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Elfo
Nombre : Su-Riak de la Casa del Arce (Riak)
Escuela : Escuela del Bosque Dorado (ex-alumno), Maestro de la Fortaleza de Aressher (magia) y de Rossnatt (Transformación)
Bando : El Dios
Condición vital : Vivo, Kin-Shannay (Kai: Nessa)
Cargo especial : Maestro de Aressher (magia básica), Maestro de Transformación
Rango de mago : Nigromante, Especialista en Magia de Transformación
Clase social : Noble, destituido de su cargo como duque de la Casa del Arce, actual Duque de Nyx
Mensajes : 143
Fecha de inscripción : 04/05/2011
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La casa de los padres de Catherinepor Riak, el Vie Dic 23, 2011 1:50 pm
Era una tarde fría. Las nubes cubrían el cielo y lo teñían de un gris oscuro y melancólico. Era una tarde sombría y, en sus sombras, se dibujaban las siluetas de un pequeño pero cualificado ejército de inquisidores. Conmigo, un nigromante y detractor del Bien, al mando.

Era fácil engañar a un puñado de humanos sin dotes mágicas. La mayor parte de ellos, pese a haber sido entrenados para capturar brujos, eran incapaces de detectar magia si las pruebas no eran demasiado evidentes. Por esta razón, apenas tuve problemas para mezclarme entre sus filas. Con la finalidad de no destacar, había tomado mi apariencia humana; la apariencia de Erik, el marino y padre de William. Todavía me reía al recordar su cara cuando recibió la noticia. «Una vez que digo la verdad y no me creen», me dije.

Espoleé el caballo y seguimos el sendero que nos condujo a nuestro objetivo. La casa era pequeña y modesta, lo suficientemente aislada del resto como para que no supusiera ningún problema añadido.


Aquí es —le indiqué a los inquisidores.

Bajé del caballo y el restó emuló mi comportamiento. Dos de ellos se adelantaron y, sin mayores miramientos, derribaron la puerta. «Qué mala educación tienen estos humanos», pensé, y me acerqué a la entrada de la casa.

«¿Dónde escondéis a la bruja?», dijo uno de los hombres que había tirado la puerta abajo.

Miré al interior y comprobé que la pareja que allí se encontraba era la que estaba buscando.

«¿Qué…? Aquí no hay ninguna bruja. Podéis… Podéis comprobarlo…», respondió el que, según parecía, debía asumir el papel de padre de Catherine. Sin embargo, por más que trataran de esconderla, la verdad se traslucía en sus rostros. Estaban aterrorizados. Las manos de la mujer temblaban y la voz del hombre también lo hacía. Los inquisidores registraron la casa y buscaron en todos los escondites posibles, sin éxito. Yo me mantuve bajo el dintel de la puerta, de brazos cruzados.

La bruja no está aquí, ya os lo avisé —dije, con voz cansada—. Pero una vez lo estuvo, aunque seguramente ya la habréis escondido bien lejos. —Esta vez fue la mujer quién intentó tomar la palabra, pero la interrumpí antes de que pudiera decir nada—. La prueba es clara. —Caminé hacia una mesa cercana y pasé la mano por los dos o tres libros que allí se amontonaban—. ¿De dónde habéis sacado estos ejemplares? El placer de la lectura está vedado a los de vuestra clase. —Los “anfitriones” se mantuvieron en silencio. Inteligente decisión. Cogí el primer libro y, de forma rápida e imperceptible para cualquier persona que no conociera los trucos de la magia, mientras hablaba, hice aparecer entre sus páginas un papel que había preparado previamente—. Examinad los libros —ordené.

Le cedí el volumen trucado al primero de los inquisidores y, ante la mirada atenta de los padres de Catherine, lo hojeó. «Pobres ingenuos, seguramente piensan que no tienen nada que temer». El hombre no tardó en encontrar la hoja que había preparado; la desplegó y la leyó con interés.

«Parecen runas, señor. Habla… Dice algo sobre la temperatura… —Cogí el papel y lo examiné con gran interés, como si también para mí fuera un gran descubrimiento. Cumpliendo con mis previsiones, el hombre añadió—: Podría incluso ser un conjuro para mantener la calidez. ¿No notáis que aquí no hace tanto frío como afuera? ». Tendí el papel ante los padres de Catherine.

¿Alguna explicación? —pregunté, en tono burlón.

El hombre abrazó a su mujer y me contempló con los ojos llenos de terror. «Eso no es cierto. ¡No es cierto! Ese papel no es nuestro, nosotros no sabemos nada de magia… Todo esto… debe ser un malentendido, una trampa…». No lo dejaron continuar. Los inquisidores los capturaron y sus gritos desesperados desgarraron el aire, temerosos porque su hija corriera la misma suerte.

Acabemos con este antro de brujería, ¡que no quede ni rastro de esa maldita maleficencia del Diablo!

Era divertido hablar de aquella manera. Los inquisidores entendieron mi petición a la perfección; sin piedad alguna, dejaron caer las antorchas que nos habían iluminado en el camino sobre los maderos que conformaban la casa. Y, ante mis ojos triunfadores, el fuego prendió y el hogar ardió.

Vámonos, no hay tiempo que perder —los apremié para que montaran sobre sus caballos.

Antes de marcharme, dejé caer con disimulo el anillo que le había robado a William, encantado para que solo una persona lo descubriera. Cuando Catherine llegara, porque sabía que estaba de camino, no tardaría en sacar conclusiones.

«Todo esto no ha hecho más que comenzar», pensé mientras me alejaba del lugar, decidido a realizar el infierno cuyos esquemas, durante mucho tiempo, me había esforzado por diseñar.


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Humana
Nombre : Catherine Earnshaw Bennet
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Re: La casa de los padres de Catherinepor Catherine, el Dom Ene 15, 2012 5:15 pm
Me materialicé a una distancia prudencial de la casa, en medio de una arboleda abandonada, a fin de que nadie me descubriera apareciendo de la nada. Arrastrando con mis pertenencias, emprendí el camino alzando la cabeza de cuando en cuando, esperando divisar la parte alta de la casa desde la distancia. Sin embargo, por más que avanzaba, no lograba ver nada.

Cuando llegué a mi destino supe por qué. En el lugar donde debía erigirse la vivienda, no había más que escombros y ceniza. No podía creer lo que veían mis ojos. Todo había sido calcinado. Todo. No quedaba ni la sombra de lo que una vez fue…

No puede ser... —musité, cubriéndome la boca con las manos.

Divisé a un aldeano, antiguo vecino nuestro, caminando por los alrededores y corrí hacia él para interrogarlo. Su única respuesta fue una mirada aterrorizada y un «yo no sé nada», que no hizo más que alimentar mi angustia. Luego salió corriendo como si hubiera visto al mismísimo diablo. Con los ojos empapados en lágrimas, me planté entre los restos de la casa y busqué entre ellos, esperando encontrar algo, cualquier cosa, aunque fuera una imagen terrible. Sin embargo no hallé nada: ni restos ni indicios que me permitieran adivinar lo que había sucedido.

Desesperada y con el corazón latiéndome desbocado en el pecho, clavé la mirada en un objeto reluciente, estratégicamente colocado entre los restos de la puerta principal. Me lancé a por él y lo sostuve entre mis dedos, observándolo al trasluz. Entonces, horrorizada, lo entendí todo.

Era el anillo de William. Él había estado allí… Él había tomado represalias. Estaba vivo… y saben los dioses a dónde se habría llevado a mi familia. Cerré el puño, me sequé las lágrimas y, con una oleada de furia, me decidí a regresar a la Torre. «Tal vez con el anillo y la ayuda de Narshel podré saber dónde está ese malnacido», pensé, aferrándome a aquel último rayito de esperanza.

Y, sin más dilación, desaparecí de aquel terrible escenario de recuerdos calcinados y sueños rotos.


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◘ Cuando planté rosales, coseché siempre rosas ◘