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Elfo
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Primer contacto por Bast, el Jue Ago 02, 2018 1:16 am
Puerto Agnolia, donde mil sonidos competían por imponerse en las calles atiborradas de gente de todos los rincones del mundo. Este era el lugar mas conectado de Agnolia, y por ello bien que se podía considerar su verdadera capital.

Costaba de creer que toda este gente acudiese aquí por ser la alternativa mas veloz, que el camino mas corto a su destinación les llevaría una semana como mínimo...cuando un mago podía teletransportarse. Por primera vez en meses recordé el secreto y el ideal de Igualdad total que predicaban, antes de esforzarme en cambiar el hilo de mis pensamientos.

Tenía que ir a buscar al capitan Gunthar... no, antes mejor iba a una taberna a calmar mi sed...no, el capitán era mas importante....Me pasé varios minutos dando vueltas antes de darme cuenta de que yo mismo me había puesto en un circulo vicioso, desviándome cada vez que me tenía que hablar con alguien. Desde fuera debía de parecer una conducta de lo mas inusual, pero yo llevaba meses sin tener una conversación al menos no con un ser vivo.

Por primera vez en mucho tiempo, me sentía perdido
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Humana
Nombre : Dora Fresno
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Re: Primer contacto por Dora Fresno, el Sáb Ago 04, 2018 5:24 pm
El sol apenas se sostenía en el atardecer del día, y se aferraba con desesperación a las últimas ardientes nubes blanquecinas que manchaban un cielo que, tras varias horas, oscurecería. Alguna que otra gaviota surcaba el horizonte incierto, atravesando los límites del mar y del mundo, desapareciendo como la propia espuma que acariciaba febrilmente sobre la figura estilizada de la playa, cubriéndola en un constante vaivén; casi como un desliz o un mordisco amante pero juguetón en los recovecos más ocultos de un cuello. Olía a sal, a niñez, a verano: todo parecía arder, todo parecía sucumbir al lento vibrar del fuego de la misma forma que el oleaje borraba las últimas huellas en la arena: pisadas, recuerdos de conchas y piedras que ya no estaban allí, que el mar hacía desvanecer; de la misma forma que el oleaje mostraba nuevos secretos, secretos nunca antes vistos: una concha que la playa había sepultado entre sus brazos, una ramita de madera viscosamente mojada cuyo origen era un completo misterio, y una pequeña estrellita de mar, cubierta por algunos granos de arena. Era aquel equinodermo rojizo el único secreto que merecía la pena, y tan era así cierto, que una pequeña niña la contemplaba sentada sobre sus rodillas a una distancia poco prudencial, preguntándose si debía tocarla o no. Aquella niña era yo.

Pero antes de que pudiera decidirme de posar mi dedo sobre aquella superficie granosa, una pequeña ola de sal y esmeralda volvió y se fundió con la parte de la costa en la que nos encontrábamos la estrella y yo. Cuando el agua regresó, la estrella había sido arrastrada al fondo marino, ya no quedaba nada, salvo yo misma con los pantalones posiblemente algo más mojados y más sucios, sobre todo en la parte de las rodillas. Al final me digné a levantarme.


Solo era una estrella —dije para quitarle hierro al asunto —, si hubiera sido una rana —cavilé para mí misma, mientras me atusaba y me quitaba la arena restante de las rodillas.


Llevaba unos pantalones marrones, de lino y cortos que me llegaban hasta la altura de las rodillas. Generalmente y bajo otras circunstancias, jamás hubiera podido vestir así y hubiera tenido que dignarme a llevar una horrible falda, a pesar del calor pegajoso que hacía; pero como era una niña y los rasgos de mujer todavía no se habían hecho presentes en mi cuerpo ni en mis facciones, al parecer a nadie le importaba que enseñase las piernas. Por eso estaba asustada, tenía miedo de crecer, de convertirme en una mujer: vivía aterrada a que un día al despertar, encontrarme mi propia cama manchada y a que mi propio cuerpo se le hubiera arrebatado su infancia. Entonces tendría que comenzar a vestirme como una mujer, tener el cabello como una mujer, actuar como una mujer. Era verdaderamente escalofriante, y por aquel mismo motivo decidí que aquellos pensamientos debían detenerse en aquel preciso instante.


El resto de mi vestimenta, siguiendo con el tema original, se basaba en una camiseta arpillera de manga corta que me quedaba algo grande y unos pequeños botines de cuero algo desgastados. Tenía ropas mejores, pues aquellas prendas no eran más que las que habían pertenecido a mi padre durante su infancia, pero teníamos que ser precavidos. No podíamos llamar la atención, y menos en un puerto, o al menos era lo que me decía mi padre, que aseguraba que en aquellos lugares se encontraba calaña de todo tipo. Hablando de mi padre, a penas estaba a unos metros de distancia a mi izquierda. Alcé mi mirada y la dejé caer sobre mi hombro, y miré de reojo y allí estaba él. Llevaba una gran barba de pirata. Hablaba con dos señores, uno extremadamente gordo y el otro extremadamente delgado. Estaban lo suficiente lejos para no poder escuchar nada de la conversación, pero sí lo suficiente cerca para que me comenzara a aburrir. Así que decidí irme a dar una vuelta.


Subí a las escaleras de piedras que llevaban a la pequeña ciudad portuaria de Agnolia y, sin alejarme demasiado para que mi padre pudiese verme nada más cruzar las mismas escaleras, di un par de pasos traviesos sin avanzar demasiado, observando mi alrededor. No había interesante, en aquella calle solo había edificios que parecían casas o tabernas, la zona comercial debía encontrarse en el corazón de Agnolia. No es como si tuviese dinero para comprarme algo, pero sí tenía la suficiente destreza para robar algo sin que nadie se percatara de ello. Sí me pillaban, solo tenía que poner mi mejor cara de consternación y pedir disculpas, excusándome diciendo que solo quería mirar, que no sabía que no lo podía coger. Entonces, ahorrándome una persecución o una paliza, me iría a una zona más concurrida. Era una técnica que me solía funcionar, aunque dependía de la zona: por ejemplo, en Ereaten ni aunque te pillaran metiéndote algo en los bolsillos hubieran intentado zurrar a un niño pequeño en mitad de la calle: era la capital del reino, aquello era una salvajada y una bestialidad. Y como Agnolia estaba relativamente cerca de Ereaten, esperaba un trato similar.


Lo que no me esperaba es que antes de intentar meter una mano en los bolsillos de un joven pelirrojo que se encontraba delante de mí —presa fácil pues parecía absorto en sus pensamientos —, alguien me agarrara por detrás, sintiendo como el olor salino y oleoso del pescado que envolvía el lugar se teñía de pronto con la amarga fragancia del alcohol. Apretándome de la muñeca, y sin apenas tiempo para reaccionar, me sentí un tirón que me llevo hacía atrás y estuve a punto de caer, pero conseguí mantener estabilizarme tras un vaivén torpe. Intentaba resistirme y mantenerme en el sitio, pero mi agresor era demasiado fuerte. Entonces, me di la vuelta y vi a un hombre de mediana edad, con algo de barriga. No era particularmente feo, pero tal vez por el hecho de que me tenía agarrada por una muñeca, me pareció especialmente desagradable. Utilicé la mano que tenía libre para empujarle e intentar zafarme de él, pero fue incapaz de librarme de su yugo. Sus manos tenían la fuerza de un bloque de hierro mientras que los míos dos ramitas de madera, y su aliento apestaba a cerveza. Por unos segundos sentí como se me removía el estómago, pero contuve el impulso de vomitar.


Te he estado observando desde hace rato. No eres un chico, ¿verdad? —expresó casi con lujuria. Sus palabras parecían lodo. Escucharle era una sensación horrible, y para qué engañarnos, tenía miedo de lo qué podía llegar a hacerme, de llegar a poderme sentir más sucia de lo que ya me sentía. Al oír su voz, el calor de su piel me pareció algo repugnante y solo quería alejarme de él.


Gilipollas —Le escupí.


Y acto seguido, y no sé muy bien cómo lo hice, conseguí morderle la mano. Fue todo demasiado rápido, y el corazón me latía con fuerza y todo se puso borroso. Aun cuando sentí la sangre en mi boca y bañando mis labios, no paré. Hasta que no gritó del dolor y me soltó, no dejé de hacerlo. Me dolía la muñeca, aunque sabía que no me la había roto ni me había hecho nada; solo la tenía un poco roja. Fue a darme un golpe: alzó el brazo, pero antes de que pudiera atizarme con aquella enorme manaza, tropezó y aunque no llegó a caerse, yo ya me había alejado antes de que me hubiera podido tocar. Él era lento y se movía con torpeza; yo era ágil y rápida. Estuve a punto de salir corriendo, pero le miré a la cara y solo pude sentir asco.


Asco y una furia que chillaba desde lo más profundo de mi interior, una ira que ardía y me abrasaba las carnes, sobre en el sitio en el que había sentido la cárcel de sus dedos. Tenía ganas de matarlo, y por unos instantes, el peso de la navaja que ocultaba en un bolsillo interior en mis pantalones me reconfortó, y estuve a punto de sacarla y lanzarme a su cuello; pero aquello era una estupidez. Habíamos llamado demasiado la atención, la poca gente que había por aquella zona nos miraba entre sorprendidos y confundidos sin saber exactamente qué acababa de pasar. Atacarlo de aquel modo hubiera sido una estupidez, asesinarlo delante de todos solo nos hubiera puesto en problemas a mi padre y a mí. Sé que debería haberme ido, pero la rabia brotaba de mí como la sangre en una herida recién abierta.


Gilipollas —repetí —. Te vas a arrepentir de esto, puto subnormal. Pienso informar al alguacil y te van a colgar en mitad de la plaza y yo voy a ver como te mueres y me voy a reír —Escupí saliva y sangre al suelo, aunque la sangre no era mía. El escupitajo dejó unas gotas rosáceas en las baldosas de piedra —. Y una vez muerto, te cortaré la mano con la que me tocaste y la tiraré al mar para que nunca puedas descansar en paz y nunca tengas sepultura —No era una amenaza. Era un aviso de lo que iba a ocurrir —. Borracho de mierda —añadí.


Creo que mi padre tenía razón, y que los puertos eran lugares peligrosos. Además, si hubiera utilizado la navaja, tal vez se hubiera enfadado conmigo. Aún no me había enseñado a utilizarla y muy posiblemente hubiera hecho un estropicio o me hubiera llegado a cortar.


Mientras tanto, el borracho me miraba como sorprendido e impactado, aunque sus labios dibujaban una débil mueca a causa del dolor de su mano. Yo le miraba desafiante, mostrando mis dientes como una criatura rabiosa, dispuesto a volver morderle si era necesario. Era gracioso como la gente no hacía nada, como se limitaban a observar la escena desde detrás de los ventanucos de sus casas o desde la calle. Las señoras que iban mejores vestidas se llevaban la mano a la boca mientras que los hombres, adinerados o menos adinerados, me miraban con asombro y con sorpresa. Yo en cambio, los ignoraba por completo: solo me importaba mi padre y la bronca que me iba a llevar. Aunque no era culpa mía, había que reconocer que había organizado un buen follón.

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Re: Primer contacto por Bast, el Mar Ago 07, 2018 3:01 pm
La situación no era ideal: no era cierto que hubiese estado completamente solo durante estos últimos años, pero descubrí que espíritus que llevan siglos muertos y un perro no eran tan efectivos a la hora de prepararte para un encuentro social como creía.

Sin embargo, logré desviar las dudas de mi mente y seguir con mi propósito. AL fin y al cabo lo peor que podía ocurrir con el capitán sería que tuviese que interrogarle o me reconociese y fuese hostil, y por mucho que no me enorgullezca decirlo, nunca he tenido problemas en responder con agresividad a los problemas. Algo diferente sería si tuviese que persuadir o manipular a alguien, o si me encontrase a alguien de mi pasado….

Apenas había dado los primeros pasos que oí una voz de lo más inquietante.

—Te he estado observando desde hace rato. No eres un chico, ¿verdad?

No estaba realmente atento a aquello que ocurría a mi alrededor, pero algo sobre su tono o quizás las palabras que había escogido me llamó la atención y me resultó particularmente perturbador.

Me giré para ver que muchos otros habían hecho lo mismo. Ante mí un hombre estaba cogiendo a un niño, aunque bien habría podido ser una niña vistiendo ropas masculinas de su edad, algo que tampoco era raro. Mas preocupante era como parecía que lo (¿la?) estaba agarrando contra su voluntad, en particular teniendo en cuenta que por el contexto no parecía que la conociese. Tanto las posibles intenciones del matón como el simple hecho de que se estuviese imponiendo a alguien mas pequeño ya me llamaban, instintivamente, a intervenir, pero fue el propio niño (o niña) quien se me adelantó.

Con una furia (y tamaño) que recordaban a una marta, se lanzó sobre su agresor, mordiéndole la mano hasta obligarle a soltarla. Esto atrajo a más público, y aunque despreciaba la pasividad de aquellos borregos que se negaban a actuar incluso cuando se atacaba a un niño una parte de mi podía entender el interés mórbido en observar a aquel chaval que se había ganado el respeto de todos los presentes con su fiereza.

Sin embargo, eso no significaba que fuese disfrutar del espectáculo sin hacer nada al respecto. Avancé hacia el hombre, le puse una mano en el hombro y, con mi voz mas intimidatoria, dije:

-Apártate de él o…

- ¿¡Y tú qué coño haces!? ¿¡Que pasa, también quieres recibir!?-dijo el matón mientras sacaba un cuchillo de caza.

Quedé sorprendido no tanto por su arrebato repentino de agresividad si no por como me había ignorado sin temor alguno. Siempre me había considerado una persona con una fuerte aura intimidatoria, pero mirando atrás, siempre había intimidado a gente que sabían que pertenecía a una poderosa organización mágica como los Secretos o que sabían que tenía el místico Secreto del fuego o sencillamente estaba a la cabeza de un ejercito o llevaba una espada demasiado grande como para un humano pudiese usarla. Ahora misma no llevaba ni ropas que pudiesen indicar que era una maga o ni siquiera un arma a la vista, pero incluso así saber que no era tan intimidatorio como creía fue un pequeño golpe a mi masculinidad…

Pero en ese momento tenía cosas mas urgentes de las que preocuparme, en concreto, el hombre rabioso con un cuchillo en la mano. De ser posible quería evitar hacer magia y llamar la atención; al fin y al cabo, estaba seguro de que podía derribarlo incluso si yo no estaba armado. Por la otra banda, “estoy seguro de que puedo derribarlo incluso si no estoy armado” sonaba a famosas últimas palabras y con magia o no una pelea en mitad del pueblo siempre atraería atención. Lo ideal sería evitar el enfrentamiento, pero no parecía que el hombre fuese muy receptivo a la diplomacia…
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Re: Primer contacto por Roth Fresno, el Dom Ago 19, 2018 2:10 am
Era una tarde magnífica, de esas que me gustaba presumir en las cartas y postales cuando hablaba con mis amigos. Pero hacía mucho que no vivía en un sitio concreto y por tanto que no tenía correspondencia.

Mientras hablaba sentí una mirada punzante a mi izquierda que me hizo girar, por curiosidad y por miedo por supuesto, no por mi sino porque era ahí donde se hallaba mi hija y si algo le pasara, si un extraño la tocara... no se lo perdonaría, pero a mi tampoco. Por suerte era suya la mirada y volví a mis quehaceres, centrando la atención en el baboso hombre delgado y el sudoroso rechoncho. No hacía nada anormal, al menos no aún, estaba informándome sobre las condiciones y diversos servicios que podía ofrecer aquél puerto. Como todo puerto era una mina de comercio, y por tanto dinero. Pero además no era un puerto cualquiera, era uno de los más inflyentes de Garnalia sino el que más. Era la primera vez que pasaba por allí y quería hacer contactos.

Terminé de hablar y me dirigí hacia mi hija "Ya lo decía tu abuelo" Me quejé entre aspavientos para apartar el olor a mi paso "La gente de hoy en día no se lava". Y era cierto aunque dudo que ella lo escuchase porque se había alejado. Alcé la cabeza y lo que vi no me hizo ninguna gracia, un extraño tomando a mi niña por la muñeca, qué se había creído ese malnacido, ¿que estaba sola? Sentí rabia, sentimientos contradictorios se mezclaban con mis pensamientos "Si es que no la puedo dejar sola un minuto" "Los sitios grandes dan asco y su gente también, más me valdría volver al estanque". Con paso rápido cubrí la distancia que nos separaba "¿Quién se ha creído que es ese miseable? Se cree capitán y no llega a pescanova, como le vuelva a ver tan siquiera rozar a mi hija le ahorcaré YO mismo" Dije entredientes con el rostro serio, mi cara no estaba enrojecida por la furia ni mi voz era especialmente alta, pero sin duda un tinte intimidatorio tenía.

No aprobaba las palabras de Dora pero eso era un tema que hablaríamos a solas, en cierto modo me sentí orgulloso porque se defendiese sola, era una chica con carácter, había salido a su madre. Aquél pensamiento me llevó a recordar su muerte y la similitud que aquél hecho parecía tener con ella, una nueva rabia despertó en mi pero luché por controlarla, los negocios me habían ido mejor de lo esperado y no quería empezar con mal pie en una ciudad tan grande. No me sorprendió la reacción de la gente a nuestro alrededor cuando la tomé de la mano para que se tranquilizase, pero sobre todo para que supiese que estaba allí, con ella.

Había llegado con tal rapidez que la túnica tardó varios segundos en dejar de balancear los faldones. Mis ojos parecían brillar de un verde tan oscuro y helado como el bosque más virgen y recóndito del norte. Sentí aquel sabor a ciruela en la boca, pastoso, desagradable. Nunca había vuelto a tomar aquella maldita fruta pero no podía evitar recordarlo cada vez que ocurría algo semejante.

Aparté sin miramientos al hombre armado de un codazo en el costado izquierdo aprovechando la presencia del pelirrojo, tirando de una patada lejos el cuchillo mientras andava ocupado con el primer golpe. Una vena en mi frente palpitaba al ritmo frenético de mi pecho; tenía ganas de matarlo allí mismo, incluso no sería el único, pero no debía, ya habría tiempo de buscar y encontrarle en un oscuro callejón donde saldar cuentas. Pero no aquí, no ahora, por ella debía mantener la compostura.

Apreté su mano y, agachándome, le susurré en el oído: "Si te portas bien te daré un helado". Sí, no era una frase común en aquellas situaciones y para mucha gente ni siquiera tendría sentido; pero desde que había descubierto el hechizo de congelar, le había dado aplicaciones más allá del belicismo. Reconozco que no fue por voluntad propia, más bien un descuido, pero no me arrepiento, de muchos sabores, formas y tamaños, sin duda era un gran invento.
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