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Zane se había pasado toda la mañana en su habitación trabajando en los proyectos que tenía en mente: había tallado y cortado diferentes láminas de madera, y había revisado cada uno de sus esquemas, buscando algún error o algo que mejorar, y sin lugar a dudas, aquel trabajo de revisión fue el más agotador y el que más tiempo le llevó, pues requería varias horas de lectura, revisión de textos y manuscritos, además de una cantidad terrible de cálculos que claramente ella no dominaba, lo que aumentaba la cantidad de tiempo que dedicaba a consultar en otras fuentes. También comenzó a ordenar los materiales que tenía y cerciorarse de cuantos le faltaban, así que cerca de la hora de la comida, tenía la habitación llena de frasquitos de cristal con pequeñas notas pegadas que explicaban cuánta cantidad de material había en su interior: «12 onzas de hierro», «4 onzas de cobre», «7 onzas de níquel, posiblemente necesite más» y así. Y no solo tenía el cuarto hecho un desastre —lleno de botellitas y virutas —, sino que tenía el brazo dolorido de manipular madera, la cabeza llena de ideas y un hambre atroz.

Y es así como después de comer, y tras varios minutos preguntándose si había calculado bien la conducción trifásica de la matriz del trinomio de índice a, b, y c, con correspondencia a los grupos minerales seleccionados o si había calculado bien el punto de sublimación; decidió que se merecía desatenderse al menos una tarde de aquello que tenía entre manos. Después de todo, estaba cansada, y estaba comenzando a estresarse: «¿Y si todo lo que he hecho hasta ahora no servía para nada?», «¿Era un 10% peso de níquel o era 16%? ¿O eso era el paladio?», «¿De dónde diantres voy a conseguir un giroscopio?». Vaya, lo estaba haciendo de nuevo, y por su cara de irritación, parecía que se había dado cuenta de ello.

Salió del comedor pensando en cuánto arsénico llevaba el pescado que se había comido en proporción a su peso —y cuánto era el que necesitaba para una determinada aleación —, y cruzando en gran vestíbulo, salió hacia los jardines por el gran portón de madera.

Dio una vuelta por los alrededores de la escuela con mucha tranquilidad, casi como si no fuera una estudiante de cuarto grado, y probó varios sitios donde poder pasar la tarde, pero ninguno le convenció: probó a sentarse encima de una piedra, pero el sol la había calentado casi como si fuera un hornillo de metal; probó detrás de un árbol, pero entre las ramas había un adorable nido de golondrinas y no quería turbarlas con su presencia, así que probó cerca de otro árbol, pero un ejercito de hormigas habían llegado antes que ella y la conquista de aquellos territorios parecía algo inviable. Bien es cierto que, con un poco de magia, podría haber estado donde hubiese querido, pero tampoco la parecía muy ético abusar de su don para cosas tan vanales. Además, tampoco es que tuviese muchas ganas de zanganear por los jardines.

Y es así como al cabo de un rato, la pelirroja ya había cruzado las puertas de hierro, abandonado la seguridad de la escuela. Al principio, siguió el sendero como quien no quiere perderse, pero al cabo de los pasos, se desvió del camino; no como alguien que se pierde, sino como alguien que se ha encontrado.

Caminó aproximadamente como media hora, con los pies ligeros y buscando con fiel atención a todas las señales que indicaban que iba por buen camino: un árbol partido por la mitad que parecía estar pidiendo ayuda con sus ramas, una gran roca llena de musgo que, de haber querido, se hubiera tumbado sobre ella y hubiera pasado allí el día, pero ella se dirigía a un lugar muy concreto, mucho más fresco, mucho más único que una enorme roca musgosa.

Y es así como al cabo de la mitad de una hora, llegó a un claro en el bosque donde parecía que los árboles se abrían a él, dejando pasar a un tímido riachuelo, aunque era lo suficientemente caudaloso para meterte en él y que en algunas zonas el algua te llegara hasta la altura de las rodillas.

En el suelo se turnaban zonas de tierra con zonas de césped y hierbajos y alguna que otra flor salvaje. Había piedrecitas, sobre todo dentro del agua, además de insectos acuáticos y algún que otro renacuajo que, si bien no sabía dónde meterse, estaban en grupo, tratándose de esconder en alguna roca algosa o en las oquedades del suelo. Por lo general, esquivaban a los pequeños pececitos que, a pesar de ser perceptibles, eran tan tímidos, tan veloces y tan pequeños, que apenas podías adivinar sus colores o sus intenciones, aunque una vez que Zane se quitó las botas y hubo metido sus pies en el agua, sentándose en la orilla, algunos de ellos pasaban cerca de ella y la obsequiaban con fugaces besos y caricias.

Tal vez a una chica de ciudad le hubiera asqueado aquel lugar, pero Zane, que se había criado en una familia humilde y sabía lo que era trabajar la tierra, no le daban asco los insectos o que los peces pasaran de vez en cuando cerca de sus pies. Ver las ondas de luz acariciando las aguas que el sol abandonaba, censuradas en algún tramo por alguna fina capa verdosa (¿algas?) era realmente algo bello y exageradamente relajante. Era extraño, pero aquel riachuelo tenía dos caras: conocía la lengua del fuego, pero transmitía el frescor de la escarcha. Sonrío.

Le había gustado aquella frase. Sacó de uno de los bolsillos de su morada túnica un pequeño cuadernito de cuero que en cuyas paginas del medio, había entre ellas una rudimentaria plumilla de cálamo. Mojó la punta en las aguas del riachuelo y cuando lo sacó, murmuró varias runas y la humedecida punta se tiñó de negro. Acercó el material de escritura a una de las desnudas páginas y escribió con gracia: «Era extraño, pero aquel riachuelo tenía dos caras: conocía la lengua del fuego, pero transmitía el frescor de la escarcha».

Nunca se sabe, suspiró. Tal vez algún día escribiese una biografía, aquellas frases y reflexiones le serían útiles en un futuro, o tal vez no. Pero no perdía nada, ¿verdad? Al menos así practicaba algo de caligrafía, que a pesar de que había mejorado bastante con el paso de los años, aún le faltaba perfeccionar su estilo.

Después, silencio. Miró al riachuelo, el fluir de las aguas. Tal vez era un poco cruel decir que tenía dos caras, después de todo, ella no era nadie para juzgar a nadie, aunque fuera a un riachuelo. Se sintió un poco mal con sus palabras, así que volvió a acercar el cálamo a la hoja, ya no tan virgen, ya no tan pura: «Y aún así, era algo que merecía la pena amar».

Tampoco se sentía muy satisfecha con lo que había escrito, ni tampoco solucionaba las cosas. Pero al menos lo había intentado, ¿no? Volvió a cerrar el cuaderno, con el cálamo como marca páginas —misteriosamente extenuado de tinta — y lo dejó apoyado sobre sus piernas mientras agitaba los pies, nerviosa, agitando el agua y removiendo la tierra del suelo. Miró de reojo las botas que descansaban a su izquierda, y tras comprobar que no se había caído, volvió a dirigir la vista al llanto de la tierra, observando su reflejo vibrante, el matojo de sus cabellos rojos que bailaban suavemente bajo el dulce y delicado compás del viento.
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Una vez más me encontraba caminando por los bosques que rodeaban como si de un filtro se tratase lo que un día fue mi casa, la tristeza habría encogido mi corazón si aún estuviese en su lugar, hoy solo venían imágenes confusas a mi mente, cada vez más hasta el punto de hacer que entrase en un trance de avance e imágenes internándome cada vez más y más en el bosque.

Quizás mi cerebro no funcionase como era debido por el estado de congelación al que había estado expuesto, pues cada vez los recuerdos se hacían más y más reales, como si se materializasen ante mi. Intentaba apartarlos dando manotazos y gruñidos a todas las imágenes  con las que me cruzaba.

Rendido ante los pies de Amy, el intento de asesinato a mi propio hermano, Narshel abandonándome a mi suerte y asegurando  que me mataría si algún día nos volvíamos a encontrar.  Asesinatos, amores rotos, ritos... y una larga lista de prácticamente años de recuerdos se hacían visibles para mi en esos momentos confundiendo mi mente, retorciéndose y mezclándose entre si.


No sabría decir exactamente cuanto tiempo estuve vagando de manera incontrolable por el bosque pero el agotamiento empezó a hacer daños en mi estropeado cuerpo, creando ampollas en mis pies, rozaduras en mis muslos y haciendo que mi espalda se fuese curvando cada vez más del dolor en los riñones que sentía ¿Era aquello dolor o solo era un vago recuerdo de lo que se supone que debería sentir? Sea como fuere busqué una solución para calmar aquella sensación de dolor y prefería no gastar la débil magia que poco a poco iba volviendo a mi cuerpo, como si al andar hubiese ido recolectando esencia de todo lo vivo con lo que me cruzaba.

Llegué prácticamente a rastras a la orilla del riachuelo que cruzaba una parte del bosque, haciendo que se reuniesen varios animales que ahora huían a mi presencia. Me apresure a quitar la túnica que únicamente cubría mi cuerpo y unos ligeros botines de cuero de una calidad baja, rozando prácticamente el destrozo, tras de ellos fueron mis negros guantes y unas calzas roídas. Intente internarme en la zona más tranquila del riachuelo que apenas cubría hasta la zona abdominal, dejándome llevar por la ligera corriente mientras caminaba en el agua sintiendo un leve escozor en la heridas ya formadas completamente en mis pies con el roce de las rocas. A pesar de ello el alivio en mi era evidente y cada vez iba relajando más y más mi cuerpo hasta perder de nuevo la noción de por donde caminaba enturbiando cada vez más el agua con el arrastre de la propia arena.

Un par de minutos pasaron esta vez hasta que volví en mi, justo cuando fui sorprendido por una corriente y arrastrado hacía el fondo del agua, de donde salí velozmente. Una sensación de miedo inundo mi mente y cuerpo durante aquellos segundos y volvieron a mi cabeza los meses encerrado en aquella prisión acuática, me apresure a levantarme haciendo pie rápidamente, salí expirando rápidamente y de manera frenética acelerando cada vez más mi respiración como si se tratase de un ataque de ansiedad.



Pasaron los minutos y me quede clavado en el sitio, mirando el agua como si tratase de destruirla, de evaporarla a pesar del bienestar que le estaba proporcionando a mi cuerpo, aquél momento de debilidad, me daba asco a mi mismo, ¿Yo sintiendo miedo? ¿El Gran Félix asustado por un revolcón  en el agua? ¿Hasta donde había llega?.

Golpee el agua furioso produciendo un gran chapoteo y haciendo crujir los huesos de mis brazos como si llevasen siglos sin se movidos. Pero seguía escuchando el chapoteo de algo, esta vez no era el golpeando el agua, estaba a un par de metros de el, levanto la vista al frente y fuego es lo que vio, una joven de cabello ígneo, realmente rojo, quizás era la primera vez que observaba ese color de pelo en alguien, aunque mi memoria no era la mejor en esos momento estaba seguro que aquel color me recordaba a alguien que ahora no conseguía encontrar entre todos mis pensamientos. Pero estaba seguro de que no le habría hecho ningún bien, sin embargo la curiosidad de nuevo llamaba a mi puerta.

Así que comencé a acercarme lentamente en el agua y a observarla, seguí avanzando mientras pensaba si podría suponer un peligro, estaba claro que ya no podía darme la vuelta, ella habría escuchado el ruido y mi instinto tampoco me permitía largarme. Sabía que sería un momento incomodo cuando ella viese mi torso como si de una diana se hubiese tratado, golpeado, cortado y magullado hasta prácticamente la deformación , pero podría  explicarlo, en ese momento solo quería saber de quien se trataba.

Una vez llegue a una altura suficiente seguí observándola, de manera directa, esperando a que levantase la mirada. No sabía que decir, aún podía decirse que me encontraba en shock y algo asustado, quizás podría reflejarse en mi mirada y podía ser de utilidad para un primer acercamiento. Parecía joven, o al menos eso pude ver mientras nuestras mirada se entrecruzaban.

Esta vez sentí, algo, no lo tengo claro, pero era un sentimiento de mortales, algo estremecedor. Estaba claro de que la conocía pero no sabía de que, y eso producía inquietud en mi, de tal forma que me mantuve en silencio mirando de forma penetrante su ojos, intentando otear su alma.
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"Hombre muerto caminando."


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Zane llevaba varios minutos observando el movimiento errático de las frías aguas, pero en un momento dado, sintió como un pececillo no se separaba de su pie. Bajó la mirada y contempló desde la borrosa película del agua un pez pequeño, como un ascua anaranjada y solitaria que no paraba de rodearla con su nado, casi como si se hubiese perdido, aunque aquel no era el caso. Si no, ella lo sabría; sentiría el miedo entre sus besos. Pero solo era un pececillo que le gustaba el sabor salado de la piel de la pelirroja.

Pero a pesar de todo, y tal vez porque Zane estaba demasiado absorta en sus pensamientos para escucharlo, al cabo de unos segundos un ruido sacudió el agua, provocando que toda la fauna se revolviera nerviosa en el agua, y el nuevo escamado amigo de la joven, asustado, se alejara rápidamente de ella para buscar un lugar donde esconderse. La pobre, que no se había enterado de nada, persiguió con la mirada al fugitivo, pero no tardó mucho tiempo en perderlo de vista.

Pero entonces, notó un peso en el corazón y en la garganta, como si se estuviese ahogando en un profundo y oscuro mar, frío y afilado como el recuerdo de las personas que ya no están. Era la escarcha, el más terrible de los males; el recuerdo constante de las noches sin luna.

La pelirroja desvió su mirada hacia su izquierda, blanca como un mal sueño. Allí estaba la escarcha, lánguida como una vida entera condenada al invierno y con los ojos negros como dos cristales oscuros; de piel pálida y enfermiza como la nieve que bruñía su pelo largo, que caía y lamía sus ojos como truenos tras el filo de la noche, mechones que sendos, se deslizaban por su rostro como la bruma de la misma manera en la que se deslizaban las cicatrices por su mutilado y cercenado cuerpo, que improvisto de vestimenta alguna, el agua ocultaba todo que había debajo de su cintura, dejando a la imaginación si allí había alguna prenda o no que censurara su improvista desnudez.

Tras el rápido vistazo a su torso, pues no quería parecer indecorosa, alzó la vista, volviéndose otra vez a su rostro. Había algo en él extraño, algo que inquietaba a la joven: pero no eran sus largas orejas de elfo que condecoraban su rostro, ni tampoco era la cicatriz que besaba sus labios. Era su expresión, su manera de mirar las cosas. Su forma de mirarla a ella.

Zane lo contemplaba, con la sensación de que no lo conocía de nada, sin embargo, cuando miraba tras el sutil velo de sus ojos, cuando observaba el triste y cansado hálito que escondía su mirada; no estaba tan segura. Era como conocerlo y no conocerlo, era… extraño. Lo que si tenía claro era que estaba reventado, cansado: la tensión en sus músculos y en sus facciones revelaban el padecimiento de alguna clase de dolencia o malestar que enturbiaban su gesto; así que apartó aquellos temas enrevesados a un lado y se levantó, apoyando una mano en el suelo para impulsarse: «Tiene un aspecto demasiado especial, tirando a lo dramático. Si alguna vez me hubiese cruzado con él, estoy segura de que me acordaría», zanjó mientras comenzaba a sumergirse en el agua, no sin antes depositar su cuadernillo sobre el cálido pasto, sintiendo como el frío mordisqueaba sus piernas.

Quería acercarse un poco más para no tener que alzar mucho la voz cuando se dirigiese a él, así que caminó despacio para tratar de no caerse: las piedras del riachuelo eran bastante resbaladizas y muchas veces podían jugarte una mala pasada, así que ser precavida no estaba de más. Conforme iba reduciendo la distancia con el elfo, su túnica iba mojándose más, adhiriéndose al contorno de sus piernas; en parte por las gotas que escupía el flujo del agua, en parte porque él se encontraba en una zona bastante profunda y cada paso que daba, significa descender un poco, que el agua empapara un poco más arriba la tela, volviéndola más oscura, más pesada; al igual que su caminar, pues cuanto más cerca estaba de él, más nerviosa estaba.

Cuando a penas mantenían unos escasos pasos de distancia, la pelirroja detuvo su paso: aunque quería hacer algo por él pues ofrecía un aspecto de lo más lamentable, tampoco confiaba en él. Quiero decir, daba miedo; tal vez no demasiado porque el sol gozaba de cielo, pero si todo hubiera ocurrido de noche, tal vez cierta estudiante hubiera salido corriendo escopetada. Pero ante las caricias del día, hasta resultaba atractivo a los ojos verdes de la joven. En cierta manera, era un poco como el riachuelo, y tal vez era esa sutil belleza en medio de toda aquella maraña de sombras lo que la aterraba de verdad.

¿Necesitas ayuda? —le preguntó intentando sonar despreocupada, pero era evidente que no lo estaba. Solo había dudas y más dudas en su cabeza y una distancia que todavía no se atrevía a romper. Pero detrás de todo, había una verdadera intención: un ofrecimiento sincero, sin trucos ni tratos.

Ella, después de todo, era una estudiante de magia: no había venido al mundo ni había seguido las enseñanzas de La Diosa para quedarse de brazos cruzados a la primera de cambio. Y claro que tenía miedo, pero también lo tuvo cuando se vio envuelta en toda la revuelta popular en Lorem, y a pesar de todo, siguió adelante. No podemos huir del sueño solo porque la noche gima, ¿verdad?

«Ese hombre no es de confianza», no podía evitar parar de pensar. Las runas y las cicatrices adornaban su piel con tanta violencia, que veía inviable que fuera una persona decente. «Nadie castiga así a un hombre bueno, pues tiene heridas de villano». ¿Pero quién era ella para juzgar? ¿Acaso sus padres no habían muerto, buenos y duros, sobre un manto de hierros y de quebrada justicia? Él podría ser igual que ellos, tan solo un hombre justo en medio de un camino roto.

O tal vez no, y por ello debía estar preparada para lo que fuera. Pero parecía tan agotado, tan herido, tan roto… ¿Cómo iba a ser peligroso, si apenas podía mantenerse en pie?

Sus carnes conocían la guerra y las arañas del hierro; y los tatuajes que esquivaban las serpientes del ajeno cuero, a pesar de no saber cuál era la función real de aquellas grafías negras —si eran por estética o si formaban parte de un hechizo grabado en él —, no le transmitía buena confianza. Ver su cuerpo tan mutilado era doloroso, pero todo en aquella terna de piel, cicatrices y runas era terrible.

Sentía que no podría escuchar el peso de su voz sin desmoronarse. Porque si aquello era su cuerpo… ¿qué sería de su voz?

Pero, sin embargo, allí, en medio de la lágrima del claro, escondido en su corazón habitaba el terrible deseo de escucharlo, la salvaje necesidad de salvarlo de la garra de los aceros y del filo de la escarcha, de protegerlo de él mismo: de escuchar la historia de cada herida y arrancarla como quien arranca briznas de hierba del suelo baldío.

Pero no lo conocía de nada, y por eso no era capaz de oír los susurros de su corazón, mas intentaba esconder en su rostro el nervio, manteniendo una expresión de confianza y falsa seguridad: la fina línea de sus labios la delataban, al igual que lo había hecho su voz cuando habló, quebradiza como el cristal o la duda, esperando algo que ni ella misma sabía.


Última edición por Zane Beren Ciryatan el Lun Jun 25, 2018 7:36 pm, editado 1 vez
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Su paso calmado hacía mi hizo que se acelerase mis latidos como si de un cañón se tratase, sentía miedo, no sabía porque si a fin de cuentas no podía morir, ¿pero y si había escuchado de mi?, de un hombre cubierto de cicatrices y runas, un hombre castigado por los dioses. Si ese era el caso podría estar en peligro de ser capturado.

Tense todos mis músculos cuando apenas estaba a unos pasos de mi, haciendo una mueca de dolor cerré mi puño preparado para soltar aunque apenas fuese un puñetazo.

"¿Necesitas ayuda?"

Una leve sonrisa se dibujo en mi cara, y el alivio se hizo visible en mi, como un niño perdido cuando se reencuentra con su madre. Intente andar hacia aquella leona de pelo rojo que se encontraba ante mi, era un oasis en el desierto en estos momentos y estaba seguro de que no se trataba de una visión.

Pero apenas cuando intente encaminar mi primer paso mis piernas sintieron como mi fuerza flaqueaba una vez más cayendo prácticamente sobre ella y tirándonos a ambos al agua con apenas un leve chapoteo debido a la altura de la caída. Intente recomponerme lo más rápido que me fue posible sacándola a ella junto a mi del agua. La observe de nuevo esta vez hasta con cierta preocupación por si sus buenas intenciones habían cambiado, al caer había golpeado con mi cabeza su nariz o al menos eso parecía debido a que sangraba.

Si como de un bufón me tratase sonreí seguido de una risa de tono medio, casi nasal, la solté dejándola donde antes había estado parada, me recompuse sobre mi mismo con dificultad entre risas y quejido de dolor a la altura de las costillas.—Parece que no soy el único que necesita ayuda ahora— Me apresuré a decir mientras acallaba lentamente mi risa y señalaba su nariz que aún sangraba y tenía un tono rojo similar al de un gnomo borracho.

No sabía porque, supongo que el alivio, o encontrarme con alguien que no me quisiese cazar, pero estaba cómodo, a pesar de estar tan débil que apenas podía mantenerme en pie quería hacer el esfuerzo y seguir allí, siendo un simple elfo que se había encontrado con una humana en un fortuito y desafortunado tropiezo.

¿Era esto lo que podía hacer el resto del mundo?¿Era esto ser alguien "normal"?

Apenas podía recordar cuando fue la ultima vez que viví una situación así, hacía años que había abandonado todo por poder, ¿pero acaso este había merecido la pena? Ahora no era más que un espíritu enraizado a la tierra hasta el fin de los días.

Después de unos segundos de silencio intente quitarle la tensión a todo esto siendo lo más amable posible—Yo esto...¿Lo siento?  Quiero decir, ni siquiera fue adrede, como puedes ver no estoy en mi mejor momento. —Dije con un atisbo de levantar los brazos y no tener fuerzas para ello.—Pero sí, diría que lo siento, no era mi intención abalanzarme encima de ti, no al menos antes de una primera velada.—Bromee y solté una sonrisa vacilante, quizás no fuese el comentario más afortunado pero así era yo, un desastre andante.—Félix...Félix es el nombre de quien acaba de estar cerca de quebrar tu nariz. Extendería mi mano, pero creo que gaste mis ultimas fuerzas en sacarte del agua en forma de disculpa.—Empecé a caminar hacia la orilla dejándola levente por detrás, era un paso lento, pero esta vez seguro. Una vez me encontraba en la orilla intente apoyarme como pude sin salir del agua y que esto no supusiese un esfuerzo para mi, me di la vuelta y volví a mirarla, esta vez aún más agudo, intentando ver su alma.


Lo cierto es si que necesito algo de ayuda por aquí— Sonreí consciente del doble sentido esperando incomodarla levemente, siempre había estado en mi este tipo de juegos, pero esta vez me hacía especial gracia, "demasiado tiempo sin usarlo" me dije a mi mismo.—Algo de ropa para ser específicos, eres maga ¿no? seguro que podrás ayudarme con eso.— Claro que sabía si había magia en ella, pero quizás sin esa pregunta ella hubiese dado lugar a otras preguntas que ahora no me apetecía responder.
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Cuando la pelirroja ofreció su ayuda a tan terrible elfo, su rostro se iluminó y la temible línea de sus labios se convirtió en una débil sonrisa que a penas podía sostenerse por sí misma, quebrada y herida; y a pesar de todo, tuvo la suficiente fuerza para disipar todas las dudas de la joven acerca de él. En aquel gesto sincero, no hubo maldad ni sombras, sino el triste estremecimiento de quien no puede más: tenía la mirada del leproso, del herido, del enfermo, del mendigo y de la luna. ¿Cómo podía temerle, con todo el peso de la herrumbre, de los sueños, que cargaba sobre sus hombros…?

Es así, ante la hospitalidad de la estudiante, que el elfo, anónimo y débil, dio un paso tembloroso que lo hizo caer. Su rostro se deshizo como la nieve, exhibiendo una fina capa de miedo, y cayéndose caía, con los ojos abiertos y los labios fruncidos, Zane intentó agarrarle. Un paso rápido y raudo como un latido, alzó sus brazos hacía él, intentando soportar su peso. Pero sus brazos, a pesar de acostumbrados al trabajo de la tierra, aquel era peso de cadáver; cayéndose ahora los dos como un amasijo de cuerpos en el agua ante la languidez de las carnes, flojas y tristes sobre el lecho del río.

Ella cerró los ojos para que el agua no mordiera sus ojos, y aunque sí que sintió un golpe en la nariz, no le dio la mayor importancia, pues de repente notó el cuerpo de él sobre el suyo; pero antes de que pudiera resistirse e intentar apartarse tras unos segundos de pánico ante la sucesión de tales acontecimientos, fueron sus brazos duros y cansados los que soportaron el peso de flor de la joven y la alzaron sobre el mundo, sacándola del agua. Ambos estaban empapados, pero era posiblemente la joven quién tenía el pelo más largo, quién ofrecía el aspecto más cómico: su flequillo y algunos mechones de su pelo tapaban sus ojos y su frente, como una cortina de sangre.

Zane, que no soportó aquella situación, se llevó las manos a la cabeza y se echó todo el pelo que tapaba su rostro hacia atrás, y es así como pudo ver el semblante preocupado del elfo, que aún la agarraba, como si tuviera miedo de lo que pudiera pensar la pelirroja tras haberse abalanzado accidentalmente sobre ella o por algo más.

Entonces, sonrió. Después, vino su risa, errante como de loco, y dejó a la chiquilla en el sitio en el que estaba de pie antes de caerse los dos, y fue entonces cuando la soltó: casi fue un gesto maniático. Parecía que intentaba tranquilizarse, pero no paraba de reírse, de reírse mientras se tocaba la zona de las castillas, como si estuviese intentando contener el dolor que éstas le producían. Pero miraba a la joven, y de repente, afirmó que parecía que él no era el único que necesitaba su ayuda ahora, reprimiendo su risa, señalando la nariz enrojecida de la joven y la tímida sangre que salía de ésta. Zane abrió mucho los ojos y se llevó una mano hacia la nariz, y rápidamente la alejó para ver si había sangre; y así era, en efecto.

No estaba enfada con él, exactamente. Simplemente no era la situación ideal que espera una dama en un caballero, aunque él no lo era, ¿cierto? Ella tampoco es que fuera una dama, así que supongo que estaban en paz: era una maga, y fue por eso mismo que cuando se llevó por segunda vez una mano a la nariz, murmuró casi en un lastimoso susurro: «Frid», y tras apartar su mano, no había sangre y parecía que no volvería la a haber a no ser que cierto descuidado elfo volviera a caerse sobre ella. Tampoco le dolía, así que no podía quejarse.

Yo… esto… —Comenzó a decir, algo turbado —¿Lo siento? Quiero decir, ni siquiera fue adrede, como puedes ver no estoy en mi mejor momento —se justificó, adornando su disculpa con el intento fallido de levantar sus brazos. ¿Tal vez había gastado todas sus fuerzas intentando sacar a la joven de las oscuras profundidades del agua? ¿O estaba exagerando?

Volvió a hacer una pequeña pausa. Los dos se miraron a los ojos, y pasaron unos segundos. Pero…

Pero sí, diría que lo siento, no era mi intención abalanzarme encima de ti, no al menos antes de una primera velada —bromeó, no pudiendo evitar sonreír, algo que respondió Zane con una ceja alzada y una expresión de incredulidad —. Félix... Félix es el nombre de quien acaba de estar cerca de quebrar tu nariz. Extendería mi mano, pero creo que gaste mis últimas fuerzas en sacarte del agua en forma de disculpa —añadió, revelando su nombre.

Zane pensó que tenía una forma un tanto extraña de expresarme aquel hombre, pero no le incomodaba, o al menos, no tanto como su nombre: lo había escuchado antes, aunque no estaba segura bajo en qué circunstancias. Era una sensación terriblemente incomoda, como cuando se te queda un trozo de cartílago entre los dientes después de comer… Pero esos temas de dientes y comida ya habían quedado zanjados, ¿acaso no era así?

«Ese símil entre tu nombre y la dama que come acelgas me parece, cuanto menos, interesante. Espero que este descubrimiento te ayude a sentir que la dama se ha limpiado la dentadura con un palillo antes de sonreírte... aunque, a decir verdad, tu nombre no me desagrada ni me parece ridículo. Zane. Zane Beren Ciryatan. No suena mal, la verdad».

Tal vez debería haberle contestado, pero estaba demasiado ocupada reflexionado: así era ella, un ser con un talento innato para abstraerse y ajenarse del mundo, de las cosas que rodean y que se ciñen a uno. Pero es que su nombre se sentía sucio en sus labios. «Félix», dicho por él, sonaba al chirrido de dos placas de hierro bajo el terrible destino de declinarse sin conocer el fuego: era sucio y frío, como un pedazo de escarcha helada y de ascuas oscuras, con dicha, sin destino, sin amor, sin propósito alguno salvo el de no ser nada.

Pero por tercera vez en aquel día, ¿quién era ella para juzgar? Después de todo, ella nunca había sido muy buena con el tema de los nombres: se había pasado casi toda su corta vida creyendo que su entero nombre significaba algo que no era.

Alzó la vista, y vio al elfo caminando lentamente hacia la orilla, y ella solo supo seguirle, como un barquillo, a unos pasos de distancia; lentamente, mirando cuidadosamente por donde pisaba, pues no quería volver a caerse. Además, su túnica, ya oscura como una copa de vino, pesaba por estar tan llena de agua, por lo que entorpecía sus movimientos, casi exigiendo tener el doble de cuidado.

Una vez que llegó al abrazo del riachuelo con la tierra, no salió, como teorizó la maga, sino que se apoyó lentamente, buscando una postura cómoda hasta que se dio la vuelta para contemplarla: la verdad es que las gotas de agua deslizándose tras la desnudez de su cuerpo aportaban cierto grado de seducción al personaje con el que se había topado.

La verdad es que si que necesito algo de ayuda por aquí —dijo socarronamente, aunque era evidente que aquello era más bien una broma que una petición sexual, el rostro de la joven se tiñó de los rojos del ocaso —Algo de ropa para ser específicos, eres maga ¿no? seguro que podrás ayudarme con eso.

Zane alzó una ceja. No es que le molestaran o le parecieran de mal gusto aquellas bromas, no era eso. Es más, a ella le encantaban los dobles sentidos y los practicaba con gran constancia. El problema era que no se conocían, y ella, al no conocer sus verdaderas intenciones, aquel tipo de guasas la coartaban un poco.

Y justamente aquella reacción de niña pequeña que se avergonzaba ante ese tipo de comentarios, la cabreaban un poco; en parte por ella misma, en parte por la frustración de que alguien tuviera el dominio de ella de esa forma, presa de las sangres de la vergüenza y del coito de la inocencia. Además, estaba segura de aquella era su forma de ser, y que muchas veces había atormentado a muchas chiquillas como ella, riéndose de ellas por haberse azorado al igual que ella, inferiores y presas de sus palabras, frustradas ante una situación tan indigna. Quería devolvérsela.

Que pena, lisonjero, y yo que quería seguir contemplándote desnudo —soltó con una virginal sonrisa con sus labios carnosos. Mostró sus dientes blancos, formándose un abanico de falsas perlas y comenzó a acercarse a él lentamente, con gracia y con una sutil sensualidad. Su voz apenas fue un suspiro, casi un gemido; y cuando apenas un suspiro era lo que los separaba, se quitó la túnica mostrando una camisa blanca, húmeda, y unas calzas negras que condecoraban las sutiles curvas de su cuerpo, reafirmando el tímido contorno de éste; aunque plana como una tabla, había algo inquietantemente erótico en ella.

Sostuvo aquellas prendas con tanta gracia, que casi parecía que deseaba estar desnuda, casi el agua parecía acariciar sus senos. Pero no era así.  Aquel solo era teatro: la sensualidad de su rostro mudó a un fingido enfado y sus cejas se arrodillaron como adoradores de su entrecejo, dotando de cierta religiosa furia al sutil rescoldo de su mirada, y sus labios, antes sonrientes como un cuarto de luna, se mostraron tensos tras una línea delgada y fina.

Aquí tienes —expresó de manera tajante, y le arrojó la túnica sin el menor cuidado. Se le olvidó que estaba mojada, y por eso cuando chocó con su cuerpo, fue casi como suave y juguetón latigazo, no lo suficiente fuerte para dolerle. Ni aunque tuviera los huesos quebrados y los músculos deshilados hubiera podido dolerle. Después, como era habitual en ella, le guiñó un ojo.

«Así aprendería», pensó. Tampoco sabía exactamente por qué debía aprender o qué debía aprender exactamente, pero en su cabeza aquel pensamiento fue de lo más adecuado, muy acorde con la situación.

Y ahora que ya está solucionado el tema de la ropa… —comenzó a decir mientras se apartaba un travieso mechón de pelo —, ¿qué es lo que te pasa exactamente…? Para saber qué clase de cosillas mágicas hacerte. —Ilustró su explicación moviendo los dedos de sus manos, que ahora estaban a la altura de su pecho tras sus brazos más o menos tendidos, como si tocara sucesivamente la escala en un piano invisible —. Porque viendo como está el asunto, no sé si me atrevo a examinarte —bromeó mientras sonreía.

Ahora su rostro, sin furias fingidas ni con falso erotismo, podía exhibir su verdadera belleza. Era verdaderamente, un cuadro sencillo, sin exacerbados ornatos ni artíficos innatos; natural como podía esperarse de alguien que rehúsa los extravagantes polvos del maquillaje, y de ahí nacía la belleza de la joven. Era como una flor, que brota del suelo sin esperar nada de sí misma, mas es así como consigue revestirse de los loables pétalos que la bruñen. Sonreía, y era cuando sus dientes eran dientes y no perlas, cuando parecía su sonrisa más radiante. De ahí nacía la beldad de la joven, de su belleza natural y comedida, sutil como un susurro, ardiente como un incendio invisible tras el bermejo aliento de la noche.
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Aquel momento no podía haber transcurrido de una forma más divertida para mi, casi como si de un hilo de acontecimientos predefinidos se tratase. Una obra de teatro orquestada por un bufón de gustos perturbados y sexuales altamente agudos. Pero no, allí estábamos improvisando, sintiendo envidia de su uso de la magia que ahora era muy limitada en mi.

Pude observar como poco a poco se acercaba cada vez más a mi, pero no podía sacar de mi cabeza aquella esencia mágica, droga absoluta y pura que me llamaba como una abeja a la miel.

Aquello me hizo hacer un mueca imperceptible, un la labio torcido y una mirada ansiosa ante aquél simple hechizo —Si tan solo pudiese absorber ese poco de poder para mi... BASTA— Pensé para mi mismo.

Debía controlarme, no podía sucumbir a la necesidad de energías tan banales, si no me estaría rindiendo a la maldición una vez más, alejando aún más la guadaña de mi y cumpliendo el objetivo por el que fui marcado. Además, no podía seguir hiriendo a inocentes. A estas alturas lo único que podía sentir era que nadie más podía pagar por los errores de unos pocos no conseguiría nada de esa forma. Mis objetivos estaban claros y se encontraban en las más altas esferas de cada bando. Debía descabezar a las serpientes, pero no a costa de sus crías y otro animales del bosque, a pesar de que estos luego me destripasen.

Y quizás así encontrase mi tan anhelada cita con el otro lado.

Que pena, lisonjero, y yo que quería seguir contemplándote desnudo — Lo escuche a duras, casi como si me encontrase en la más oscura de las profundidades.

Volví en mi fijando la vista sobre ella. Para cuando me quise dar cuenta la joven furia estaba casi a mi altura, a unos leves pasos, insinuándose o haciendo parecer que eso hacía, provocando en mi una leve sonrisa de ¿Triunfo?

Mi atención fue tomada completamente por sus manos que desde luego se veían mucho más delicadas que a las mías a pesar de la diferencia de razas, estas se encargaban hábiles de tomar su túnica, casi como si estuviese deseosa de despojarse de ella. Ciertamente entendía que estaba pasando y que iba a pasar, se había...¿Molestado? y justo cuando no lo esperase una bofetada estaría cruzando mi cara a la velocidad del rayo. Acostumbrado a que a esto le siguiese un intenso beso de desesperación, no se porque sentía que esta vez no correría la misma suerte de una de cal y otra de arena.

Dejándome caer ante los sentidos más primarios y teniendo en cuenta que realmente llevaba meses sin yacer con nadie no pude evitar otear su silueta. Plana, como una tabla, pero con una sensualidad en su hacer que casi me resultaba molesta, en cierto punto podía incluso haberla querido apartar de mi rápidamente, o haberla acercado rápidamente y...—Cálmate, recuerda que estas desnudo. Mantén la poca clase que te queda.— Me repetía aquello mientras no podía dejar de inspeccionarla.

Gracias a ella misma pude salir de aquella incomoda situación no más lejos de haber sido un poco mirón. Sonreí al notar el impacto de la túnica contra mi a lo que resoplé como si estuviese agotado. Había evitado la bofetada pero no el enfado casi infantil de ella, lo que hizo que acabase negando con la cabeza mientras aún sonreía. La túnica callo sobre mi hombro y allí se quedo, ni siquiera iba a hacer el intento de ponerla sobre mi cuerpo, sabía que mis brazos no responderían a ello, o al menos el dolor que sentiría no compensaría tan vacía acción.

Y ahora que ya está solucionado el tema de la ropa… —Empezó a hablar de nuevo mientras apartaba un mechón de su cara, parecía tosca pero refinada a la vez, quizás era más bien problema de inevitable y asqueroso elitismo élfico en el que había sido criado. —, ¿qué es lo que te pasa exactamente…? Para saber qué clase de cosillas mágicas hacerte. — Casi volví a reír como un loco


¿Que qué me pasaba? — Si lo supieras esta conversación no estaría ocurriendo, habrías salido corriendo en busca de tu maestra para intentar reducirme a cenizas. — me dije a mi mismo en un sentimiento amargo de arrepentimiento.

Comenzó a mover sus dedos como si estuviesen buscando un apoyo aéreo, aquel gesto que tanto había visto en los sin magia o en la propia inquisición a modo de burla. En esta ocasión no se trataba más que una simple broma, lo cual recalcaba un poco la personalidad infantil de la joven ¿Pero quien era yo para juzgarla? si a fin de cuentas yo llegaba a ser peor en muchos aspectos y en la broma era uno de ellos.  —. Porque viendo como está el asunto, no sé si me atrevo a examinarte — Acompaño de una sonrisa.

En aquellos segundos de silencio pude ver como desparecía de nuevo cualquier intención de su cara, dejándome contemplarla esta vez de mucho más cerca. Era hermosa en todos los sentidos, a pesar de ello no tenía pinta de pertenecer a ninguna realeza y mucho menos de ser una dama. Podía notar la fuerza en sus brazos, y una tez algo costera, como si su lugar de partida hubiese sido una playa o quizás simplemente pasaba horas al sol. Lo que si que eran evidentes eran sus ojos que formaban un poema enlazados con su picaresca y pequeña nariz, que a su vez resaltaban su carnosos labios.

Podía haber seguido mirándola durante horas, intentando averiguar más de ella con simples miradas.


Pero decidí que aquello segundos tenían que acabar  — Pensaba que me vestirías, así podrías seguir contemplando incluso más a fondo justo como parecías y decías querer — Sonreí a sabiendas de que aquello reactivaría quizás su enfado, pero no podía evitar tener aquella actitud juguetona, esperando sacar oro de la más mínima oportunidad.  — , esta muy feo no ayudar a alguien que no se puede valer por si mismo. Quizás tus intenciones no sean tan buenas como parecen, humana. — El recochineo en mis palabras cada vez se hacía más obvio y mi leve sonrisa iba creciendo más hasta apartar la cara para que no viera la misma en todo su esplendor.

Mi sonrisa nunca había sido bonita, no se adornaban de perla como las suyas, más bien era simplona casi torcida por inercia, y mi delgada cara se veía invadida por dos mofletes que cuando se cerraban en una sonrisa, hinchaban mis ojeras de una manera casi siniestra achinando mis ojos de una manera maliciosa y serpentina.

Sea como fuera que el tema de la ropa no se solucionase era más por mi propio pie e interés que porque ella no pusiera de su parte. ¿Por qué no podía divertirme aunque solo fuese una vez? Me lo merecía.


 — Bueno y en cuanto a que me pasa... pues muchas cosas, verás, me echaron de la ultima taberna donde me aloje porque no podía pagar, el tabernero y su mujer avisaron a un par de guardias los cuales me siguen buscando aún, parecía no hacerles demasiada gracia que un elfo no quisiera... Contribuir con su causa.  — Lo cierto es que no mentía, no podía gastar la poca magia que en mi quedaba en crear dinero, además de que no se trataba de un hechizo que requiriese poca magia, claro que era considerado un hechizo de rango bajo pero eso es cuando uno de los dioses te eyacula toda su bondad y poder en la cara como si de uno/a de sus putos/as te tratases.   — Bueno y no solo tengo un par de deudas, tengo hambre lo ultimo que comí es un pan mohoso y doy gracias que encontré este riachuelo   — Cada vez cogía más y más confianza al hablar hasta que llegue un punto donde considere realmente gracioso y estratégico hacer determinado comentario   — Ah y como olvidarlo, hace poco acabo de salir de una tumba de hielo y fui maldito por vuestros dioses, obviamente un poco antes de lo de la taberna.  — Dije tornando de forma repentina en una mirada fría, muerta, seria. Pasados unos leves instantes comencé a reír, no había contemplado su cara en realidad, me había mirado por dentro durante aquellos segundos, pero estaba seguro de que habría sido un poema si pudiese haberla visto.

 — ¿No decías que querías examinarme o algo así? adelante, acércate, tampoco es como si fuese a morderte, tan solo soy un charlatán algo... bromista  — De repente sentí la necesidad de empezar a resultar lo más atractivo posible, quizás intentando quitarle peso a la situación o intentando convencerla a través de mi atractivo don de que lo correcto era estar más cerca de mi aún. — Si quieres puedo salir del agua si así lo deseas, aunque creo que tampoco hace falta que contestes a ello. —  Salí velozmente del agua, si me lo pensaba mucho no lo haría por el agudo dolor que sentiría a continuación, obviamente salí de espaldas dejando esta vez a su vista mi trasero y piernas. Me dí la vuelta con la túnica rápidamente colocada sobre mi cubriendo a duras penas mis partes más nobles debido a la diferencia de altura entre ella y yo. Me dejé caer sobre el suelo, una leve capa de hiervas finas cubrían el suelo convirtiéndolo en algo mullido y refrescante donde sentar o tumbarse como era mi caso, mi cara se encontraba prácticamente a la misma altura que la suya solo que yo estaba en tierra y ella aún en el agua. — Te aseguro que en otra situación te ayudaría a salir del agua, pero ahora mismo estoy sintiendo como si mis brazos se fuesen a despegar de mi — Cosa que podía ocurrir con relativa facilidad debido al estado de mi cuerpo — Además, aquí afuera no tropezare de nuevo y menos si me encuentro en el suelo

Realmente no sabía muy bien que pretendía, pero tan solo parecía querer disfrutar, por un momento volvía a tener veinte años o doscientos cincuenta si hablamos en años élficos , el caso es que ya no me sentía Félix Vonturin asesino de magos o Félix el maldito, me sentía Félix sin más, ni Aeglos ni otro nombre parecido, solo Félix.
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Algo que dijo la pelirroja debió de resultarle gracioso al elfo, porque estuvo a punto a reanudar su tan particular forma de reír —risa que, de no haber estado solos, la joven quizás hubiera sentido algo de vergüenza por su recién conocido compañero —, pero esta vez encontró algo de autocontrol y consiguió camuflar su primera carcajada tras una repentina tosecilla que bien duró poco, hizo que Zane se sintiese orgullosa de sus cualidades como humorista. Ni si quiera se planteó la posibilidad de que realmente se estuvieran riendo de ella.

Tras unos segundos un tanto tensos, en parte porque nadie decía nada, en parte porque tenía la impresión de que Félix no paraba de mirarla con una intensidad un tanto inquietante, como si la contemplara y la analizara al mismo tiempo; acto que de haber pertenecido uno de los dos al sexo contrario, se hubiera interpretado como simple curiosidad. Zane no pudo evitar sentirse un poco incómoda. En aquellos momentos echó en falta la túnica morada que descansaba en el hombro del desnudo. No es que estuviera especialmente provocativa, pero…

Bajó la mirada: la camisa blanca, mojada por el agua, no parecía estar totalmente de acuerdo: trasparente y algo lasciva, se podía apreciar un sujetador de tela censora que cubría sus diminutos senos. Ante tal indecorosa situación, la estudiante de magia se vio obligada a aplicar un sencillo hechizo de evaporación. Se pasó las manos a la altura del pecho del pecho de la manera más disimulada y natural que pudo, y proyectó las runas en su mente para darle forma al hechizo. Cuando apartó las manos, ya no tenía nada sobre lo que preocuparse.

Pensaba que me vestirías, así podrías seguir contemplando incluso más a fondo justo como parecías y decías querer —dijo mientras se le iba dibujando una sonrisilla en el rostro —, está muy feo no ayudar a alguien que no se puede valer por sí mismo. Quizás tus intenciones no sean tan buenas como parecen, humana.

Tal vez si después de hablar no hubiera apartado la mirada para ocultar su rostro, tal vez y solo tal vez, hubiera visto a Zane poniendo los ojos en blanco, un tanto frustrada por el trato que estaba recibiendo. Aunque Félix no dejaba de plantear un tono un tanto cómico en las cosas que decía, la pelirroja comenzaba a percibir cierta intencionalidad detrás de cada palabra, detrás de cada gesto; y sintiéndose un poco sucia, se arrepintió de haberle seguido el rollo minutos atrás, dándole pie a continuar con aquel macabro juego que bien en otras circunstancias hubiera sido inofensivo, en aquellos momentos rozaba el mal gusto.

Fue entonces cuando Zane estuvo a punto de replicar, que el elfo volvió a hablar, esta vez para explicar su situación: al parecer, o según entendió ella, lo habían echado de una taberna —y unos guardias le habían debido de dar una paliza — por no poder pagar; además, llevaba mucho tiempo sin comer nada decente. Ah, y que también hacia poco que había escapado de una prisión de hielo y que los dioses lo habían maldecido, evidentemente, antes de lo que taberna.

Respecto a esto último, Zane no pudo evitar reírse con ganas. Era demasiado surrealista para ser cierto, era demasiado rompedor con la narrativa que había propuesto para no provocar la risa de la pelirroja; así que comenzó a reír, mientras se tapaba la boca con las dos manos. Él también reía, por supuesto: solo era…

Un charlatán, un bromista. Y tal vez por eso encontró el valor para instar a la joven para que se acercara un poco. «¿No decías que querías examinarme o algo así?». Aquella frase no paraba de sonar en su cabeza, casi como una maldición, como una provocación, como un recordatorio. Un recordatorio de las ganas que tenía en aquellos momentos de darle una bofetada.

Si quieres puedo salir del agua si así lo deseas, aunque creo que tampoco hace falta que contestes a ello.

Aquí debemos hacer mención de los grandes reflejos de la joven, que nada más darse la vuelta Félix, fue lo suficientemente rápida para taparse los ojos y no ver nada, y tuvo la suficiente suerte que cuando se los destapó, el extraño hombre estaba tumbado en el suelo, ya vestido. Zane tuvo que reprimir la risa al ver lo ridículas que resultaban aquellas prendas en él: casi parecía llevaba puesto las vestimentas de alguna prostituta cualquiera de Ereaten, aunque por supuesto, ella era especial, ella era de lujo. Ella era Felicia, la reina de las putas. Sí, una reina. Aunque tuviera aquellos burdos ropajes en su lasciva piel, aquella fría corona de mármol la delataba.

Y ante esta idea, Zane sonreía con una extraña malicia ante tales pensamientos que fueron de lo más confortantes a la hora de paliar su oscilante enfado.

Te aseguro que en otra situación te ayudaría a salir del agua, pero ahora mismo estoy sintiendo como si mis brazos se fuesen a despegar de mi —Algo que por el estado en el que se encontraba, la estudiante de cuarto grado lo creyó posible — Además, aquí afuera no tropezare de nuevo y menos si me encuentro en el suelo.

Bueno, esta vez no había soltado ninguna burrada, así que Zane no pudo quejarse. Pero de verdad, aquel varón lisonjero era todo un caso. «Con lo roto que está… ¿de dónde saca fuerzas para ser… así?», se preguntaba Zane mientras se acercaba de él y salía del riachuelo.

Ay, dejame. Estás horrible.

Y dicho esto, se sentó detrás de la cabeza del zalamero, y la dejó reposar sobre sus piernas. Era una posición muy común entre los enamorados, perfecta para inclinarse y declinarse en tímidos o profundos besos ante tal corta distancia. Aunque ella, que no estaba enamorada y nunca lo había estado, vio en aquella postura la comodidad del elfo, pues el suelo era apenas una dura madeja de tierra y hierbas, y pensó que en aquel estado en el que se encontraba, tenía que cuidarle lo mejor que podía.

Tal vez por eso, cuando sostuvo su cabeza y agarró sus hombros para acomodarle en el pequeño hueco que habían dejado sus piernas, fue lo más delicada y cuidadosa que pudo, evitando hacerle cualquier daño. Aunque cuando sintió su peso en ella, no pudo evitar estremecerse ante toda la gracia del hielo. Parecía que su esencia erótica y lívida había nacido para atormentar a todo el sexo femenino; y ahora, que estaba tan cerca de él y pudo examinar mejor su rostro, sus labios parecía que tenían el único propósito de ser besados, de bailar con aquella deleznable criatura que se escondía en aquella cueva de carne. Pero ella no lo callaría con un beso, no sería ella quien lo haría.

Pero lo que si estaba dispuesta era, antes de curar sus dolencias, hacer algo con la túnica que tapaba a duras penas el febril cuerpo del señorito. Así que se inclinó un poco y tocó con las dos palmas de sus dos manos sus dos hombros y murmuró con la suavidad de una nana las runas del hechizo:

Radep —Y la túnica creció lo suficiente para que estuviera a su perfecta medida y se pudiese sentir cómodo en ella. Ya no era pues, una prostituta; sino más bien un aprendiz de cuarto grado, más o menos. Creció como crece una flor, aunque no floreció. Todavía no estaba preparada para ello.

Realizado el primer hechizo, se apartó un poco del elfo, reclinándose y apartándose una llamarada de pelo, que juguetona había descendido para rozar la piel de Félix, como si quisiera arañar escarcha, derretirla en tan terrible gracia. Pero bajo aquel vástago mundo de hielo donde no podía penetrar la luz, solo se veía oscuridad, una oscuridad incierta, una proyección del mismo hielo. Lo que quiero decir es que la oscuridad que yacía en su interior no era natural, era una consecuencia de otra cosa: ocultaba con malicia sus virtudes y sus defectos, y como nadie conocía lo que había sumergido en aquel mar de sombras, nadie se atrevía a cruzar más allá de la escarcha: tenemos miedo a lo desconocido, y por eso nos aterra la muerte:

«—Las sombras lo consumirán todo cuando el sol se esconda, pero nosotros seguiremos encubiertos. Nos aterra mostrarnos, y por eso dormimos. Porque no aguantamos la miseria —pensó —, porque no aguantamos la miseria de no ser nada —repitió para sí mismo con los ojos muy abiertos».
—El Príncipe.

Zane tomó aire. Ahora venía la parte más complicada: examinarlo y tratarlo con magia dentro de lo que sus límites le permitían. No es que la magia curativa le supusiera un reto, pero solo conocía los hechizos básicos. Un verdadero curandero requería para su formación, sino eran años, mucho tiempo de intensiva preparación y exhaustivo estudio, además de un mínimo bagaje respecto a todas las ramas de la magia. Por ejemplo, una herida superficial se podía curar fácilmente con un hechizo del Libro de la Tierra, pero… ¿un hueso roto? Lo ideal para aquel tratamiento requería conocimientos de la magia ósea, y en aquellos momentos no contaba con ellos. Claro estaba que, si se daba el caso, siempre podría intentar alguna chapuza y hacer una amalgama de los elementos Tierra y Agua para realizar algún conjuro lo suficientemente efectivo para regenerar tejido óseo.
 
Pero no sería fácil. Claro estaba que también podía intentar llevarlo a la Torre a que lo trataran allí, pero no parecía capaz de soportar un hechizo de teletransportación, no al menos sin vomitar o desquebrajarse por completo. Volvió a tomar aire.

Ahora viene la parte complicada. Necesito que estés lo más tranquilo posible —explicó, intentando sonar calmada, aunque su corazón latía con bravura y flaqueza —. Y por La Diosa, ni se te ocurra distraerme o decir alguna burrada mientras te cure —El tono era una clara advertencia, dura como un golpe de hierro. Pero necesitaba estaba segura de que lo había comprendido —. Necesito que me lo prometas. Si no, me iré aquí y que te curen los lobos. Tal vez ellos tengan mejores intenciones que las mías —Sus ojos se clavaron en los suyos con una sutil fuerza, la misma fuerza que impulsaba la inusual autoridad en su voz.

Tal vez, en algunos aspectos no dejaba de ser una chiquilla de 17 años; pero a la hora de verdad, era muy consciente de su posición en el mundo y el de sus responsabilidades como maga. Tal vez el mundo la contemplase como una niña pequeña, pero ella conocía la sangre tejida de la piel, el susurro de la muerte y los chillidos del hierro, de las arcadas de las guerras y el de los caminos tristes. Conocía la muerte de primera mano: porque sus padres ya no estaban, y porque ella misma había arrebatado suspiros con el acervo febril de los haces de una espada: había apelado a la carne y la había quebrado, había apelado a la sangre, y había desmarañado el tejido de las venas. No había amado, pero había roto corazones con el frío de la piedra y sus manos se habían bañado de aquella oscura sustancia mate que riega los campos del mundo y los pervierten.

Tal vez no fuera más que una joven que no alcanzaba la veintena de edad, pero tenía corazón de guerrera y el recuerdo herido. Era una niña que no era una niña, y aun así, no se había perdido: seguía intacta en el mundo, y eso la dotaba de valor.
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El agotamiento hacia mella en mi haciéndome perder cada vez más la noción de lo que pasaba, aun con esas me veía más que capaz de mantener la consciencia sacrificando un poco de mi concentración en mantener los ojos y la cabeza en su sitio.

Pude notar como mi cabeza se movía a un rígido pero cómodo regazo, aquella situación solo había ocurrido una vez... y hacía tanto de ello... aun puedo recordar su pelo negro como la noche y el doloroso puñal que supusieron sus palabras para mí —Ahora márchate, esta será la ultima vez que te ayude, la próxima vez que te vea... juro que seré yo la que te maté—Quizás lo recordase con más drama pero así era yo, y no es que mi memoria acompasase muy bien con mi poder, además, me había roto el corazón, para mi... diría que estaba muerta, pero se que el día que nos encontrásemos de nuevo... Sería un ultimo vals de sombras y luz, el fin de uno de los dos.

El crecimiento repentino de la túnica prestada y el rocé de un sol me saco de mi ceño fruncido y pensamientos de venganza y desamor, pero era innegable que en mi mirada estaba la representación más triste de la derrota y el desamparo, la derrota de alguien que había apuntado con su dedo hacía el panteón divino y que sin embargo sangraba por mortales.

Ahora viene la parte complicada. Necesito que estés lo más tranquilo posible — dijo con una calma muy bien presentada, aunque se hacía evidente que detrás de todo ello había inquietud, quizás me matase una vez más, pero claro, para ella estaría más que muerto a la primera.—. Y por La Diosa, ni se te ocurra distraerme o decir alguna burrada mientras te cure — Advertía intentado resultar atemorizante, aunque era inevitable que sonriese al escuchar ese por La Diosa "ay pequeña humana... si siquiera supieses quien soy... he estado más cerca de vuestra diosa de lo que nunca habéis estado ninguno de vosotros y su abrazo es cruel." a fin de cuentas... el mundo era cruel, o así me lo dijeron una vez. —. Necesito que me lo prometas. Si no, me iré aquí y que te curen los lobos. Tal vez ellos tengan mejores intenciones que las mías — esta vez mucho más autoritaria la joven decidida a plantarse a darle un beso de vida al mismísimo caos, ingenua ella, ingenua pero con la determinación suficiente para hacer que el caos se la tomase en serio.

Esta bien señorita, prometo que no te haré ninguna de mis incomodas, incisivas e inapropiadas bromas— mientras estás sinceras palabras se escurrían de mis labios con automatismo mi mirada se clavaba en ella seria e inerte, esta vez sin juegos. —Aunque de todas formas no es como si pudiese hacer mucho más que dejarme caer ahora.— La perdida de energía acompañaba a mi voz que iba atenuándose hasta casi convertirse en un susurro, y con ello mis parpados cerraban una vez más los dos coliseos de derrotas que habitaban en mis ojos.

No sabría decir si caí en sueño, si caí en pesadilla o siquiera si dormí, pero allí estaba, entre el regazo y los brazos de una desconocida que había decidido ayudar a otro desconocido. Quizás y solo quizás, el mundo no fuese tan malo a fin de cuentas.

Era una fusión entre gris y blanco, aclarado hacia un gris pálido. Una justicia imperfecta y un sentimiento de bondad con matices de curiosidad, puede que fuese una fusión correcta pero indebida a los ojos de los dioses. Pero cuando sentí su magia correr en mi... fue un dulce y cálido abrazo, para nada similar a su divinidad, solo se que sentí la calma más absoluta.


Mis ojos se abrieron de par en par de la nada, estaba en la misma situación, entre los brazos de la muchacha, aunque ella parecía magullada y llena de hollín ¿Pero como? ¿Acaso había dormido de más y nos habían atacado? ella lloraba y agitaba mi cuerpo levemente, como si fuesen sus ultimas fuerzas. Aún con los ojos como platos no podía apartarlos de su boca que lanzaban palabras al aire que no podía escuchar ni siquiera discernir que decían sus labios entre el escenario allí formado. Dos sombras se acercaron a ella y la arrastraron lejos del abrazo, dejando caer mi ahora pesado cuerpo en el suelo. Lo ultimo que fui capaz de ver fue un cabello pelirrojo pararse desde las sombras ante mi, empuñaba una espada con runas de una manera torpe pero decidida, instantes después descendió como un relámpago sobre mi pecho.

Levanté de la forma más violenta posible, revolviéndome sobre mi mismo y de nuevo con una respiración acelerada —¿Que ha sido eso?— dije aun en su regazo y con la cara de haber visto una pesadilla que caminaba hacía nosotros como un futuro incierto.
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Cuando el joven posó por segunda vez sus manos sobre él, sintió el hierro, el óxido, el níquel. Cerró sus ojos, y abandonó aquel mundo y comenzó a dormir; así lo decía su pecho agitado. Entonces, procedió.


Una vez que hubo terminado de curarle, se sentía un poco débil, agotada, pero, sobre todo, orgullosa. Había hecho un buen trabajo, aquello no se podía negar, aunque las cicatrices de su espalda seguían allí. Le hubiera gustado hacer algo, pero aquellos jirones de la carne llevaban ya demasiado tiempo, ya eran parte de él: para haberlas borrado los terribles dibujos en aquel lienzo de piel, hubiera necesito algo de tiempo, mucho tiempo. Tal vez algún día, si él se lo pidiese…

Aunque tal vez no quería separarse de sus cicatrices. Tal vez eran recuerdos que no querían perder, y habérselas quitados hubiera sido un error grave. A veces, uno solo puede vivir del pasado, aunque éste le destruya y le carcoma por dentro; aunque la memoria nos arañe y los años giman, alguien que solo vive de recuerdos nunca podrá ser feliz. Ella lo sabía muy bien, y tal vez por ello, sentía pena por él: conocía el susurro del cuero y la triste canción del hierro, y aún así, vivía amarrado a ellos. O al menos eso fue lo que pensó la pelirroja mientras se dirigía al riachuelo para lavarse las manos, sintiéndose un poco sucia: tenía la sensación de haber olvidado algo muy importante.

Al terminar, se giró, y su corazón dio una sacudida salvaje. Tenía los ojos cerrados, como si estuviese muerto o profundamente dormido, pero sufría. Sufría con fuerzas, con temor, con el corazón lleno de heridas: en aquellos momentos, pensó que aquella debía de ser el rostro de la Muerte. Se acercó rápidamente y volvió a apoyar su cabeza sobre su propio regazo, con cuidado, con temor, con el corazón borracho de preocupación.

Pero repente, sus ojos se abrieron con fuerza, levantándose como una plaga violenta. La pelirroja tuvo que apartarse para que no le diera con la cabeza, e inconscientemente, pasó un brazo por su hombro y comenzó a moverlo de arriba abajo, con fuerza, para que notara que ella estaba con él. Arrastraba su mano suavemente, como un susurro; pero en la naturaleza de aquel acto yacía la naturaleza del fuego: del fuego del hogar, del rescoldo de la última hoguera, de la ternura del sol, el fuego que lleva a una madre a abrazar a su hijo. Y Zane ardía con aquella misma calidez, tímida y pura, porque él no era la escarcha, ni era el más terrible de los males: era un hombre con una piedra en el corazón.

¿Qué ha sido eso? —preguntó después de unos segundos, volviéndose a tumbar.

Zane le apartó un mechón de pelo albino que se acercaba peligrosamente a sus ojos, y los miró, sin una pizca de miedo: eran los ojos que conocían el murmullo del sol y el gemido de la luna. No tenía sentido temerlos.

—Ha sido una pesadilla, un mal sueño —murmuró, intentando sonreír con ternura. Ya no podía pasar su mano por su espalda, pero…

Si que podía meterle un dedo por la nariz, y es precisamente lo que hizo.
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Aquella situación parecía un presagio de lo que había visto, solo que mucho más feliz y sin amargura, como un beso dado por la propia muerte. —Ha sido una pesadilla, un mal sueño — Acerté a escuchar, pero si tan solo lo hubiese visto... todo era tan... real.

El tono de la muchacha se había vuelto muy humano, casi tierno, como si sintiera pena por mi o si quisiese detener un ataque constante a un corazón de piedra, un enano defendiendo a un gigante, un valeroso enano dando la espalda a su herido enemigo para protegerle de los peligros venideros... ¿Eso es lo que debía ser la justicia?¿La compasión?


Mis ojos tuvieron el impulso de llenarse en lagrimas al cruzarse con los suyos, tanta bondad para un perro magullado encogían mi corazón como si lo hubiesen vuelto a estrechar los mismísimos dioses. Pero entonces...

Un dedo ágil y con intromisión embosco mi nariz, lo que provoco en mi que de las cercanas lagrimas llegase a la vergüenza más absoluta, casi me aparte instantáneamente y me retire de espaldas de su rango y su tenebroso dedo. Con la cara desencajada y una rojez que se hacía más evidente en mi láctea piel.— ¿Q... QU... QUÉ HA... QUÉ HACES? — Apenas salían las palabras de mi boca y se trastabillaban una tras otra. Seguí arrastrándome hasta quedar a una distancia de unos tres metros y chocar con un árbol de espaldas.

Apenas había notado que todas mis energías habían vuelto, ni siquiera me percate de que mi torso estaba al descubierto volviendo a hacer visible las cicatrices y runas, y que la túnica que ahora hacía las veces de falda.

Al impactar con el árbol salí de aquél estado, con un pequeño "¿Eh?" al contacto con el mismo. Aún rojo pero esta vez con cara de indignación me di la vuelta y me escondí detrás del gran árbol —Eres... eres una pervertida, humana...— dije mientras procedía a deshacerme de la túnica dejándola caer, y con un chasquido de dedos la ropa que me había acompañado volvió a mi, cubriendo mi cuerpo con la raída y fúnebre moda que había asimilado.

Recogí la túnica y aún con los labios tan temblorosos que bailaban en la vergüenza y unos ojos que evitaban mirarla directamente me acerqué a no demasiada distancia y extendí la mano —Co... coge... la, yo... no la necesito. — Estas ultimas palabras fueron acompañadas de un tono de voz más serio, intentando abandonar la vergüenza.

Una joven y pequeña humana había humillado al asesino de magos más letal de la historia, y no solo lo había humillado, lo había avergonzado haciéndole parecer un adolescente hormonado.

Con la vergüenza y el orgullo herido dí la vuelta, dando la espalda a la humana y me quedé parado durante unos segundos sin decir nada.  —¿Que quieres como pago por... haberme ayudado?— como buen elfo y embaucador sabía que todo tenía un costo y que si no lo tenía había que ponerlo, así la paga de deudas acababa y no se convertía en un ciclo.

Negué con la cabeza —Puedo conseguir lo que desees — mi oferta era tan volátil que era arriesgada, pero podría traer desde la muerte y de manera momentánea a las almas de los seres que desease, o conseguir el dinero, objeto o artefacto que ella desease. Estaría gastando una parte de las energías recuperadas, pero aún así no estaría al borde de otra muerte más como lo había estado hacia un par de minutos, además, nada se escapaba a mis manos.
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"Hombre muerto caminando."


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Zane no pudo evitar sonreír ante tal desproporcionada reacción, incluso lanzar alguna que otra descarada carcajada al ver como se escondía detrás de un árbol y la calificaba de pervertida, como si hubiese olvidado la manera en la qué se había comportado con anterioridad. Cuando salió de su escondrijo, todo su cuerpo estaba cubierto por ropas oscuras, muy frecuentes en la estética y moda nigromántina.

Agarrando la morada túnica con una mano y evitando mirar a la joven, estiró el brazo, devolviéndosela. Y por si el gesto no fuera suficiente, balbuceó que la cogiese, que él ya no la necesitaba. Así que Zane, intentando borrar su sonrisilla, agarró la túnica y se la puso rápidamente, despeinándose un poco en el proceso, pasándose una mano por la cabellera como consecuencia.

Acto seguido, Félix se dio la vuelta y el fino de su túnica ondeó ante la suave caricia del viento y del giro. Sin duda alguna, aquellos ropajes le quedaban mejor que la triste túnica de la joven; que ahora que se daba cuenta, le quedaba un poco grande, como si hubiera heredado las vestimentas de un hermano mayor y se tuviera que conformar con ellas. Tal vez pudiera haber utilizado un hechizo para volver aquellas vestiduras a su tamaño original, pero no tenía las ganas suficientes para hacerlo. Además, no le quedaba nada mal la túnica con esas proporciones masculinas.

¿Qué quieres como pago por… haberme ayudado? —preguntó de pronto —. Puedo conseguir lo que desees —añadió, y por un momento pareció que sería capaz hasta de traerle hasta la luna o hasta de destruir el mundo si la pelirroja se lo pidiese, y de alguna manera, la joven se sintió un tanto sobrepasada por todas las cosas que podría pedirle.

La verdad es que se sintió tentada a declinar su oferta, pues no le parecía correcto que tuviera pagar nada; después de todo, solo había cumplido con su deber. Por otro lado, Por las circunstancias del momento y por la naturaleza de su ofrecimiento, aquella escena le recordaba a uno de los paisajes que había leído de Ahmahhaj al-Ebún en uno de sus tantos libros; que, resumidamente, narraba las aventuras de un joven que, tras encontrarse con un djinn, éste le ofrecía tres deseos. El joven, como tenía buen corazón y sabía que tras pedirle sus deseos acabaría encerrado otra vez en la vasija en la que había sido contenido y que el genio podía mostrarse traicionero, su primer y único deseo fue en convertirlo en su amigo. De esta manera, y sin saberlo, el joven contó siempre con la ayuda y con el poder del djinn hasta el final de sus días. Zane casi se veía ante la necesidad de hacer mención, de alguna manera, a dicho relato.

El único problema era que, si Félix no conociera aquella historia, tal vez se extrañaría un poco o se avergonzara. Pero después de todo, ese es el precio que hay que pagar, ¿cierto? Ese es el precio que debemos de pagar por la civilización y por la realización de chascarrillos con las citas literarias.

—Mi primer y único deseo es que te conviertas en mi amigo —enunció, con algo de solemnidad en su voz y con resquicios de honor en sus palabras, aunque se percibía un sutil tono socarrón y dicharachero —… y que me lleves a la ciudad, que tengo que buscar un giroscopio —reconoció algo avergonzada, al cabo de unos segundos, sonriendo tímidamente.

¿Qué? Zane era una chica sencilla, no necesitaba grandes cosas, salvo una cosita extraña que gira sin variar su eje, de metal, a poder ser. Sabía que en Ereaten en algunos sitios se vendían esas cosas, artículos extraños y extravagantes; el problema es que no sabía por dónde empezar a buscar. Si tenía la posibilidad de convertir una aburrida, tediosa y solitaria búsqueda en una velada agradable con un recién conocido mientras visitaban todas las tiendas y comercios, ¿cómo se iba a negar a proponerlo?

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