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Licántropo humano
Nombre : Raunulfr Sterktrossøn
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Los oscuros muros de piedra, sobrios y muertos como la corteza de un leño podrido, permanecían fríos incluso en verano. En realidad, el verano nunca llegaba del todo a las tierras del Norte. Los vientos en Wölfkrone eran constantes pero confusos. En cada calle, cada plazuela, y cada torre, podías sentir como las brisas se arremolinaban entre las paredes, pero era complicado conocer su dirección y su origen. ¿Vientos de poniente, o de levante?, quizá algún soplo del norte, duro y gélido, o incluso algunas ráfagas de viento sureño, algo más cálidas de lo normal. Los vientos de la ciudad de Wölfkrone eran como el espíritu de la misma; constante, fuerte y versátil. En el norte, las ciudades son escasas, y abundan las aldeas y villas separadas por grandísimas extensiones de tierra, esa situación era propicia para que una ciudadela como Wölfkrone se convirtiera en el epicentro absoluto de todo el reino. Si alguien quería vender, comprar, contratar o buscar en el Norte, sabía que debía ir a Wölfkrone. Paseando entre las callejuelas sombrías, se podían oír los martillos golpeando los yunques en las casas-talleres de los artesanos del hierro, abundantes en la ciudad. El mercado era un lugar idóneo para comprar pieles, cueros, objetos hechos de hueso o madera, y hierros. Solía haber enanos, comerciantes y artesanos que llegaban desde el Reino Subterráneo, eran gentes de difícil trato, pero sus objetos eran sin duda los mejores. Tambien los más caros.

En una torre adyacente al Palacio de Wölfkrone, se hallaba el Archivo Real, el lugar donde los cronistas guardaban y ordenaban toda la historia del Reino, los linajes de sus habitantes y los escritos oficiales. Raunulfr se había desplazado hasta la ciudad para visitar el archivo. Con el pretexto de ser noble, consiguió autorización para adentrarse en él, alegando que necesitaba encontrar cierta información sobre algunos de sus antepasados para resolver un problema familiar. Los estrechos y polvorientos pasillos del arcaico archivo habían sido el refugio del mago durante largas horas. Su búsqueda había sido fructífera, consiguió toda la información que necesitaba sobre la historia oculta de cierto lugar. Había tenido que recurrir al archivo, puesto que no logró lo que quería en ningún libro de historia que estuviera a su alcance, por muy antiguo o raro que fuese. Lo que el brujo perseguía eran saberes perdidos u ocultados a consciencia. Utilizando algún hechizo, había conseguido despistar por completo al guardián del Archivo Real, que lo dejó en paz durante toda la tarde. Finalmente, había osado llevarse unos escritos con total impunidad.

Al salir de aquel lugar, se topó con que la noche se había ceñido por completo sobre las tierras del norte. Los fuegos iluminaban la ciudad, y en la plaza se oía la música de alguna celebración estival, de la que disfrutaba el populacho. Pese a la nocturnidad, las tabernas estaban llenas, y el ambiente festivo parloteaba en el aire. El brujo, ataviado con negros ropajes, deambuló por la zona y observó a la muchedumbre abarrotando la plaza central. En el medio, sobre unas tablas de palo, unos hombres contaban una vieja historia acompañados por un arpa. Raunulfr había oído aquella historia cientos de veces, y casi se la sabía de memoria, de no ser porque aquellos hombres contaban su propia versión con algunas variaciones. El tuerto se quedó oyendo la historia durante un par de minutos, mientras se retraía a su infancia. Volvió a su camino, en dirección a una discreta posada donde se había alojado, un lugar sencillo y apartado de la zona más concurrida de la ciudad, donde ofrecían un buen servicio y por unas monedas extras no hablaban de más.

Algunas tabernas poseían un ambiente alegre y enérgico, con música y juegos, otras eran tristes y tensas. Los soldados, después de terminar las rondas de la tarde se reunían en las tabernas y armaban jolgorio, algunos bebían demasiado, y muchas veces ocurrían peleas y altercados de todo tipo, como en cualquier ciudad. Entre unas callejuelas, Raunulfr había divisado un par de cuervos de considerable tamaño, sobrevolando con alevosía los tejados. Las oscuras aves graznaban advirtiendo alguna futura muerte o desgracia. El tuerto estaba acostumbrado al comportamiento de aquellas aves, y sabía interpretar sus mensajes.

Mientras se acercaba a una calle donde coincidían los portones de dos tabernas, el mago escuchó lo que parecía la voz de una muchacha pidiendo auxilio. A lo lejos, unos tres hombres de envergadura considerable, trataban de arrastrar a la joven mujer. Al acercarse, observó que dos de ellos iban armados con lo que parecían espadas cortas, de hoja curva. El tercero tenía un hacha que sujetaba con una mano, y con la que amenazaba el cuello de la chica, mientras sus dos cómplices la agarraban. Sus aspectos no eran llamativos, podrían ser hombre comunes que pasarían desapercibidos en cualquier otra circunstancia. El mago oscuro, continuó acercándose con la misma parsimonia de siempre, pero con gesto de desaprobación. Por encima de los asaltantes, escuchó el graznido de un cuervo y sintió su oscuro aleteo, como un heraldo del infortunio. Y sonrió.







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¡Hacía tanto tiempo que no estaba en Wölfkrone! Casi diez años, si recuerdo bien. Si bien no me sentía especialmente ligada a la ciudad, y si bien tampoco guardaba muchos recuerdos y sentimientos especiales de ella, seguía siendo la joya de la corona nórdica y tenía muchos lugares interesantes a los que acudir. Bueno, quizás no tanto, pero me han llegado noticias de que se acabaron las obras en la ciudad y cada uno de los ejércitos tenía ahora unos cuarteles oficiales dentro de la ciudad.

Según me cuentan, estos nuevos edificios son el más alto exponente del llamado movimiento RøtgegangstVuelta a las raíces, que había sacudido toda la producción artística, literaria, poética y arquitectónica del norte, enfrentándose a la rigidez formal y a las normas establecidas por movimientos artísticos anteriores. Se supone que los edificios plasmaban en piedra y madera el espíritu de la nación: estructuras sólidas y resistentes frente al paso de los años. Algunos dirían que son toscas y poco refinadas, incluso feas, y aunque entiendo sus motivos, los cuarteles son un buen exponente del espíritu práctico del norte, de la dureza y fortaleza de sus gentes, de su perseverancia frente a los fríos inviernos que nos asolan y las heladas.

O quizás esté interpretando más de lo intencionado. A fin de cuentas, no eran más que unas grandes academias militares, con sus barracones, sus archivos y todo el papeleo que conlleva gestionar un ejército. Sin embargo, me parece que los edificios son bonitos y que posiblemente sean unos de los más resistentes de toda la ciudad. Los cuarteles del Puño del Norte, el principal ejército nórdico, tenía una gran estatua frente sus puertas que representaba una maño cerrada en un puño, tallada en granito, una roca dura y abundante en el norte.

Me paseé por los mercados y compré muchas cosas, la mayor parte artículos de artesanía: unos guantes, unas estatuas de los dioses nórdicos, un collar y un brazalete, una tablilla grabada con los versos de un poema... pero dejo de enumerar, que no avanzamos. Fui al Templo de Svea y dejé ahí unas ofrendas y le recé a la Diosa, dándole las gracias por haberme elegido como archimaga y jurándole no decepcionarla siempre que me fuera posible (sinceridad ante todo). Arrojé, como es costumbre, las ofrendas que arden a las llamas del gran brasero central, y las que no (objetos y metal o piedra) en el gran pozo del centro del patio del templo, que, según dice, no tiene fondo. Posiblemente lo tuviera, pero no hay gente que pueda sobrevivir la caída para ver qué hay abajo del todo.

Tras bajar los varios centenares de escaleras que llevan hasta el templo sentí cómo se me abría el apetito de la misma manera en la que caía la noche: de manera súbita e inexorable. Decidí regresar a la taberna donde me hospedaba, pues había desayunado y comido ahí y, sinceramente, la comida estaba deliciosa. De nuevo, habrá gente que diga que el paladar nórdico es poco refinado, pero esa gente no ha probado nuestra comida tradicional. Se me hacía la boca agua pensando en los asados con especias salsas, en los estofados espesos que echan el hambre del cuerpo cucharada a cucharada, así que aligeré el paso.

Podría haberme teletransportado, sí, pero, aunque la sociedad nórdica era mucho más tolerante con la magia, no considero que a la pobre dueña de la posada le hiciera mucha gracia ver uno de sus huéspedes aparecer en un abrir y cerrar de ojos. Quizás le diera un ataque y no quería arriesgarme a esa posibilidad. Y bien que no lo hice, porque a poco de la posada me encontré con tres hombres que parecían estar arrastrando a una mujer hacia un lugar escondido. Eran hombres altos y fornidos y me superaban en número, pero, aún así, no tenía miedo de perder.

Ellos no saben de lo que es capaz una mujer enfadada. Mi maza colgaba de mi cinto pero todo mi cuerpo estaba cubierto por un manto, por lo que solo el observador con los ojos más aguileños sería capaz de percibir la silueta de mi maza detrás de la capa. Enarbolé el arma enfadada y tumbé a uno de un mazazo contra la oreja.

¡Malditos cerdos! ¡¿Le haríais lo mismo a vuestra madre, a vuestra hermana, a Svea?! —La maza voló por el aire y silbó igual que lo haría una espada para impactar contra la mandíbula de otro de los hombres. El tercero pareció cambiar de opinión y echó a correr, dejando atrás su daga—. ¡Eso, cobarde! ¡Huye, y que no vuelva a verte!

Cómo no, todo esto lo grité en nórdico, idioma en lo que acabo de decir suena muy feo. Uno de los peores insultos dentro de los idiomas del norte es llamar a alguien cobarde, porque el honor en la lucha es algo importante para los que habitan en esta tierra. Llamar cobarde a alguien es como insultar a la madre de alguien, que también es un insulto bastante fuerte. El hombre al que golpeé en la mandíbula se estaba arrastrando por el suelo en dirección contraria. La guardia acabó por llegar y yo les di mi testimonio: vi que los hombres estaban molestando a esta chica que está aquí llorando así que les di una lección.

A los nórdicos no nos gusta el papeleo, y al ver a un hombre arrastrarse y a otro desmayado y al verme a mí con la maza en la mano y con el testimonio de algunos testigos, decretaron que lo que hice estaba dentro de mis derechos y obligaciones como ciudadana y fueron a ocuparse de los asaltantes. Hablé con la chica un poco para tranquilizarla pero aún parecía algo asustada, así que la invité a la taberna, a que bebiera algo de aguamiel o vino con especias, ambas bebidas que hacen maravillas para el ánimo trastornado.

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Sólo un golpe bastó para que el bravucón del hacha cayera al suelo desplomado como un muñeco de trapo. El hierro azotó su cráneo cerca del oído, y probablemente debió sentir como una tormenta negra estallaba en su cabeza. Desde la sombras emergió una silueta portando el arma contundente, su voz era la de una mujer enfurecida. Los dos cómplices quedaron paralizados de la impresión mientras la señora los increpaba por cobardes. Con suma destreza arrojó un revés a la mandíbula de otro de los hombres, que escupió un alarido de espanto antes de caer al suelo, con la mandíbula destrozada y sin resistencia alguna. El tercero, haciendo gala de una cobardía propia de los de su calaña, empredió la huída escarmentadamente, mientras abandonaba su arma por la desesperación. Había salido corriendo en dirección al brujo, que caminaba hacia la escena del altercado rodeado por los dos cóvidos. Al cruzarse con el malhechor pudo oler su miedo con facilidad. «Los cuervos nunca se equivocan» pensó con frialdad.

El mago oscuro clavó su vista en el asaltante que huía. Éste, al verle, seguramente sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal de punta a punta.  El sacerdote fue atrayendo a las aves oscuras hacia sí mismo. Los animales se posaron en sus hombros, mientras el hombre pasaba de largo extrañado y seguía corriendo. El tuerto trató a los pájaros con gentileza y les susurró oscuras palabras arcanas.


tormento corvido

Los cuervos graznaron y alzaron el vuelo con alevosía. Sin dudarlo, comenzaron a perseguir al cobarde con cierta saña en su vuelo negro. Los córvidos serían su castigo, y él, la ofrenda. No cesarían su persecución hasta que le dieran muerte o perecieran ellas por el camino. Con suerte otros cuervos se unirán a la batida. El mago concentró su energía en las aves y persistió en ello aún en la distancia, el vínculo debía ser fuerte y la maldición profunda.

Mientras tanto, el altercado atrajo a la guardia de la ciudad, que acudió armada. Las preguntas y las consecuencias fueron obvias. Estaba claro que aquella muchacha había sido asaltada, y también que la mujer la maza había hecho polvo a los dos asaltantes. Raunulfr se acercó al escenario; sobre el suelo yacía el hombre que portaba el hacha, totalmente inconsciente y con la cabeza abierta por el golpe. Su oído probablemente había estallado, y si no estaba muerto, moriría en poco tiempo. Arrastrándose cerca de la pared, el otro tipo pedía piedad con la mandíbula dislocada y la boca cubierta de sangre. El brujo pensó que debía de haber perdido parte de la dentadura, y que la mandíbula pintaba grave si no se la curaban en condiciones. Estaba medio consciente pero sin fuerzas, e intentaba murmurar la palabra "ayuda" de manera poco efectiva. El sacerdote observó con detenimiento a la mujer auxiliadora, llegando a la conclusión de que debía de tratarse de una guerrera experimentada en el campo de batalla. Su arma era una maza de aletas de hierro, y solo alguien dedicado al oficio de las armas portaría un objeto así de especializado. Desde luego, sus golpes eran duros y diestros.

Los guardias preguntaron a la gente de las tabernas por lo sucedido. La gente que había observado por las ventanas de la taberna contó la verdad de los hechos. El asunto acabó rápidamente, la guardia se marchó llevándose consigo a los dos hombres, uno probablemente muerto. El tuerto trató de mantenerse al margen todo el tiempo, solo se dedicó a observar a los involucrados detenidamente y cierto ápice de curiosidad. Una vez quedó despejada la zona, se aproximó a las dos mujeres, que parecían querer entrar en la taberna, y comentó derrepente — Dos de ellos abandonarán éste mundo antes del amanecer—, la voz del mago sonó dura y pétrea, desgastada y grave, como la de un hombre que lleva meses sin mediar palabra. Posó su mirada tuerta en la mujer de la maza, fijamente. Había algo en ella que le resultaba extraño. En realidad, toda aquella situación le había parecido extraña e interpretable. Raunulfr no creía en las casualidades.

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La chica pareció tranquilizarse un poco ante la idea de que podría relajarse antes de ir a casa (y, mientras tanto, dejaríamos que los guardias arreglaran el estropicio y se llevaran a los hombres) y decidió que sí, que una jarra de aguamiel sería mano de Svea para sus ánimos exaltados. Le sonreí y nos pusimos a andar hacia la taberna en la que me hospedaba, en cuyas ventanas aún había curiosos que se habían asomado a ver a qué se debía el alboroto y la intervención de la guardia.

Estaba a punto de abrir la puerta del local cuando un hombre de aspecto algo decrépito, de cabellos canos y rostro falto de un ojo se nos había acercado. Vestía demasiado bien para ser un mendigo, pero, aún así, algo me decía que el hombre no estaba en sus cabales. La chica estaba detrás de mí por virtud de que el hombre se nos acercó por la derecha y no por la izquierda, pero tampoco sentía ninguna intención negativa por parte del individuo... solo el hecho de que daba mala espina, aunque eso puede deberse a lo de juzgar un libro por su portada.

Abrió su boca y de su garganta escaparon unas palabras polvorientas y duras y parecía que el hombre acababa de romper un voto de silencio, tan desacostumbrado parecía a hablar con los demás. Advertía que dos de aquellos hombres morirían antes de que se volviera a alzar el sol, y no me sorprendía: mis golpes fueron certeros y dirigidos a los puntos débiles de la anatomía humana. Comparada con otros individuos en el mundo de la magia, yo había matado más bien poco y las veces que lo había hecho se había limitado a magos oscuros, pero no había participado en guerras ni nada por el estilo.

Pese a todo, le sonreí al hombre que nos escrutaba con su mirada medio llena, aunque notaba cómo se me quedaba mirando más a mí que a la chica. Le devolví la mirada, inmutable ante esa cuenca vacía que me observaba pese a no tener ojo, y le estudié antes de responderle, porque notaba algo extraño pero a la vez conocido en él.

Los cuervos también tienen que comer —expliqué, sin preocuparme demasiado por lo que acababa de hacer. En mi mente, estaba justificada en mis acciones y el mundo estaba mejor sin esa clase de personas—. ¿Pretende usted condenar mis acciones y decirme que obré mal?

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Un soplo frío embistió los grises cabellos del secerdote. Con su único ojo lanzó varias miradas hacia el cielo, en busca de la luna. La pálida esfera se había alzado por encima de los tejados de la ciudadela nórdica con total impunidad, y se encontraba casi llena. La luna siempre sería el recuerdo constante para el brujo de su naturaleza licantrópica. Olisqueó el aire mientras la mujer de la maza hablaba. —¡Los cuervos!, ¡exactamente!— exclamó el tuerto, mientras casi se podía ver cómo la cuenca vacía de su rostro brillaba. Las palabras de la señora acrecentaron la sensación de extrañeza que poseía el mago oscuro con respecto a aquella mujer. Se acercó a ellas unos pasos más, blandiendo su tranquilidad con maestría casi teatral. — No me malinterpretes— sugirió hablando despacio. —Esos hombres estaban condenados desde mucho antes de poner sus manos sobre la joven— hizo una pausa —De hecho, todo lo demás es simple proceso y parafernalia. Tanto tú como yo, y al igual que ella. — se quedó quieto, paralizado como una sombra espigada en mitad de la calle. Quizá eso que acababa de decir fuera la clave de todo. Quizá aquella mujer le parecía extraña porque había en ella algo importante que los dioses le habían plantado en frente. Después de todo, nada era casualidad

Las palabras hicieron que al sacerdote se le secara la boca considerablemente. Hacía tiempo que no encajaba varias frases juntas y notaba esa falta de costumbre. Sintió un leve carraspeo en la garganta, acompañado de la imperiosa necesidad de refrescarla con algún líquido. Dio unos pasos al frente, para tratar de adentrarse en la taberna. —Disculpadme— dijo mientras lo hacía. Abrió las puertas del local, y se adentró en él. El ambiente dentro era agradable y cálido, había algunas personas reunidas en varios grupos, cerca de las ventanas. Muchos bebían y algunos comían. Raunnulf buscó con la mirada desde la entrada, localizando a lo que parecían las dos taberneras encargadas del local. Miró tras de sí, para ver si las dos mujeres que las que había hablado, entraban o se marchaban a otro lugar.

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Al viejo le faltaban bastantes tornillos, en definitiva. Su comportamiento parecía bastante errático y ponía nerviosa a la chica, que se agarraba a mi brazo y me interponía entre ella y el viejo como un escudo humano. No se lo tenía en cuenta porque el hombre era bastante extraño, y para nada ayudaba que la luz del día hubiera huido para sumirnos en la oscuridad de la noche, en la que solo antorchas y braseros podían dar algo de luz, además de la que se escapa de las ventanas.

El viejo de negro dijo unas extrañas palabras sobre lo predestinado, de que aquellos hombres estaban destinados a morir esta noche o algo así. He de reconocer que creo en el destino, no por nada los dioses dictan Profecías que transmite el Oráculo allá en el Templo sin Nombre, profecías en las que me vi involucrada cuando aún era una chiquilla inocente e insignificante en el mundo. Quizá esté loco, pero algo de lo que dice me parecía verídico de cierto modo.

Se disculpó y entró en la misma taberna a la que íbamos a entrar nosotras. No dejé que esto me afectara mucho, así que me giré con la chica y le dije que también deberíamos entrar nosotros antes de que comenzara a refrescar mucho, que la comida estaba muy rica y las bebidas más aún. Esto pareció tranquilizarla, y cuando entramos escogimos una mesa alejada del viejo loco y pedimos comida y bebida.

Se llamaba Siv y era nativa de Einbjørgsbauðr, un pequeño pruebo a unos días de viaje de la ciudad de Wölfkronestadt, como llamaba ella a la Ciudad de Wölfkrone. Sus cabellos eran de un castaño-rubio o rubio-castaño que brillaba a la luz del fuego del hogar, y era una muchacha alegre que había venido a la ciudad con su hermano (que, por cierto, estaría muerto de preocupación, así que también accedí a acompañarla de vuelta a la taberna donde se hospedaba para explicar toda la situación al hermano) para vender algunos quesos y barriles de aguamiel de su granja.

Para la cena, había asado de codorniz y cuencos de una sopa espesa de verduras, todo acompañado por montañas de pan y jarras de meþeglin, aguamiel especiado que se sirve caliente, especialmente popular en invierno pero siempre disponible. Se dice que las especias que se emplean en su producción tienen diferentes virtudes curativas, pero también es cierto que el sabor es más suave y atractivo que el del aguamiel normal, aunque eso no quiere decir que este tenga un sabor desagradable.

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