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Señora de los lobos (humana)
Nombre : Caroline Gallagher
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Debo admitir un hecho triste: detestaba la magia. Renegaba de ese flujo que me corría por las venas, detestaba ese no sé qué que la magia era, esa potencialidad dormida en el espacio, ese constante alterar la realidad circundante para modelarla y transformarla en lo impensable. Si hubiera podido arrancarme de cuajo este don no solicitado, lo habría hecho. Sin duda alguna. Sin temblar, sin volcar la vista atrás, sin lloros ni lamentaciones.

Es una verdad honesta. No hay más. El "don" de la magia me obligaba a vivir en un estado de nerviosismo constante entre los otros cortesanos, a buscar cien mil remedios para minimizar cualquier rastro de lo extraordinario que pudiera desprender mi presencia. Era, ahora, la reina del camuflaje. Así como mis estudios de magia los había abandonado en el tercer grado, era perfectamente digna de obtener la maestría en técnicas para disimular el "don", porque, de todos mis asuntos, era al que dedicaba mayores esfuerzos.

La vida, con mis voluntades y mis ambiciones, me había llevado a fijar mi residencia en Ereaten y a establecer un flujo permanente de relaciones con los nobles de mi entorno. De fiesta en fiesta y de misa en misa, pretendía, poco a poco, escalar en la pirámide social, porque sabía que era el único método para lograr la riqueza anhelada. Ni la magia, ni la Torre, ni esa comunidad que se jacta de sus poderes. Tendrán habilidades para modelar la naturaleza, pero no para posicionarse en los tronos de los reinos. Para ese fin solo un arte basta: el de la persuasión, el de la hipocresía, el de la rotunda mentira.

Por eso acudía, con la cabellera enfundada en un casto velo, a las misas de la catedral. Como una virgen inocente, recitaba los salmos religiosos que escapaban de la boca del cardenal Marco, que oficiaba aquella tarde de domingo la conocida Misa de la Resurrección. Era tal la magnitud del evento religioso que todas las grandes personalidades de Ereaten estaban allí reunidas: duques, condes, héroes de guerra, inquisidores y hasta la mismísima reina, rodeada de sus guardas y de su séquito. Mi posición como miembro de la nobleza y mi voluntad de levantar las menores sospechas sobre mi condición me obligaban a asistir al evento, pero procuraba mantener una posición discreta, intermedia, alejada de los inquisidores que rodeaban a Su Majestad pero próxima a los nobles con los que me interesaba establecer contacto.

El cardenal Marco concluyó la primera parte de su larga letanía y luego calló. Nos ofreció un descanso de unos minutos, como era reglamentario. Posteriormente, la misa continuaría durante horas, en las que los fieles y los hipócritas asentiríamos con la cabeza como burros amaestrados. Solo esperaba que aquella insufrible velada concluyera con nuevos amigos influyentes con los que establecer una amistad en absoluto desinteresada.

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Me había desplazado a la capital hacia varios días con motivo de la celebración de la misa de la resurrección, que iba a ser oficiada en la sagrada catedral de Ereaten. Tengo que decir que al entrar en ese lugar siempre he tenido la sensación de que algo dentro de mi se removía pero era necesario que asistiese si quería mantener mi buena popularidad y mi posición, al fin y al cabo la mismísima reina iba a estar allí, ahhh Isabella, como me gustaría follarla hasta matarla y dejarla convertida en un montón de carne irreconocible, era una fantasía recurrente pero por desgracia no podría cumplirla o si ¿Quien sabe? Al fin y al cabo todo en este mundo depende de la posición que uno ostente.

Por supuesto, acudí con mis mejores galas vestido de riguroso azul, un hermoso traje de confeccionado con las mejores telas y que ademas tenia bordado el escudo de mi casa y no creo que no es desproporcionado decir que yo era el mas apuesto y elegante de todos los nobles que habían acudido allí y antes de que se iniciase la misa tuve a bien escoger uno de los asientos mas cercanos al altar, cosa que por otro lado molesto a varios aristócratas pero ¿Que iban a decir? Allí en suelo sagrado, iniciar una discusión seria como suicidarse socialmente.


Recité con fervor y devoción cada una de las absurdas letanías que surgían desde la boca del cardenal Marco, al que por cierto achacaban rumores interesantes sobre unos niños. Realice cada signo, cada gesto con una perfección absoluta porque aquella no era la casa de Dios, era la mía, era mi oportunidad para escalar un poco mas y atesorar mas poder y riquezas y así pasaron horas ¿Cuantas? Ni yo mismo lo se pero si había podido soportar la sodomía al rojo vivo también podría soportar aquello pero necesitaba distraerme para evitar que el sopor hiciera mella en mi, de modo que comencé a desnudar con la mirada a todas las feligresas allí presentes y a fantasear con llevármelas a mi cuarto del placer, no obstante algo llamó mi atención, se trataba del hombre estaba sentado al final de uno de los bancos, el marques Homsworth, ese odioso hombre que le había estado fastidiando durante años ahora se encontraba pálido y sudoroso-Esta mareado- pensé y con un poco de suerte podría quitármelo de encima, lo único que tenia que suceder es que vomitase allí, en publico, de modo que me acerque discretamente hasta donde estaba y me puse a su lado esperando el momento propicio, en apenas unos minutos se le hizo tan insoportable estar allí que hizo ademan de salir, seguramente para tomar una bocanada de aire fresco y entonces interpuse mi pie derecho en su recorrido, ya que sabia que entre tantos asistentes nadie podría verlo y cuando el marques trastabilló acabo cayendo muy cerca donde estaba la reina y lo que es mejor, vomitando un gran y asqueroso charco de un liquido amarillento y maloliente. En seguida le hice una señal  a mi asistente, que había estado observando todo de pie contra la pared del fondo-¡Esta embrujado!- gritó al abrigo de la multitud causando que un mar de murmullos y comentarios interrumpieran la misa-! Solo un siervo del demonio enfermaría en morada del señor!- dijo otro, estaba hecho y yo me relamia solo de pensar como acabaría aquel desgraciado
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«¡Está embrujado!». El grito atravesó la catedral como un dardo que se clavara, sanguinario, en el centro de mis miedos. Inevitablemente me sobresalté, aunque la voz hubiera dicho embrujado y no embrujada. Miré hacia el destinatario de la acusación: era un hombre, de la nobleza, quizás un conde o un marqués, que estaba protagonizando, con un repugnante vómito, una desagradable escena... cerca de la reina.

En silencio, di las gracias a los dioses por no ser yo la acusada, y fingí la misma confusión y la misma extrañeza que las personas que me rodeaban. La reina, ante la escena, se apartó con desagrado y dio una orden que no pude escuchar. Al instante, los guardas de la Inquisición se movilizaron y tomaron al noble de los brazos, tratándolo como a un criminal, aun sin tener pruebas verdaderas de sus posibles contactos con la brujería. «¿Quién será?», me preguntaba. Conocía a gran parte de la nobleza de Ereaten, pero, aunque el rostro del hombre me resultaba familiar, no alcanzaba a recordar cuál era su nombre o su título.

Sigilosa y con disimulo, me abrí paso entre la multitud, para acercarme, entre el tumulto, a la zona próxima a la escena. Allí estaba el duque Gilles de Parfaleaux, con quien había coincidido en alguna celebración, si bien mis relaciones con él —por fortuna, según los rumores que circulaban sobre sus actividades—no eran especialmente profundas.

¿Quién es el brujo? ¿Qué ha pasado? —pregunté.


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Vi llegar entre la multitud a una apetitosa figura, aunque tarde un tanto en reconocerla porque, seamos sinceros, ver a ese idiota vomitando delante de la reina era un espectáculo que tenia que disfrutar al dedillo y tengo que confesar que estuve cerca de excitarme sexualmente con todo aquello, y es que profanar aquella catedral era uno de mis sueños mas húmedos.


¿Es la condesa Gallagher?- me dije en mi cabeza, no estaba seguro pero por su apariencia supe que podría darme mucho placer y como parecía confusa con la situación decidí resolver sus dudas de forma elegante, como se esperaría de un perfecto caballero de alta nobleza del reino-Parece que el marques Homswoth esta algo indispuesto- le comente con mi voz suave y melodiosa-Una pena que se haya interrumpido la sagrada misa-me acerque un poco a ella, seguro de que debía de sentirse afortunada, porque al fin y al cabo los condes eran infinitamente inferiores a los duques-Vos debeis de ser la condesa Gallagher, creo que nunca nos han presentado formalmente- le hice una reverencia, mas por ser una dama hermosa que por que fuese una noble y tome su mano para darle un suave y tenue beso-Gilles de Parfaleaux, a vuestro servicio


Considere la idea de cortejar a aquella mujer y casarme con ella para quedarme con todas sus propiedades, así podría jugar con ella cuando me apeteciese y es que tenia la piel tan tersa, tan suave-Seguro que su sangre es una delicia, seria una buena practica antes de intentarlo con isabella- pero luego me vino otra idea ¿Por que hacerlo de una en una? Oh si solo pudiese ponerle las manos encima de ese delgado cuello de cisne...Seria precioso y placentero, como si las puertas del mismísimo paraíso se abrieran para mi-Dios concédeme su sangre y su carne y dejame disfrutar de ellas hasta que no quede nada de mi semilla
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El duque, respetuoso y cortés, resolvió mis dudas acerca de la identidad del afectado y, acto seguido, se presentó con una reverencia formal. Sin embargo, había algún detalle impreciso en la melodía de su voz, en la cadencia de sus palabras o en su manera de gestualizar que lograba poner todos mis sentidos alerta.

En efecto, soy la condesa Caroline Gallagher. Es un placer —respondí, realizando yo también una reverencia.

En otros tiempos, su título nobiliario habría bastado para llamar mi atención y despertar mi interés y mis ambiciones. Pero, con el duque de Parfaleaux, debo confesar que no sentía absolutamente ninguna atracción ni por su persona ni por sus riquezas. Quizás se debía a los rumores que circulaban sobre él, quizás era mi agudo olfato de loba el que me estaba indicando que era un hombre en quien no debía depositar ninguna confianza.

Me imagino que su Ilustrísima Majestad estará especialmente molesta por esta escena —comenté, refiriéndome a Isabella, quien detestaba cualquier tipo de imperfección tanto en su gobierno como, sobre todo, en las ceremonias religiosas—. Que se haya interrumpido la Misa de la Resurrección de esta manera solo puede ser una señal de Nuestro Señor...

Como siempre, fingí devoción con mis palabras y modestia e inocencia con la expresión de mi rostro y con la suavidad de mis gestos. Los soldados inquisidores ya arrastraban al marqués fuera del templo, y ya no podríamos saber cuál sería su destino hasta que transcurrieran los días y las malas lenguas difundieran el chisme por la corte.

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