empujar.

Y mientras me dejaba empujar él había enarbolado ya su martillo y yo ya había pisado el borde de las almenas, parte de cuyas cresterías habían sido destrozadas por la invocación al elemental supernova que el nigromante, ahora en estado de berserker, había conjurado.

Y me dejé caer.

Evité de tal manera el golpe quebrantahuesos que el mago rojo me podría haber causado (aunque tantos huesos no habría quebrado, entre hechizo y hechizo). Y evité de tal manera aquella bola de fuego que me habría desfigurado, incluso matado. Y mientras caía, segundo a segundo más cerca del suelo, hice un pase mágico y mi figura se deshizo y reapareció en las almenas, al lado de Narshel.

Había visto la bola de fuego impactar contra una superficie invisible y desvanecerse, y la primera palabra que apareció en mi mente fue el nombre de mi maestra, Narshel. Supongo que ya me había devuelto el favor de la explosión de antes.

Bueno, en el momento que yo aparecí a su lado ya estaba conjurando un conjuro, y mientras yo recuperaba la bastarda que con tanta maestría blandía, de las piedras que hacían las almenas emergieron estacas que fueron directas hacia Arthenos, quizá para dañar o quizá para confundirlo.

Me alejé de Narshel y ella se alejó también de mi, pero la diferencia es que yo me acerqué al sujeto en cuestión y ella se acercó a una de las ventanas. Sabía que era peligroso acercarme a Arthenos, pero heme aquí, que paré un martillazo con mis dos manos. Y magia, sí, magia hasta la saciedad, pero también podría haberlo hecho sin la magia. Pero, eh, nunca está de más el asegurarse de la supervivencia de uno mismo.

Escuché a Narshel pronunciando más palabras arcanas, escuché las palabras del dragón y noté su aletear cuando este alzó el vuelo, y noté pronto el olor a olisque y pude verle por el rabillo del ojo vomitando las llamas que incendiaban el Bosque del Valle de los Lobos. Pero mis ojos rojos se quedaron fijos en el mago rojo de rojos cabellos cuyo cabello emanaba un aura roja. Todo ese amalgama de rojos, y me encontraba frente a él.

Y, finalmente, escuché la voz de Narshel resonando en mi mente, cada una de sus palabras haciendo eco en mi cabeza. Que lo desarmase. Que lo esquivase. Y aunque sabía que esos consejos venían con toda la buena intención de este mundo, resultaban un tanto redundantes. Sabía que tendría que aprovechar mi rapidez, aunque estuviese embutido en esa armadura. Era más rápido al reaccionar que el mago rojo, a causa de que él solo pensaba en golpear y en matar. Yo en más cosas. En esquivar, en saltar, en buscar sus puntos débiles... Aunque para puntos débiles, pues es bastante decir que solo llevaba su túnica.

Así que decidí que no atacaría, sino que interceptaría su ataque y se lo devolvería. Y confiaría en que Narshel supiese lo que hace, no vaya a ser que se hubiese confundido de conjuro. Pero la gente como ella no lo hace.


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Dios
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Las llamas ya no son tantas y Arthenos permanece paralizado, aún dentro de su estado berserker, mientras recibe los ataques de Narshel y Crescent. La piedra empieza a extenderse por sus piernas. La Torre ya ha sufrido los estragos que el nigromante quería causar y poco más hay que hacer allí. Pero ahora queda lo más importante: regresar a casa. Regresar a la normalidad. Tanto los unos como los otros.

Sin embargo, nada parece cambiar, y la lucha contra el incendio se prolonga y se prolonga. Cuando ya piensan todos que aquello nunca llegará a su fin, una nueva figura aparece en las almenas. Es una mujer, una mujer de pelo blanco y que viste de blanco, aunque despide un aura tan oscura que habría superado a la mismísima noche. Se llama Angelica Skoróv y es una nigromante. Debe de haberse enterado de lo sucedido por algún medio, quizás mediante algún óculo. Pero eso no importa.

Narshel y Crescent piensan que han llegado refuerzos y se preparan para combatirlos, pero la mujer no hace amago de atacarlos. Simplemente se para junto a Arthenos, se descuelga un arpa y toca una melodía grave y pesada. El conjuro de piedra desaparece. Luego, antes de que el nigromante tenga tiempo de reaccionar, se alza sobre todos un silencio artificial. Un silencio absoluto. Debe ser un hechizo de hipnosis y la semi-elfa lo usa para aplacar la ira de su compañero y para poder controlarlo.

Después, los dos nigromantes desaparecen y todo regresa a la normalidad.








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