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Humano
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Me encontraba en las almenas de la Torre.
Después de pasarme el dia entero instalandone en mi habitación había decido explorar esta inmensa edificación con la intención de perderme lo menos posible en el futuro.
Decidí empezar por la parte de abajo, encontrandome en el vestibulo; una gran habitación bien decorada a la par que iluminada, donde habían algunas personas sin embargo, opté por ignorarlas. Al seguir avanzando me encontré con las cócinas y el comedor, pero pase de largo, investigué por donde pude, revisando a fondo la biblioteca, llegando finalmente a las almenas.

Al llegar aquí decidí quedarme a contemplar como el crepúsculo bañaba el valle con su tenue pero aun cálida luz anaranjada, los pájaros cruzando en vuelo rasa de el espeso bosque mientras oía el aullar de los lobos que celebravan la llegada de su compañera de caza, la Luna.

Me senté en una de las cañoneras y observé el cielo con ese azul que tanto me gustaba, y las dispersas nubes que se teñían de un característico color rojizo. Cuando baje la vista pude ver las caballerizas, por donde algunos caballos asomaban la cabeza para contemplar la caída del sol, justo como hacia yo.
Mientras miraba a los nobles corceles una idea me cruzó la mente, "Tengo ganas de que me asignen un caballo... ".
Este pensamiento para alguien tan solitario como yo era muy raro, pero bueno supongo que mi desagrado por la compañía solo se da en caso de la gente...

Y allí me quedé, observando el avance inexorable de la noche, momento en el que volvería al interior de la Torre, para asistir a la cena y mas tarde descansar en mi cuarto mientras reviso por primera vez el Libro de la Tierra que me habían dado nada mas llegar junto con una túnica blanca, la cual no me gustaba nada pero que debía ponerme por obligación.
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Dragón
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Pasé los días siguientes a mi encuentro con Brandon continuando con mis exploraciones en la naturaleza de la magia, concretamente la que me estaba vedada y la que no. a fin de cuentas, no basta solo una noche para repasar todos los hechizos de los libros mágicos y, además, había sacado otros cuantos de la biblioteca, volúmenes centrados en magia de la transformación y metamorfosis, por si me quedaba sin hechizos que experimentar entre siesta y siesta.

Me resultaba mucho más fácil modificar mi tamaño que mi forma completa, aunque lo primero solo me dejara con una selección reducida de hechizos a mi alcance. Lo que sí me permitía, sin embargo, era entrar en la Torre, cosa que llevo sin hacer años enteros; apenas puedo asomar mi cabeza por las ventanas más grandes o por la puerta principal. Lo único malo es que, para caber en el edificio, tengo que reducir mi ser al tamaño de una vaca pequeña o un perro grandote, algo que hiere un poco mi orgullo de dragón.

Pero todo lo arregla la comida, ¿no? Pasé unas cuantas horas sumergidos en la despensa mágica de la Torre que, al igual que el bosque y el valle, está encantada por hechizos antiguos o simplemente por las energías inherentes del lugar. Nunca se acaba la comida, da igual si se suelta dentro de ella a un dragón voraz que no ha comido salvo árboles y ramas durante años y años. Algún que otro aprendiz se ofrecía a compartir su comida conmigo, pero ni comiéndomela entera me daba para un bocado y tampoco quería tener a los aprendices multiplicando y aumentando el tamaño de la comida durante horas para saciar mi apetito.

Como ahora soy pequeño y estoy en la Torre, se solucionaron todos esos problemas. Cuando ya satisfice los años que llevo sin comer pasteles y demás comida cocinada, decidí que necesitaría hacer bastante ejercicio para facilitar la digestión de tanto alimento, así que decidí que, antes de echar a volar, subiría hasta las almenas para calentar un poco el cuerpo y para que no me diera un tirón. Por las escaleras (sí, tengo que subir las escaleras, no puedo teletransportarme) me encontré con varios alumnos, algunos conocidos, que me miraban divertidos, algunos extrañados y otros incrédulos. A alguno tuve que echarle algo de humo para que se comportase. Soy un dragón (a veces elfo), no un perrito faldero al que se le pueda achuchar.

Pero en fin, no perdí ninguna escama por el camino y me encontré, por fin, ante las puertas de las almenas. Por suerte estaban entreabiertas por lo que pude deslizarme entre ambas y extender, al fin, las alas. Dejé que se deshiciera mi hechizo de reducción de tamaño pero no al completo (porque es posible que mi peso, especialmente tras la comilona, derribara la Torre), pero sí para parecer, al menos, del tamaño de uno de esos animales grises y grandes que hay en el sur de Garnalia. No recuerdo su nombre, pero tienen unas trompas ridículas y ridículamente útiles.

Extendí las alas como un gato que se estira nada más despertar de su cuarta siesta del día y también estiré el cuello, agitando un poco la cabeza. Iba a ponerme a avanzar, pero me percaté de que, si daba un paso, quizás aplastara a alguno de los alumnos de Narshel, algo que no le haría mucha gracia a la señora. Había parado la pata delantera a unos cuantos centímetros de su figura nada más darme cuenta de su existencia.

Anda, no te había visto —Y con este comentario retiré la pata y me quedé sentado frente la puerta a las almenas, porque tampoco es que tuviera mucho sitio dónde moverme. Reduje de nuevo mi tamaño hasta tener la altura a los hombros de un caballo, quizás un poco mayor. Todo esto lo hice con una tranquilidad característica de alguien que ha vivido mucho y ha visto mucho—. Espero no haberte asustado, tengo por costumbre intentar no aplastar a los aprendices.

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Oí algo detrás de mi, me giré justo a tiempo de ver una garra verde y afilada justo delante de mi cara. Esto me sorprendió y estuve a punto de caer por el borde a lo que seria una muerte segura.

La garra se alejó y pude ver al propietario de tan monstruosa extremidad; era un Dragón cuyas escamas verdes brillaban como esmeraldas al sol del atardecer.
El dragón se disculpó y empezó a decir su tamaño, contemplé a la criatura con su nuevo tamaño, casi ridículo para el poder y la fuerza que debería transmitir un ser tan imponente y logevo como un dragón.
Sin embargo me llamó la atención, ya que nunca había tenido la ocasión de ver uno en persona.

Ho…hola, que hace un dragón aquí? había oído de pasada algo sobre un dragón en el valle, pero pensaba que seria mas... Imponente y que estaría en las montañas, no habría podido imaginar que me lo encontraría allí como si tal cosa.

A pesar de todas las leyendas que había oído sobre dragones que devoravan aldeanos y quemaban castillos, el dragón que tenia en frente no parecía en absoluto agresivo, y en ello confiaba puesto que no tenia forma alguna de defenderme, mí espada estaba en mi cuarto y en cuanto a magia no sabia ni leer los conjuros todavía.
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La reacción del chico fue la esperada y también fue esperada la pregunta que me formuló. Gran parte de la gente no sabe que hay un dragón en el Valle de los Lobos, y a veces más que uno. Ahora que quepo en la Torre tendré que charlar con Narshel para pedirle que corrija ese error. No sé, explicándole a los alumnos que hay un lagarto gigante escupefuego muy majo en el valle al que le gusta la comida, o cambiando el nombre del Valle a Valle del Dragón. Suena más noble y regio que un valle nombrado por unos perros pulgosos, ¿no?

Pero en fin, salvo la posibilidad de que se hubiera caído de las almenas por el susto, el chico parecía estar bien. Quizás el corazón le fuera a saltar del pecho por el sobresalto, pero ignorando eso sobreviviría el encontronazo conmigo. No voy a ser malo con él. Por las pintas que lleva, parece un estudiante de primer grado que no tiene ni idea del mundo de la magia.

Si supieras la de veces que me han preguntado eso... —solté un suspiro y se me escaparon unos hilitos de humo de entre los colmillos—. Pues hago cosas, como todo el mundo. Hoy, por ejemplo, inspeccioné si la despensa de la Torre sigue en el buen estado de siempre, y como inspector de sanidad no registrado he de decir que están en condiciones óptimas.

Me acerqué un poco al chico y a las crenelaciones de las almenas, para contemplar el valle desde las altura que tiene estar en el octavo (¿o era el noveno?) piso de la Torre. Llevaba un par de anteojos que seguro que le ayudaban a ver mejor, pero en mi caso, mirándole a través de ellos, hacía que su cara pareciera más pequeña vista a través de los cristales. Me hacían gracia esos artefactos, pero doy gracias de no haber necesitado unos nunca. Seguro que me molestaría mucho sentir constantemente su peso sobre mi nariz, y ni digamos de las orejas.

Para responder a tu pregunta, vivo en el Valle, como supongo que lo harás tú. Solo que no soy siempre tan pequeño, o tan dragón. Supongo que eres nuevo por la manera en la que reaccionaste... Me llamo Templar, muchacho.

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El Dragón dijo que venia de inspeccionar la despensa mientras se autodenominaba inspector de sanidad, pero al ver la parte baja de su vientre tan redondeaba, una de dos, o yo se muy poco de dragones (cosa que era cierta) y era una hembra embarazada o inspeccionar la despensa significa intentar vaciarla.

Se acercó a mi y me miró fijamente a los ojos, yo me eché un poco para atrás mientras me recolocaba las gafas que se habían deslizado hasta la punta de mi nariz, después al ver que el se presentaba hice lo propio y me presenté a continuación.

-Yo me llamo Owen, encantado... Templar. alcé la mano para estrechársela, pero inmediatamente la retiré, sus zarpas no parecían hechas para hacer apretones de manos y aunque lo estuviesen me herirían con esas garras emergentes de las brillantes y duras escamas.

Miré el valle, este seria mi hogar por los próximos años por lo que me habían dicho, por lo menos hasta que pase la prueba del fuego (sea lo que sea que signifique eso) y tenga una túnica roja.
Miré de nuevo a Templar.

-Y cuanto tiempo se supone que llevas tu en este valle?

Lo observé bien, preguntándome que clase de relación tendría este dragón con la Torre o con los seres que en su interior moraban.
De pronto me acordé de algo que me dijo el mago que me trajo a la Torre, dijo algo sobre que había visto en mi un don, que se llamaba mentilismo o mentolesmo, o algo por el estilo, la verdad no le entendía así que al cabo del rato deje de prestarle atención, pero había cogido la idea principal sobre lo que significaba, así que probé a hacer un intento a ver que salia. Lo miré fijamente a los ojos, los cuales eran de un verde brillante como con una pupila rasgada como la de los felinos. Intenté saber que pensaba pero no oía nada, de pronto un dolor estalló en mi cabeza. ¡Como se me ocurría!, apenas sabía leer la portada del libro que me habían dado y ya intentaba hacer trucos mentales, con un dragón nada menos!, estúpido de mi!.
Me cogí de la cabeza y parpadeé varias veces intentando que cesase el dolor, al final se fue.
Miré a Templar confiando en que no se hubiese percatado de mi intento, ya que no tenia intención alguna de enfadarlo.
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Se presentó y por educación me ofreció estrechar su mano, pero al ver que no reaccionaba, o quizás porque recapacitó al ver mis garras, la retiró. Sí, supongo que no quiere perder un dedo por cortesía, así que agité la cabeza suavemente y le ofrecí el pico de mi ala derecha, infinitamente menos puntiagudo y cortante que mis garras. Es decir, si le estrecho la mano con cuidado seguramente no le hiciera ningún rasguño, pero no quiero espantar al chico.

Su mirada viajó de mí al valle y de vuelta, y me preguntó cuánto tiempo llevaba en este lugar, aunque de manera algo rara. Hice caso omiso a la semántica y respondí franco su pregunta, tras unos cortos y rápidos cálculos mentales.

Pues... casi una década, me parece. El tiempo vuela...

Iba a continuar algo, pero me callé por diversos motivos. Veréis, cuando alguien habla con otra persona, lo educado es mirarle a los ojos. Sin embargo, al seguir esta vez el protocolo noté cierto hormigueo en mi cerebro; no es una sensación física, sino más bien un cosquilleo metafórico, metafísico, metamágico. ¿Estaba aquel aprendiz intentando penetrar en mi mente? Se me ocurrieron dos oportunidades: o no controlaba bien sus poderes o no era alguien tan inocente como se dejaba ver.

Así que hice lo que cualquier dragón haría y respondí. Sin embargo, yo tengo la suerte de haber recibido una instrucción mágica de calidad, por lo que soy capaz de repeler este tipo de intrusiones mentales. Realmente no hace falta utilizar hechizos para hacerlo, sino que ayuda; no, lo importante es tener autodisciplina y un control profundo de las capacidades mentales de cada uno. En estos últimos años he hecho tres cosas: comer, dormir y pensar.

No me fue difícil contraatacar, fue cosa de sobrecargar la conexión de ruido y pensamientos aleatorios y erráticos. Surtió efecto, porque pronto se llevó las manos a la cabeza y se interrumpió esta intromisión en mis interesantes sesos. Por la reacción que había tenido, y la manera en la que se recompuso, no me pareció que fuese ningún mago oscuro haciéndose pasar por un alumno. No solo por la cantidad de energía que parecía emanar de su cuerpo (no mucha), sino también porque parecía una reacción genuina.

Te recomiendo, joven Owen, que no intentes hacer eso sin pedirle permiso a la gente, al menos durante tu estancia en la Torre. Aquí la gente es maja, pero cuando se enfada las cosas explotan de manera violenta —Le dije, medio burlón medio paternal—. Yo, personalmente, me lo tomaré como un accidente. No será lo peor que me haya hecho un alumno...

Volví a estirarme y solté un bostezo, un poco como un minino gigante cubierto de escamas.

Pero bueno, ignorando este pequeño percance, ¿qué te parece el Valle? ¿La Torre? ¿Comenzaste ya tus estudios? Me gusta entrevistar a los alumnos, porque si no me aburro.

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El dragón me dió, lo que me pareció un ligera reprimenda. Yo en su lugar habría echo algo bastante peor, menos mal que el no parecía molesto en absoluto.

Murmuré unas palabras de disculpa, ni siquiera pensé que pasaría algo, me imaginaba que me quedaría como un bobo mirandole fijamente a los ojos hasta que se me secasen por falta de parpadeos y ya.

El, ignorando el (por mi parte vergonzoso)  suceso, se interesó en mi haciéndome preguntas.

-El valle es increíble, un lugar estupendo para estar solo y disfrutar de la naturaleza...
Y que decir de la Torre, solo la habitación que me han asignado es mucho mas de lo que e tenido nunca...  


Me entristecí, esto ultimo me había recordado a mi madre. Era cierto nunca habiamos tenido lujo alguno y hasta las cosas básicas a veces faltaban, pero mi madre jamas había dejado de esforzarse por cuidar de mi y se sacrificaba cada día por intentar que fuese feliz a pesar de las penurias.
Ni siquiera pude despedirme de ella... Simplemente me escapé sin de ir nada y cuando volví ya estaba...
Interrumpí mi propio pensamiento no queria pensar en aquello.

Intenté centrarme en lo que Templar me preguntaba.

-Pues la verdad es que no he podido abrir el libro de la Tierra apenas, ya que acabo de llegar hoy a la Torre, de todos modos aun no entiendo muy bien que pone en las runas de los libros, pero supongo que con el tiempo ya no será un problema.

Me apoyé en uno de los muros observando como el ultimo de los rayos de sol se iba desvaneciendo poco a poco.
Sin apartar la vista le pregunté:

-Y que te ata a este valle, Templar? Si yo fuera tu volaria lejos, lo mas lejos posible, vería todo lo que queda por descubrir del mundo.

Si, eso era lo que queria, a pesar de que estaba muy lejos de casa no parecía lo suficiente, aun lo sentía muy reciente, como si estuviese sucediendo aun en algún lugar, con un mago oscuro, un demonio y un Owen demasiado confiado siendo engañado.

Decidí apartar nuevamente estos pensamientos, tiempo atrás, tras la muerte de mi madre, decidí que nunca más estaría triste, que seria fuerte y no dejaría que nadie mas me engañara, y sin embargo aquí estoy rompiendo mi propia promesa al sentirme así.

Sacudí la cabeza ligeramente apartando todo eso de mi mente y me volví otra vez, hacia templar con un aire mas alegre.

-Y que es eso de hacerse pequeñin? Nunca había oído de un dragón que encogiera. Dije burlonamente mientras una ligera risita asomaba entre mis labios que cesé al poco, la verdad es que tenia su gracia si lo pensaba.
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Por sus palabras, me imaginaba que al joven Owen no se le daba muy bien eso de relacionarse con sus compañeros, o directamente rehusaba el contacto con otras personas. Por lo segundo que dijo, era de orígenes humildes, pero la verdad es que conocía a muy poca gente que había tenido una habitación propia antes de llegar a la Torre, así que quizás estaba malinterpretando su comentario.

Me quedé escuchándolo con tranquilidad hasta que me habló. Este resultaba ser su primer día en la Torre (déjà vu) y aún no había conseguido ni abrir el libro de la tierra (déja vu), lo que reforzaba mi teoría sobre que lo de antes había sido un accidente y poco más. Al menos, eso espero por su bienestar. Luego me preguntó sobre mi vida, como suele ocurrir en estas situaciones y me preguntó qué me ligaba al Valle.

Ah, joven Owen, resulta que yo he explorado todos los rincones del mundo hasta que se cansaron mis alas de tanto volar, y decidí que este era el mejor lugar de todos donde caerse muerto —le comenté con un tono de voz divertido—. Aquí hay toda la comida que quiero, nadie se atreve a desafiarme... la única pega son esos chuchos llenos de pulga, pero la perfección no existe, aunque el valle se le acerca.

Y bueno, también estaba el hecho de que había estudiado en la Torre y sentía cierta deuda hacia su señora y el unicornio del valle, o quizá quería mi venganza contra ese caballo blanco con un tumor en la frente, no lo sé. No había vuelto a verle y no había pensado en qué haría con él si alguna vez llegamos a cruzarnos, porque es la causa primera de mi estado natural. No sé si se lo agradecería o si le daría un zarpazo, aunque creo que en este caso la Diosa me fulminaría con un rayo o haría algo peor.

En fin, no creo que haga falta contarle la triste historia de mi vida a todo aprendiz que se cruzara por mi camino, ¿no? Por eso agradecí que no indagara más sobre mi pasado y pasar al hecho de que pueda cambiar de tamaño, aunque formuló la pregunta de una forma divertida. Tras soltar una risotada de dragón, le respondí.

Eso es una manifestación de mis poderes mágicos. Soy uno de los pocos dragones del mundo (quizás el único) que puede hacer magia... —y mientras hablaba, dejaba a mis escamas cambiar de color y forma. Rojas y redondeadas, azules y hexagonales, doradas y ovaladas, plateadas y rugosas con pinchos. Cuando dejé de pavonearme, volví a mi forma normal—. Lo del tamaño es para entrar en la Torre, porque, por lo general, soy del tamaño de una casa y no quepo por la puerta.

Volví a estirar mis alas y a crugir mi cuello, mientras calculaba cuánto duraría la poca luz que quedaría en el valle, y luego le hablé.

Para ser sincero, no había pensado que iba a tener una conversación, mi plan original era estirar un poco las alas y sobrevolar el valle para asegurarme de que todo está en orden. No quisiera ponerle fin prematuramente a nuestra charla, y a la gente le suele entusiasmar volar a lomos de un dragón. —Confiaba en que fuera capaz de entender a dónde quería llegar. No todos los días llevo a un aprendiz a lomos cuando voy volando, más que nada porque es una molestia para mí y un peligro para ellos, pero de vez en cuando hago alguna excepción.

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Me dijo que el valle le parecía un lugar perfecto (o casi) para vivir, la verdad yo no llevaba aqui el tiempo suficiente para juzgarlo, pero si era cierto que aquel sitio emanaba una esencia especial, magica podríamos decir Pues claro que si, estoy en una es escuela de magia... .

Más tarde respondió a mi pregunta sobre su tamaño, resultaba que podía usar magia como un humano, al menos eso entendí yo.

Vi como su piel cambiaba de color y forma múltiples veces generando un espectáculo visual, era algo que valía la pena ver.
El tamaño por lo visto era solo un truco para poder entrar y salir de la torre con libertad.

Estiró su cuerpo como haría alguien para desperezarse por la mañana al levantar y a continuación me hizo una proposicion que no esperaba en absoluto, por lo que entendí queria que me nontase encima suya cual corcel y volara.

La idea era fascinante y despertaba un sentido de la aventura que estaba dormido desde el asesinato de mi padre
Si desde las almenas ya tenia esas impresionantes vistas, que no podria ver a lomos de ese dragón?

-La verdad es que no me importaría continuar nuestra conversación.
Normalmente no me gusta pasar tanto rato con nadie, pero la oportunidad de volar a lomos de un dragón no se presenta todos los días

Miré al cielo, ya no había luz del sol, pero el cielo aun no estaba negro,estaba teñido de un añil oscuro que era precioso, este era el momento del día que mas me gustaba solo por ese cielo.

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La revelación de que soy un dragón-mago no pareció afectarle tanto como debería. Quizá él no tenía ni idea del hecho de que los dragones no pueden hacer magia, según las leyes establecidas en la creación del mundo, lo que es lógico si tenemos en cuenta que ni sabe leer arcano. Aún no ha aprendido que el único fuego contra el que los magos no pueden defenderse es el fuego que escupe un dragón, y me imagino que se pensará que todos los dragones escupen fuego porque pueden hacer magia y no por cuestiones de pura biología.

Pero en fin, algún día el mundo descubrirá lo brillante que soy y Anaë'draýl vendrá a pedirme de rodillas que vuelva a unirme a su estúpido Concilio de Archimagos. ¿Quién quiere tanta responsabilidad con tan poco poder? Aunque, bueno, tampoco sé qué responsabilidades tienen los miembros del Concilio salvo reunirse una vez cada no sé cuántos años para charlar un rato y pillar cogorzas.

Volvamos al tema. A Owen le gustaría dar una vuelta y ver el valle desde las alturas, y no iba a ser yo quien se lo negara, porque yo fui el que, a fin de cuentas, se lo ofreció. Me puse a su lado y me agaché un poco, invitándolo a subirse.

Agárrate a mi cuello con fuerza, no vaya a ser que te caigas. Si eso acaba ocurriendo, asegúrate de pegar unos cuantos gritos... las escamas dificultan eso del sentido del tacto —Le decía, medio en broma, medio en serio—. Pero en fin, recuerda gritar, así sé que tengo que intentar rescatarte antes de que te conviertas en una mancha contra el suelo. ¿Vale? Vale...

Cuando se subió y se agarró, comencé a volver a mi tamaño original, y solo me lancé de las almenas de la Torre al aire cuando sentía que ya no iba a caber en aquel espacio. Entonces, de un salto poderoso, me elevé por los aires con las alas extendidas, para aprovechar la altura y planear un poco antes de batir las alas para volver a elevarme. El valle se había convertido en un mar de sombras en el que brillan la Torre y sus jardines como la luna llena a la que aúllan los pulgosos lobos.

¿Sigues vivo? ¿Qué te parece? —bramé, girando algo la cabeza para asegurarme de que no había perdido a mi pasajero. Eso sería muy mala publicidad para las aerolíneas Templar.

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Me monté encima de Templar, agarrándome con cuidado pero firme a su lomo, por lo que me dijo a continuación, la posibilidad de caer era ahora muy real. Esto hizo que me entraran aun mas ganas de hacerlo.

Templar empezó a crecer hasta tener un tamaño considerable, cuando cesó su cambio de tamaño un impulso me llevó a tirarme hacia atrás, pero me agarre con fuerza y pegué mi cuerpo al lomo de templar para ofrecer menor resistencia al aire.

Desde allí arriba tenia unas espectaculares vistas de todo el valle y las montañas, veía por debajo nuestra aves que surcaban el cielo como nosotros de diferentes colores, pero que por la ya escasa luz empezaban a parecer todos de un color negruzco.

Más allá en las montañas se oía a los lobos aullar, a los búhos ulular en los arboles y por encima de todos los sonidos el potente rugir del viento en mis oídos.

Me atreví a soltar las manos y levantaras, disfrutando del aire en la cara, pero un golpe de viento me golpeó el pecho y estuve a punto de caer, por suerte me agarré justo a tiempo de la escapula derecha de Templar y me recoloqué otra vez bien puesto sobre su lomo.


-Templar! Esto es increíble! Bramé, mientras alzaba al cielo un grito de euforia.

Un poco mas tarde en un giro que había hecho Templar, me agarré a mal sitio y me hice un corte en la mano con el borde de una de las escamas de su espalda, pero apenas lo notaba, era todo demasiado increíble como para dejar de prestar atención a todo y prestársela a una pequeña herida.
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Si me preguntáis a mí, el vuelo fue algo que no se salía de lo común y de lo que suelo hacer yo. Es decir, quizá volaba de manera un poco más temeraria de lo que suelo hacer, pero eso era únicamente para darle más emoción al hecho de que Owen estaba volando a lomos de un dragón. No escuché ningún alarido de su parte por lo que confiaba en que se  había agarrado bien a mí, y me lo confirmó gritándome que esto era increíble.

Como respuesta solté un rugido gutural que seguramente habría despertado a los que estuvieran echándose una siesta muy, muy larga, y escupí una nube de llamas anaranjadas que, durante unos breves segundos, fue un minúsculo reemplazo del Sol que se había escondido detrás de las montañas. Y continué volando, de vez en cuando girándome para ver si aún tenía al aprendiz agarrado a mí, de vez en cuando bajando en picado para volver a elevarme en el último momento, de vez en cuando planeando ligero por el aire para descansar un poco.

Cuando ya consideré que todo en el valle estaba como debería estar y que a Owen le daría un ataque al corazón de tanta sorpresa y sobresalto, planeé de vuelta a la Torre, pero aterricé en los jardines, no queriendo arriesgarme a aterrizar en las almenas y derribar sin querer los pisos más altos de la Torre. Es decir, dudo que sea capaz de hacerlo pero también dudo del hecho de no ser capaz.

Cuando aterricé, plegué las alas y le dije a Owen:

Espero que te haya gustado el vuelo. Cuando seas mago de mayor nivel, serás capaz de volar tú solo.

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Humano
Nombre : Owen Samuel Charle
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El viaje sobre el valle fué espectacular, pero Templar la cabo de un rato aterrizó en los jardines.
Yo, con la respiración acelerada me escurrí de su lomo hasta llegar al suelo y me senté en una roca cuya superficie era plana, lo suficiente cono para sentarse y no moverse hacia los lados o lastimarse con cualquier pico de la roca.

Cuando sus alas estuvieron plegadas me dijo que yo tambien podría volar cuando fuese mas experimentado, la idea de volar o cuenta propia era muy atractiva.
Parecía ser que con el suficiente poder y conocimientos no había prácticamente nada que no se puediese hacer con magia, al menos esa la impresión que daba a alguien cono yo, que nunca había presencia la magia, exceptuando mi fatidico encontronazo con el mago oscuro que me quitó lo unico que tenia.

Me dirigí al dragón con una media sonrisa.
-Gracías por dejarme subirme subirme a tu lomo, si fuera yo no dejaría que nadie se me subiera encima, aunque puede que sea por seoy un poco huraño me llevé una mano detrás de la cabeza y me reí ligeramente.

Miré el cielo, ya se veian las estrellas brillar en la bóveda celeste, si no me iba me perdería la cena.

-Lo lamento mucho, pero debo irme, espero de verdad que nos veamos de nuevo por la Torre.

Hice un gesto de despedida y me dirigí tranquilamente a la entrada de la torre.

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Dragón
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Según parece, le había parecido muy agradable el vuelo si su expresión y su comportamiento durante el trayecto. Me dio las gracias por haberle dejado subirse y llevarle conmigo mientras hacía mi inspección nocturna del valle y me confesó que él, personalmente, no dejaría que nadie se le subiera encima. Es decir, yo tampoco suelo dejar que nadie se me suba encima, suelo invitar a la gente a que se monte y cosas así.

No sé, es más una cuestión de consentimiento y educación, según me parece. Pero bueno, Owen se estaba riendo y creo que le caigo bien a otro alumno. Se despidió y me dijo que esperaba volver a verme por la Torre, y confío en que será verdad, aunque ya no sé si será en esta forma o en la de elfo (aún tengo que perfeccionar unos cuantos ajustes).

Buenas noches y que descanses, y... —olfaté el aire un instante mientras le miraba—. Hueles a sangre. ¿Te has herido? —Observé que una de sus manos estaba teñida de sangre—. Te curaría yo, pero no puedo utilizar magia curativa... pregúntale a cualquier aprendiz o maestro si puede echarte una mano con eso, o sube a la enfermería. Hazme caso, sería una pena que se te infectara.

Aunque podía aterrizar en el jardín en mi tamaño verdadero, era más difícil alzar el vuelo sin derribar un árbol o golpearme las alas contra un muro. Cuando fui lo suficientemente pequeño para echar a volar, lo hice, profiriendo otro rugido de despedida para el aprendiz.

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