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Llevaba varios días de viaje, aunque mi destino no era el Reino de la Noche no podía evitar pasar por aquel lugar. El cielo nocturno era algo que no se podía evitar en aquel sitio, a pesar de encontrarse en la penumbra tenía un cierto encanto y las luces que provenían de las casas contribuían en su belleza, si a eso le sumabas el canto de algunos búhos que andaban cercanos a donde estaba, la belleza se acrecentaba.

Por una vez en mi vida había tomado una decisión con claridad y no pensaba abandonarla, quería llevar a cabo una misión en la que yo era mi propio jefe. Sabía que no iba a ser fácil pero tampoco iba a abandonar como si hubiera sido la primera idea que me rondaba por la cabeza. Era algo serio, el mundo en que me estaba adentrando no entendía de ganar o perder sino de vivir o morir.

Cualquier otra persona habría ido por las calles del Reino de la Noche con cierto temor provocado por la idea de encontrarse con algún individuo sin buenas intenciones o algún siervo del Dios que buscara diversión aprovechando la oscuridad y el silencio de la zona. Pero yo no tenía ningún miedo, a pesar de ser un aprendiz me sentía capaz de hacer cualquier cosa incluyendo enfrentarme con quién fuese necesario.

Estaba cansado pero también tenía hambre así que decidí entrar en alguna casa a robar algo de comida o entrar en alguna posada que me permitiera pasar allí el tiempo que me hiciera falta. Al no tener la referencia del sol, no podía saber en que momento del día me encontraba realmente. Ahora que lo pensaba era mejor la segunda opción.
Sí, seguramente haría eso de todas maneras no me quedaban muchas alternativas.
Sin perder más tiempo me puse en marcha, tenía todo el tiempo que quisiera y eso me tranquilizaba, pero aún así no pude evitar acelerar el paso.
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La vida es una muerte que viene.                        

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Elfo
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Una brisa calmada soplaba entre los árboles, avanzaba entre penumbras, siguiendo su instinto. Sonaba en su cabeza una melodía, pero él no la tarareaba. Sus ojos se oscurecieron un poco, inapreciable en aquella oscuridad, recordando tiempos pasados donde bailaba y cantaba en las fiestas de su pueblo con muchachas hermosas y hombres felices, entre humanos, elfos y enanos. Deseó, por un instante estar ahí, junto al fuego, con su padre que le decía: "Hijo mio, siempre debes recordar que un hombre sabio teme tres cosas: La tormenta en el mar, la noche sin luna, y la ira de un hombre amable", recordó su respuesta "Siempre he preferido las noches sin luna. A oscuras es más fácil hablar. Es más fácil ser uno mismo." De pronto dio un traspié con una larga y gorda raíz que sobresalía, como si alguien la hubiese puesto ahí por estorbar, y estuvo a punto de caer cuan largo era. A regañadientes recordó la respuesta de su padre: "También es más fácil tropezarse y partirse la crisma." Apartó aquellos pensamientos de su mente y continuó su avance, esta vez con más cuidado.

Tras un largo viaje hasta aquella "remota" tierra confirmó las historias y leyendas, había coincidido su entrada con la noche (pues él solo podía viajar de noche) por lo que no sabía con certeza cuándo había entrado en el rango de acción del hechizo, se preguntó cómo debía ser el mago que conjuró semejante maravilla y cómo era posible que persistiese hasta sus días, incluso  los elfos más ancianos y aventureros afirman que en la época de sus abuelos no se recordaba jamás aquél lugar iluminado con luz solar. Le gustaría saber más acerca de ese hechizo, del por qué, del cómo, de quien y de cuando, de cómo eran sus límites y de si se trataba de otra dimensión o si seguían en la misma, ¿una cúpula?¿una barrera?¿un portal descomunal?.

La noche siempre fue su favorita para pensar, aquella era una noche sin luna, y las estrellas apenas iluminaban lo suficiente para ver donde pisabas. Caminaba por las lindes de bosque, para no atraer miradas curiosas y porque quería encontrar una pequeña laguna o lago o charca para bañarse pues tras unos cuantos días no había podido asearse y si bien tenía aspecto de mendigo y se comportaba como tal había una gran diferencia entre serlo y parecerlo, y quería que siguiese así. Se había planteado pasar por una posada, curiosamente por aquella parte del reino de la noche había pueblos independientes, los llamaban fronterizos porque estaban cerca de la frontera entre los demás, una frontera visible y natural sin necesidad de hechizos, las montañas. Sin embargo, lo curioso era que aunque se llamaban fronterizos la mayoría despreciaba a los forasteros y las tabernas quedaban lejos de sus calles, de hecho las posadas no se encontraban si quiera en los pueblos. Bastante extraño, y más para él, acostumbrado a Wölkrone donde había tabernas y posadas a cada paso.

Se alejó del pueblo lo suficiente para no ser visto a menos que realmente tuvieses la intención de hacerlo o prefirieses la compañía de los árboles a la de las personas, cosa que siendo un forastero... tal vez fuese así. Fue recogiendo unas cuantas ramas y encendió un pequeño fuego, no quería usar un hechizo térmico para ahorrar energías, no había comido en días y aún prefería reservar el frasco para cuando fuera necesario. De hecho si quería comer encender un fuego no era lo más acertado para atraer animales; sin embargo, podía atraer a otro tipo de presas, más jugosas y nutritivas. Una sonrisa demasiado radiante para considerarse propia de alguien cuerdo le iluminó el rostro pero se apagó enseguida devolviéndole el aspecto de un mendigo maloliente sin un penique para comer, cosa que, en cierto modo, no era del todo falsa.

- Dòh Vèth Ewë Tót Iak - No tardó mucho en percibir un cambio en el ambiente y sus ojos centellearon de júbilo, un par de animales vigilaban los movimientos del elfo desde la oscuridad pero había algo más, y no era el búho, se trababa de una persona, no podía saber mucho más pues solo era un hechizo detector pero aquello le bastaba. Tomó una de las piedras que había junto al fuego - Ash Nän Uv Reve Zyn - En su mano se hallaba ahora un exquisito muslo de ciervo que no tardó en poner sobre el fuego inundando así el aire de un delicioso sabor a carne recién hecha. Creó una discreta brisa que llevó el olor hacia la persona que caminaba y esperó, no había más que pudiese hacer, pero estaba convencido de su plan. Su rostro estaba serio, como lo estaría el de cualquier jornalero tras una dura jornada de trabajo, o cualquier aventurero tras un largo viaje.
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"¿Honor? Oh, sí, por supuesto.
Lo guardo en el fondo de mi morral y lo saco en las noches de viento, para abrillantarlo y mirarlo junto al fuego, en medio del bosque. Se ve grandioso, créeme. Pero es pobre compañía y no sirve para mantener a uno caliente."


Torm del Fuego Mágico
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Los caminos empedrados por los que pasaba me recordaban al pueblo donde nací, era un lugar alegre y luminoso todo lo contrario al pueblo donde ahora mismo me encontraba. La algarabía de los campesinos te hacía sonreír por muy triste que te encontrases en aquel momento y bajo el caluroso sol del verano, la cooperación de los habitantes del pueblo hacía el trabajo más llevadero. Sonreí al recordar los buenos momentos que pasé cuando todavía tenía la inocencia de un niño, inexperto en la vida y con un corazón indomable con ansias de vivir.

Recordé mi objetivo; buscar una posada en donde descansar. Instintivamente mi semblante se volvió serio. Había estado paseando por casi todo el Reino de la Noche divagando en mis pensamientos y no había prestado atención a la verdadera razón por la que estaba deambulando por los alrededores. Suspiré. Tendría que acampar en algún lugar discreto y cómodo en cuanto a mis necesidades. Estaba demasiado cansado para seguir caminando.

Me adentré en un bosque cercano al pueblo donde hace unos minutos andaba merodeando. Seguramente allí encontrara un lugar tranquilo en el que poder reponer las fuerzas necesarias para continuar mi viaje. Un olor a carne puso en alerta mis sentidos, no podía venir de alguna casa que estuviera cocinando algo, estaba demasiado lejos de la sociedad para que se tratase de eso, tendría que haber alguien algún aventurero quizás que pasara allí la noche.

Caminé sigilosamente en dirección al olor, para mi sorpresa no había tanta distancia entre nosotros, observaba en las sombras a un joven un tanto extraño, parecía un mendigo así que podría aprovecharme fácilmente de él, pero prefería no dejarme llevar por las apariencias. Debía estudiar primero al viajero, tal vez me sirviera de ayuda o ¿Quién sabe lo que podría ocurrir? Salí de entre las sombras esbozando una fría sonrisa. La hoguera iluminó mi rostro y después todo mi cuerpo, dejándome ver por completo.

-¿Debería preocuparme vuestra presencia? -Dije levantando una ceja mientras lo decía

Sabía muy bien por qué lo decía, el joven no había hecho ningún ruido, su posición no estaba muy lejos de la mía, tendría que haberlo escuchado en algún momento a no ser que supiera ya de mi presencia en los alrededores y su  aspecto tampoco ayudaba a darle una mejor imagen en la que se pudiera confiar con facilidad.

-Siento mi descortesía, soy Aryeh Huxley -Por una vez en muchos años di mi verdadera identidad, sentí una punzada de nostalgia- Pero la gente suele llamarme Leon, Leon Huxley.

Ese chico me resultó diferente y familiar, parecía que una parte de mí no me dejaba confiar en él pero por otra parte sentía que ese joven y yo no éramos tan diferentes, era una intuición que parecía ser más fuerte que la propia realidad. Le tendí la mano cortésmente dejándome llevar por mi instinto.
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Elfo
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Las estrellas brillaban en el firmamento y su luz se colaba entre las copas de los altos árboles, pero quedaba ahogada en la llama vivaz y radiante que ardía en la hoguera, pequeñas chispas anaranjadas se elevaban como en un silencioso desafío al cielo nocturno, a ellas se sumaba, aunque en voz baja, el canto del propietario. El vampiro ajustó la colocación de los troncos con un palo alargado, fuerte y resistente; amaba ese tipo de palos, servían para todo, desde apoyarse en el camino hasta defenderse de alguna fiera corrupia.  

Un leve arrullo sonó en la noche, como si un nuevo desafío se prestase en contra del crepitar de la hoguera, el sonido de una hoja al caer en suelo húmedo, el sonido del viento al esquivar una rama... muchos lo habrían atribuido al bosque pero él no, había pasado media vida entre árboles y sabía que era un elemento externo, él en cambio no era un extraño, él era el bosque. El sonido se repitió, esta vez más cerca y en su rostro se dibujó la sorpresa, con prudencia apartó el palo del fuego señalando en la dirección de donde provenía el ruido, con la punta aún enrojecida por el calor de las llamas. Mientras en sus ojos comenzaba a arder una llama de incertidumbre (o al menos eso parecía) su canto se apagó, devolviendo el trono al fuego que, orgulloso de haber recuperado protagonismo, crepitó con fuerza para retar a alguien a superar su sonido. Debió llevarse una decepción cuanto tuvo que iluminar, con su luz, el rostro de un joven al que no pocos habrían descrito como apuesto. El vampiro lo miró, con rostro extrañado ahora, como si sus miedos ante lo que podía haber sido se hubiesen esfumado al revelarse su aspecto, pero no bajó la guardia ni tampoco el palo. La pregunta del joven casi le hizo reír pero aguantó, inexpresivo, no podía arruinarlo todo ahora o escaparía cual ciervo.

- No más que a mi la vuestra, joven - Era un elfo sí, pero su voz no era melodiosa como la de los de Elendë, no estaba aterciopelada y tampoco lo estaba él. De hecho, su voz sonaba tosca, no descortés, sino como si no hubiese hablado en mucho tiempo y sus palabras no supiesen cómo sonar adecuadamente - Me llamo... - Hizo una pausa de nuevo, meditando su respuesta, buscando las palabras adecuadas, recordando su nombre. - Alucard, solo Alucard - En su boca las palabras le sabían pastosas y difíciles de pronunciar. Bajó el palo aunque le dirigió una mirada desconfiada y lo dejó a mano, como si quisiese tenerlo cerca por si se diera el caso de tener que usarlo, para atizar el fuego por ejemplo. Al tocar tierra, la parte donde la punta descansaba desprendió un pequeño hilo de humo seguido de un casi inaudible sonido que calló enseguida, como si hubiesen metido un hierro candente en miniatura en agua fría, y no dio señales de que fuese a volver a decir más durante el resto de la noche, en aquél caso era un largo tiempo.

Alucard miró al fuego y en sus ojos rojos se reflejaron las llamas, que parecían saltar y danzar en un ritual propio, casi hipnótico. - ¿Por qué te llaman Leon? - Hablaba despacio, como masticando cada palabra, y su voz era grave pese a su aspecto joven aunque no parecía tan joven mugriento y maloliente, con sus ropas holgadas y rojas, de no ser elfo seguramente tendría una copiosa barba que sería la guinda del pastel. - No parece tener mucho que ver con Aryeh - Con un gesto de cabeza, pero sin separar la mirada del fuego, señaló primero la carne dando a entender que podía comer si estaba hambriento y luego señaló con el mentón el suelo en la parte opuesta de la hoguera en un mudo ofrecimiento a que se sentase.
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"¿Honor? Oh, sí, por supuesto.
Lo guardo en el fondo de mi morral y lo saco en las noches de viento, para abrillantarlo y mirarlo junto al fuego, en medio del bosque. Se ve grandioso, créeme. Pero es pobre compañía y no sirve para mantener a uno caliente."


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Me apoyé en un árbol cercano mientras se presentaba como un tal Alucard, todavía desconocía su apellido pero no tenía necesidad de saberlo, conocía su nombre y con eso me bastaba.

Jugueteaba con los guantes negros de cuero que llevaba puestos, incómodo. Dirigí mi mirada a los ojos de aquel chico, no debía bajar la guardia ni confiarme, su presencia despertaba en mi interior curiosidad pero no dejaba de ser un desconocido, un desconocido que podría mentirme sobre su verdadera identidad o atacarme en el mejor momento. Sin darme cuenta, mis ojos color avellana seguían fijos en los de él. Me miró desconfiado y pude apreciar un brillo siniestro en su mirada, su color de ojos tampoco pasaba desapercibido, sin embargo, no me asustó, al revés, aumentó mi curiosidad por él. De repente ya no lo vi como una amenaza.

- ¿Por qué te llaman Leon? -mi rostro se iluminó al escuchar aquella pregunta, nunca nadie antes me había preguntado aquello.- No parece tener mucho que ver con Aryeh

Antes de decir una sola palabra me señaló con la cabeza a un trozo de carne, apenas me moví ante aquel ofrecimiento, seguía mirando fijamente a Alucard, mis modales no me permitían recibir comida ajena por muy hambriento que estuviese. Negué con la cabeza. Luego señaló el lado opuesto al que él se encontraba. Incliné mi cabeza hacia el lado izquierdo, después, me dispuse a sentarme donde él me indicó.

- Vengo de una familia que trabajaba para ganarse su alimento. Desde un pueblo que contaba con la cooperación de todos sus habitantes. Quién no fuese como los demás ni hiciese lo mismo era un extraño, era... Diferente. En mi caso, contaba con unas cualidades que- Hice una breve pausa intentando recordar- no solían ser comunes. Siempre fui el débil de mi familia, el que no servía para nada y lo único que valía era su aspecto. Conforme fui creciendo me hice un hueco en la vida y fue duro, te lo aseguro. El León era un animal que representaba fuerza y valor y según las antiguas escrituras Aryeh significaba León, cuando me enteré, no dudé en dejar atrás mi verdadero nombre para hacerme llamar por el significado del mismo. Aryeh es mi pasado y Leon es mi presente.- Mi voz sonaba grave, el recuerdo de la muerte de mi hermano vino a mi mente sin que yo lo llamara, sacudí la cabeza frunciendo el ceño.

-¿Sabes? Nunca antes había hablado de esto con alguien. -Escuché la leña crepitar y varias chispas se elevaron al cielo buscando la compañía de las estrellas y el silencio de la noche- No sé porqué, pero tengo la intuición de que tú y yo no somos tan diferentes.

Cogí de mi bolsillo un diminuto frasco con un líquido incoloro. Cuando quité el corcho del frasco, el líquido también era inodoro, no emitía ningún olor. Saqué otro recipiente un poco más grande, en él se hallaba un poco de agua. No me preocupaba que Alucard me viera mezclando sustancias tóxicas, no pensaba que supiera de qué tipo de sustancias se trataba y en el caso de que sí, tampoco pensaba que hiciera algún comentario al respecto.

Abrí el otro recipiente y volqué en él el líquido incoloro del frasco, mi semblante permanecía serio y centrado en lo que estaba haciendo, un solo error podría costar mi vida y la de mi acompañante. Había utilizado todo el arsénico que creé mediante la alquimia, ya no me quedaba nada. Agité el recipiente que aún tenía en mi mano izquierda con el propósito de mezclar las dos sustancias. Cuando me aseguré de que la mezcla había salido exitosamente vertí un poco en el frasquito pequeño.

Quién bebiese aquella mezcla que acaba de crear en cuestión de minutos moriría por envenenamiento. ¿Cuáles eran mis intenciones? Ni yo lo sabía, pero me vendría bien tener recursos para matar a quién fuese necesario si la situación lo requería. Con una amplia sonrisa le tendí a Alucard aquel peligroso frasquito quedándome yo con el recipiente grande.

-No bebas, podría matarte. -Guardé el veneno que me quedaba en mi bolsillo -Es un tipo de veneno, uno de los más letales que se consigue mediante la alquimia, podría venirte bien. Digamos que regalarte esto es mi forma de darte las gracias por aceptar mi compañía. -Dije con sarcasmo

El arsénico podía salvarte la vida o bien, arrebatártela. Todo dependía de quién y para qué lo utilizase.
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Al vampiro, que observaba todo con un brillo calculador en la mirada, no le pareció que Leon estuviese por la labor de bajar la guardia. Se fijó en su aspecto, su rostro era incluso más apuesto a la luz de las orgullosas llamas que parecían, de algún modo, darle parte de su belleza como si el hecho de iluminar un rostro bello le hiciese más llevadero asimilar que debía compartir su luz y calor con otros. Su crepitar calmado sacaba reflejos en los ojos de Leon que también lo observaba a él y al ambiente, como si los estuviese evaluando a ambos. Había duda en ellos pero, si bien no bajaba la guardia, no había miedo, incluso parecía entrever curiosidad.

Habiendo rechazado mi primer ofrecimiento, aunque no el segundo, se dispuso a hablar. Aquella situación le extrañaba, era de noche y estaba en pleno uso de sus facultades, físicas y mentales, no había que temer al amanecer y el joven parecía muchas cosas excepto un peligro mortal, aunque no quería dejarse llevar por las apariencias. Pese a ello, y sin dejar de prestarle atención, en su cabeza iban pasando recuerdos, imágenes borrosas e inmóviles o coloridas y animadas... algunos no parecían tener sentido siquiera, se recordaba a si mismo subiendo unas escaleras oscuras bandeja en mano y abría una puerta con el codo intentando mientras tanto no derramar el contenido de esta, una ensalada de pepino con un té... y un pedazo de carne que no parecía cuadrar en el menú. Desechó esos pensamientos, era mejor no bajar la guardia.

Según el humano iba respondiendo a su pregunta una parte de él se estremeció, un escalofrío recorrió su espalda. Esa historia le sonaba, y no es que no la hubiese oído veces, de hecho era una historia que muchos aventureros compartían, hechos que marcaban sus vidas y les obligaban de una u otra forma a partir en busca de algo, la mayoría de veces la verdadera búsqueda era saber qué buscaban, qué esperaban encontrar en el camino. Hombres como él y como Leon eran almas en busca de un objetivo pues el que anhelan suele ser inalcanzable o de una dificultad extrema. En su caso, le movía el rencor, un rencor intenso por los dioses y por Ventus Geth, había sido maldecido no solo con la desdicha de su familia sino también con la suya propia, privándole de la luz del sol y todo lo que el vampirismo conllevaba.

Las palabras del chico parecían sinceras, por supuesto él no era lo que podría definirse como un experto en sinceridad y su limitado contacto con otras personas dificultaba sus relaciones sociales, sin embargo algo le decía que aquél no era malo, no de corazón, no con él, al menos no en ese momento. Se inclinó hacia delante y se sentó en una rama que sobresalía del suelo, apoyó los codos en un gesto que entrelazaba sus manos alargadas y finas, pero fuertes y resistentes, lo que ayudaba a su aspecto de mendigo, parecía un hombre acostumbrado a tener que arreglárselas solo, lo cual era cierto.

- "Aceptó su pasado, vive en su presente" - Pensó lenta y detenidamente. Vladimir, pese a la opinión de los pocos que han podido entablar conversación con él desde que se volvió un vampiro, no era un hombre tonto, ese era muchas veces su gran error, subestimar a la gente de pocas palabras y que se tomaba su tiempo para pensar. Su condición y su personalidad dificultaban su raciocinio pero él se esforzaba por suplirlo con un gran esfuerzo mental. Sin embargo, en ocasiones, simplemente su mente no era lo suficientemente fuerte, o estaba cansado, o cualquiera de esas excusas que se pone uno mismo para justificar sus desgracias, y su locura traspasaba las barreras tomando su mente y controlando sus actos, a veces lo prefería así, era lo más fácil, dejarse llevar, sin pensar, sin sufrir... pero no, aquella vez se sujetó, aunque en su ojos brilló por un instante la locura bien se podía confundir con el reflejo del fuego. No sabía por qué pero quería confiar en él, darle una oportunidad, tal vez fuese que, en el fondo y sin necesidad de sus palabras él también creyese que no eran tan distintos. Y eso era extraño para él pues desde que se había vuelto vampiro siempre se había sentido desplazado, diferente, una amenaza para los demás y para si mismo.

Sin hacer comentarios a la historia de Leon, aunque su actitud corporal indicaba que estaba atento, observó los movimientos que hacía. Supuso casi desde el primer instante de que se trataba de algo peligroso, y no era porque lo supiese o fuese un experto, pero solía pensar siempre en lo peor. No se amedrantó sin embargo, esperó pacientemente. Un leve gesto de sorpresa se dibujó en su rostro ante el ofrecimiento, no tenía intención de beber desde luego, además como era un vampiro nada que no fuese sangre le serviría para alimentarse. Se relajó ante las palabras que acompañaron su generoso gesto y tomó el frasco, no con brusquedad, estirando el brazo con cautela mientras vigilaba que no desenvainase una espada o un cuchillo y tratase de matarlo, no es que una espada o un cuchillo le pudiesen hacer mucho como vampiro, pero no estaba de más ser precavidos.

- Gracias - Dijo solamente cuando volvió a su sitio. Sus ojos se volvieron a encontrar y él no rehusó el contacto. El chico tenía unos ojos profundos, jóvenes sí, pero parecían haber vivido mucho, y aquello le gustaba. Por supuesto no podía haber vivido más que él, un elfo de quinientos años, pero estaba seguro de que su vida no había sido fácil y de que había aun muchas cosas en el tintero.

- Mi nombre es Alucard - Repitió despacio, de hecho dejaba tanto espacio entre palabra y palabra que parecía haber acabado de hablar cuando llegaba la siguiente. Más de uno perdía la paciencia con él, pero él no tenía prisa, nunca la tenía. Metió la mano en su camisa y sacó un frasco a relucir, no era un frasco grande, de hecho apenas pesaba lo cual era útil pues lo llevaba al cuello a modo de collar. Su contenido era un líquido carmesí al que el fuego parecía darle vida con sus destellos en el cristal transparente. El vampiro miró a Leon una vez más, como valorando si hacía lo correcto, y se decidió. Destapó el frasco y de un trago se bebió su contenido, no duró mucho, apenas unos segundos, pero su rostro se vio de pronto un poco más colorido y él no parecía tan cansado. Si dijese que no había pensado en matarlo y beber su sangre habría mentido, pero por alguna razón ya no deseaba hacerlo, o al menos creyó que no era necesario. Ahora se encontraba mejor y sin hambre, siempre trataba de dejar aquello como último recurso por si no podía encontrar alimento y aunque supo que había tomado la decisión acertada una parte de su mente (la más salvaje) se sentía decepcionada, pero lo dejó estar.

- Pero no siempre me han llamado así - Mirando al fuego cogió el palo para avivarlo, crear un fuego no era problema para un mago, pero crear uno sin querer que el otro descubra que eres mago... no, definitivamente no tenía ni idea de cómo hacer fuego sin magia por lo que era necesario que aquél no se apagase - Mi hogar era como el tuyo, pero en el mío nadie te miraba raro, elfo, hombre o enano - Se miró las palmas de las manos, como absorto en sus pensamientos, el ritmo de su voz era el mismo pero no monótono, impregnaba de sentimiento cada palabra, cada sílaba - "A menos que estuvieses maldito por supuesto" - Una vez más se sintió desdichado por la carga de su maldición - Todos me amaban y yo amaba a todos, incluso a los dioses - Sonrió sarcástico pero transmitía tristeza - Mi madre era Sacerdotisa, de Svea, mi padre carpintero. Nunca hicieron daño a nadie - Afirmó lo último como si fuese más una pregunta, una súplica, como si en ella esperase que alguien le contase el por qué de su castigo, cuál era la razón - Un mago negro la mató, un antiguo amigo mío. Ahora vago en las sombras - Su mirada se perdió en los árboles, en las sombras siniestras que provocaba el fuego en sus figuras - Buscándole, para matarlo - La última sílaba quedó flotando en el aire durante un instante que pareció eterno hasta que un chisporroteo le devolvió el protagonismo al fuego, y a la infinita noche.

- ¿Cuál es tu propósito?¿qué te trae por aquí? - A juzgar por su actitud y su apariencia no parecía alguien de aquél pueblo, incluso en su andar sigiloso, su mirada penetrante, se entreveía que había visto el sol muchas veces y en su historia quedaba como todo un aventurero. Sin duda algo debía haberle empujado a pasar por ahí.
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"¿Honor? Oh, sí, por supuesto.
Lo guardo en el fondo de mi morral y lo saco en las noches de viento, para abrillantarlo y mirarlo junto al fuego, en medio del bosque. Se ve grandioso, créeme. Pero es pobre compañía y no sirve para mantener a uno caliente."


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Me dio las gracias por el veneno. Esa noche mis ojos estaban más oscuros de lo normal, en aquel momento fue cuando me di cuenta de la oscura mirada que presentaba, habría helado la sangre a cualquiera que la hubiera mantenido hasta si de mí mismo se tratase, pero el chico que estaba a mi lado no parecía asustado. Lo miré con esa oscuridad que lucía en la mirada aquella noche y me di cuenta que, yo tampoco estaba asustado de sus ojos tan rojos como el vino, la sangre o una rosa roja.

- Mi nombre es Alucard - Vi como sacaba un frasco de cristal cuyo contenido tenía el color de sus ojos, lo llevaba a modo de colgante pero lo más desconcertante fue cuando se bebió de un trago aquel líquido.

Se podía ver una fría sonrisa en mi rostro iluminada por la luz de las llamas, el líquido rojizo del frasco parecía ser algo que conocía muy bien, Sangre. Si era lo que creía ¿Podía ser posible que Alucard fuera un vampiro? No estaba muy seguro así que por más que quisiera preguntarle sobre su verdadera condición, opté por el silencio.

- Pero no siempre me han llamado así, mi hogar era como el tuyo, pero en el mío nadie te miraba raro, elfo, hombre o enano. Todos me amaban y yo amaba a todos, incluso a los dioses - Empecé a sentir pena por aquel chico - Mi madre era Sacerdotisa, de Svea, mi padre carpintero. Nunca hicieron daño a nadie, un mago negro la mató, un antiguo amigo mío. Ahora vago en las sombras, buscándole, para matarlo.- Noté que algo muy doloroso para él, relacionado con su pasado, lo llevaba torturando durante mucho, mucho tiempo... - ¿Cuál es tu propósito?¿qué te trae por aquí?

Lo miré con expresión más sombría todavía de la que tenía.

-¿Quieres saber que me trae por aquí? -Hice una pausa y mi sonrisa desapareció- Si llevas una vida despreciable, si la forma de ganártela no es muy lícita o directamente es repugnante, si eres en definitiva mala persona y no valoras tu vida ni la de los de más, no te extrañe que un día seas castigado por ello. -Mis palabras sonaron extremadamente graves, tal vez, porque llevaban una buena ración de dolor.

Me consideraba un asesino, maté a muchas vidas por necesidad pero otras muchas por diversión o simplemente comodidad. Me horrorizaba escucharlo pero era en lo que me había convertido, lo peor es que no me obligaron a serlo. Todas mis víctimas solían ser culpables, suelo tener razones para matar y ese pensamiento era lo único que me reconfortaba.

-Si te dijera lo que he hecho no aceptarías mi presencia -Dije con una voz más suave- Me dirijo hacia la ciudad de Ekhleer, dicen que ahí está el concilio, seguramente la reunión de Archimagos ya ha empezado y llego tarde pero a lo mejor algunos se quedan por la zona cuando termine. Quiero matarlos. -Hubo un breve silencio- Ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos... -Mostré una expresión indescifrable- ¿Se puede saber quién es ese mago oscuro? Me interesa castigar a los que son culpables... Quizás te pueda ayudar... -Alcé una ceja, era más bien una insinuación que una afirmación.

De repente la noche ya no me pareció tan oscura.
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La muerte es una vida vivida,
La vida es una muerte que viene.                        

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