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Señor de los lobos (humano)
Nombre : Crescent fon Wölfkrone
Escuela : La Torre
Bando : La Diosa
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Cargo especial : Maestro de la Torre (magia y lucha física), Maestro de Guerrero Angelical (La Torre)
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Cuerdo y loco, loco y cuerdo, al filo de una niebla brumosa, de una niebla de tonos grises y oscuros, a su filo, al filo de la medianoche, yo corría y corría, por entre los bosques, sobre la hierba húmeda, y la lluvia caía del cielo, tan tenue, tan dulce, tan agria, tan gris. Mis cabellos negros se enredaban entre las ramas como se habrían enredado las alas negras de un cuervo que hubiera sobrevolado el bosque. En la planta de mis pies, había sangre vieja y había tierra en mis pies, y en mi rostro, y pegada a mi pecho, y también a las ropas raídas que le había robado a un muerto.

El sabor fresco de la sangre aún me impregnaba los labios. Un corazón salvaje latía en mi interior, como un caballo desbocado, así latía mi pecho, al ritmo frenético de mis piernas, que no dejaban de avanzar, sin apenas cansarse, sin detenerse un instante. Aunque hacía frío, a mí no me tocaba: todo en mí era pura actividad, calor, sudor y, sobre todo, ganas de convertirme, ganas de cumplir la metamorfosis que me permitiría dar rienda suelta a la libertad que pedía a gritos mi alma.

¿Los pensamientos? Los pensamientos sobraban. Todos ellos. La luna llena brillaba en el cielo, la Reina Luna, cuánto habría dado por tocarla y alcanzarla, por hundirla para siempre en mi interior, por confundirla con mi esencia y convertirnos ambos en uno, fusionarnos por y para siempre. Ella estaba muy lejos, pero yo la guarecía en mi alma, ahí se escondía desde hacía mucho tiempo, desde que me besó por primera vez el rincón más oscuro de mi conciencia.

Una niebla densa, sobre la cúspide de mi locura, era aquella noche la venda de mis ojos. Con la razón ciega, avanzaba dejándome guiar solo por los sentidos y por los instintos. Pisaba las flores de la incipiente primavera; para mí no eran importantes. Tampoco eran importantes los arbustos espinados que me rasgaban las rodillas, y que iban transformando mis ropas viejas en harapos rotos que aún olían a muerte.

No era más que una bestia sin nombre y sin historia. Andar erguido me suponía una molestia. Mis ojos rojos, mis ojos de sangre, se clavaban en los troncos de los árboles, en los arbustos, en la oscuridad, en la distancia, buscando una víctima más. Me sobraban aquellas manos hábiles, me sobraba aquel pelo largo, aquella barba molesta que me había crecido. Me sobraban las palabras y el pensamiento, no los quería, no eran más que una molestia.

El fuego de la bestia me carcomía las entrañas. Mis músculos se tensaban, se contraían, se distendían luego. Yo no dejaba de avanzar, rompiendo el silencio de la noche negra con mis fuertes pisadas, persiguiendo un camino de estrellas luminosas para poder alcanzar la lejana luna.

No tenía ya ningún frío, el fuego de la bestia me carcomía las entrañas, y ya no solo las entrañas, también empezaba a arder en mi piel, lo sentía en el fondo de mis pupilas, lo escuchaba en mis oídos, me ardía en la garganta con la voz de un rugido. El rugido escapó de mi garganta, sobrehumano, como un trueno que hubiera roto el cielo. Estaba ahí. Yo estaba ahí. Y sonreía.

Me sobraban aquellas inútiles ropas. Me arranqué la camisa sin mayores miramientos, permitiéndole al aire frío besar mi pecho desnudo, removerse por entre cada tramo de piel, colarse por cada poro, andar por cada forma de mi cuerpo. Noté cómo rodeaba mi cuello, cómo se colaba en mi garganta, y no podía apagar ninguno de mis fuegos. Mis manos habrían podido sostener el mundo en aquel instante, y hacerlo rodar por las infinitas dimensiones de todos los universos.

Al llegar a un claro, detuve mis piernas, que levantaron una nube de polvo al clavarse en el suelo, firmes. Mi corazón no se había detenido, no se había calmado, seguía ardiendo intensamente. Me sobraban todas aquellas ropas. Habría querido destriparlas como destripé a aquellas bestias.

Con ira, con odio ardiente, me quité de encima todo resto de camisa que pudiera haberse adherido a mi piel. Estiré los brazos entonces, sintiéndome otra vez libre, muy libre; libre y fuerte. Me sobraban aquellos pantalones rotos por los que se colaba la sangre de mis heridas, me sobraba aquella tela insulsa e inútil que ni resguardaba del frío ni me servía para protegerme. No tenía frío. Me arranqué también aquel pedazo de ropa, sintiendo, de nuevo, mis piernas ágiles y libres, y me quedé completamente desnudo, como es el estado del hombre y de cualquier bestia en su naturaleza.

La lluvia se deslizó por mi rostro, me humedeció los labios, me empapó el cabello y se paseó por cada punto de mi cuerpo. Era la hora. Era el momento. La luna de plata me sonreía desde la cuenca nocturna en la que permanecía anclada. Casi podía escuchar su llamada. Casi podía notar cómo su luz blanca me envolvía y me reclamaba como pleno hijo suyo, como pleno hombre suyo y, sobre todo, como pleno lobo suyo.

Era mía y yo era su esclavo. Abrí la boca y en mi dentadura discreta e inocente aparecieron dos colmillos mortíferos, dispuestos a desgarrar un nuevo pedazo de carne. Me dejé caer, de rodillas, sobre la hierba, hierba que estaba encharcada, y el agua, mezclada con plantas y con tierra, me golpeó como quien golpea a su peor enemigo.

Mis uñas se transformaron en garras. Me sentía feliz. Me sentía pleno. El lobo latía en mi interior, se desataba, se desataba, y yo lo notaba en mi piel, lo notaba en mi alma, cómo iba adueñándose de todo mi ser, convirtiéndome en mi verdadero yo, en quien de veras valía la pena.

Una niebla densa, sobre la cúspide de mi locura, se convirtió entonces en una venda aún más densa que cubrió mis ojos, que tapó mi boca, mi razón, mis palabras y se hundió, quizás para siempre, en el punto más álgido de mi conciencia.


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La luz de la Luna brillaba soberana en el firmamento. Yo y mi séquito regresábamos de nuestra visita al Papa Lédiv VII, cuando una densa niebla nos obligó a amainar la marcha. Se hizo tarde, de modo que decidimos acampar en los bosques que se hallaban cerca de las fronteras con Ereaten.

El frío era sepulcral, mas los hombres siempre tenían a mano licor y hogueras con las que poder entrar en calor. Por mi parte, estaba en mi tienda, frente a un improvisado altar sobre el que poder rezar a Dios nuestro Señor. Recitaba las palabras, una por una... hasta que de pronto, lo escuché.

Un aullido. No. Era más que eso. Era un alarido de dolor que parecía clamar venganza a los mismos cielos. Aquel sonido logró helarme el alma y agudizar mis sentidos, pues rauda me puse en guardia por si se trataba de una de aquellas criaturas que habitaban la noche.

Dotada de mi gran escudo y mi espada de plata, salí del campamento. Vi que los cánticos que profanaban mis hombres se acallaron, pues ellos también oyeron el aullido.

- ¿Qué ha sido eso, mi señora? - me preguntó un paje

Miré a mis alrededores, pendiente de cualquier movimiento. Sólo pude responder:

- Nada bueno

Fue terminar de pronunciar aquellas palabras cuando volvimos a escuchar aquel aullido infernal. Procedía del interior del bosque. Decidida, me dirigí hacia allí para averiguar de qué se trataba:

- ¡Tú, tú, tú y tú, venid conmigo! - ordené a cuatro de mis guardas personales - ¡El resto, quedaos aquí y proteged el campamento!

Hubo algunos que quisieron detenerme, pero desistieron enseguida, pues era consciente del respeto que influía sobre ellos. Otros ni siquiera se molestaron. Estaban deseando que alguien acabara con aquella mujer que había osado hacerse con un trono.

En cuestión de segundos, yo y mis hombres nos adentramos en el bosque, donde la niebla era cada vez más densa. Al llegar a un claro, parecía que la misma se despejara ligeramente para que la Luna pudiera hacer acto de presencia... y pudiéramos verlo.

Un lobo. Un lobo de unas proporciones que jamás hubiera llegado a imaginar.

- ¡¿Qué es esa cosa?! - exclamó uno de mis guardas
- Sea lo que sea, no parece tener intención de marcharse - les dije, procurando mantenerme serena - ¡En posición!

Los cuatro guardas alzaron sus escudos y pusieron sus picas al frente, todos ellos rodeándome, dispuestos a defender a su reina. Al amparo de sus escudos, preparé una daga de plata por si la cosa iba a mal. Un lobo de semejantes proporciones sólo podía significar una cosa... licántropos.
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Los rugidos de ira contenida pasaron a convertirse en aullidos fieros cuando el lobo terminó de apoderarse de mí. Mi piel, cubierta de pelo negro, era la piel curtida de un lobo, y mis ojos buscaban, con desespero, una presa nueva a la que desgarrar. Aullé. Aullé. La luna estaba dentro de mi alma, estaba dentro de mi vida, ella era el sentido de todas las cosas.

Nunca el mundo me parecía más hermoso ni más pleno que cuando hundía mis cuatro patas en la tierra y cantaba con la voz de una bestia la canción de la muerte que está por venir. Nada mejor que correr, correr y buscar nuevos olores que me llevaran a degustar nuevos manjares.

Olía a sangre. Olía a sangre y había un olor a humo cerca, un humo de los que conjuran los humanos, los malditos humanos que avanzaban por todos los lugares, por todas partes. Di pasos ligeros, mientras mis ojos rojos, encendidos como dos fuegos ardientes, oteaban la plena oscuridad. Arañé el suelo, la hierba, la tierra. Mi cola se balanceaba con movimientos lentos, movimientos que anunciaban el peligro, y yo me preparaba, agazapado, para saltar sobre aquellos humanos que se acercaban.

Eran humanos, yo lo sabía, ¿cómo no reconocer su olor? Aun entremezclado con el olor a hierba húmeda, con el aroma de la tierra mojada, a pesar de todo, el rastro de aquellas criaturas era inconfundible. No necesitaba verlos para saber que estaban ahí. Burdas palabras escaparon de sus burdas bocas, yo no las escuchaba, ni siquiera me preocupé por entenderlas. A mí me sobraban todas, todas las palabras.

Cinco figuras altas se habían puesto en guardia al verme. Llevaban aquellas molestas armas y aquellas molestas ropas, que escondían el calor de sus carnes, que tapaban el aroma de la sangre que discurría por sus venas. Enseñé los dientes, enseñé mis afilados colmillos, y volví a relamerme. Se me erizó el pelo mientras avanzaba, a paso lento, sin guardar en mi alma ningún rastro de miedo y sí muchos deseos de atacarlos, de acabar con todos ellos.

Olisqueé el aire que me traía su aroma. Un deseo ciego y loco se apoderó de todos mis sentidos, que se centraron en la figura central, en la líder, a la que protegían todos los otros cuerpos. No pensé, no estaba entre mis facultades, en una noche como aquella, atender a las demandas de mi razón callada.

Sin mayores preámbulos, corrí hacia ellos y salté hacia el primer guardia que se me puso delante, clavando mis garras en su rostro y notando el tacto fresco de la sangre contra mi propio cuerpo...


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La bestia se abalanzó sobre uno de los guardias que había frente a mi, hundiendo sus afiladas garras en su rostro, y obligándole a escupir auténticos alaridos de dolor.

Justo en ese momento aproveché para clavarle mi daga de plata en lo que deduje sería su omóplato. Lo hice hondo, pues quería asegurarme de provocarle el mayor daño posible. Era una de las primeras cosas que aprendíamos en la Santa Academia: la plata es el peor enemigo de un licántropo.

Y acerté, pues nada más hundirle la hoja en su carne, el lobo comenzó a aullar de dolor. Conseguimos que retrocediera unos cuantos pasos del guardia herido, momento que aproveché para asestarle un golpe en el hocico con mi escudo que le hizo retroceder todavía más. Aturdido por el golpe, apenas pudo evitar que mi espada de plata le rasgara el cuello. Se trataba únicamente de un corte superficial, pero la plata quemaba su piel, a lo cual si le sumábamos la daga que continuaba clavada en él, el dolor se le debía de antojar insoportable. Y no hay nada más torpe que una criatura cuya mente está siendo obnubilada por el sufrimiento, aunque también se vuelve más inestable y, por tanto, peligrosa.

Una vez realizado el corte, mis hombres y yo regresamos a la posición inicial, preparados para repelar cualquier embestida por parte de aquella iracunda criatura.
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El dolor fue intenso, más intenso que cualquiera que hubiera sentido antes, o que recordara haber sentido. Ardía, de una forma muy distinta a como ardía mi alma de licántropo. Recibí golpes, el olor a sangre se incrementaba, también a piel quemada. Sin embargo, pese al aturdimiento y pese al dolor, no me detuve.

El deseo de matarlos crecía con cada uno de sus movimientos. Enfurecido, reuní fuerzas para abalanzarme sobre los atacantes. Y se me cegaron, en un instante, además de la razón, también todos los sentidos. Solo hubo ira y dolor desde el momento en que la daga penetrara en mi espalda.

Pero no podía dejarme arrastrar por el dolor. La rabia era más fuerte. La luna brillaba sobre el cielo y me apoyaba, yo sabía que me apoyaba. Con la intención de despedazarlos, corrí hacia el hombre al que había herido, y lo mordí repetidas veces, notando el sabor de su carne fresca entre mis fauces de lobo... y notando, pronto, el olor de la muerte.

Eso me animó a continuar. Sobreponiéndome a las ardientes punzadas que me recorrían el cuerpo, retrocedí, salté, y clavé las garras y los dientes en otros atacantes que se interpusieron en mi camino; no fui consciente de a quién herí, de a quién maté, ni de quién me rasgó la piel con sus armas afiladas, ni supe ya quién portaba aquellas armas que ardían, que iban debilitándome poco a poco, ni supe tampoco quiénes me golpearon y quiénes no.

Pero el dolor persistía, persistía, la daga se retorcía clavada en mí, rozándome los huesos. Retrocedí y aullé de nuevo. La sangre se había mezclado con los charcos del suelo, dándole un aspecto sanguinario al claro de aquel bosque. No podía rendirme. No podía continuar. No podía. Tenía que seguir, por aquel instante, desde aquel momento en que el lobo penetró en mi alma, yo estaba condenado a servirle...

«Yo ya he muerto». Aquel pensamiento apareció como una llama en mi mente, como una luz entre las sombras de mi locura. Recordé una escena parecida. Yo estaba en un bosque, entre muchos árboles, y me atacaban. Me atacaban. Había algo que intentaba hacer, había... alguien a quien intentaba salvar. ¿Quién era...?

La sensación era así, como aquella. Una sensación de debilidad creciente, una angustia extraña. Más que los golpes, más que el dolor, aquella idea me aturdía y me desconcertaba. Escuché un aullido en la distancia. Escuché voces extrañas en mi conciencia...

No pude soportarlo más, herido y magullado, eché a correr, lejos, muy lejos, por entre los árboles, notando como el olor de la muerte se adhería a todos los elementos del entorno que me rodeaba.


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La daga había conseguido dañarlo más de lo que me imaginaba, pues nada más regresar a la posición, el lobo comenzó a correr en dirección contraria. Pretendía escapar, y eso era algo que no podía consentir:

- ¡Atended a los heridos! - ordené a los hombres que seguían en pie, mientras yo comencé a correr para perseguir a la bestia

Noté como los gritos de los hombres que intentaban detenerme se iban tornando cada vez más distantes. Se preocupaban, y lo valoraba. Pero no podía permitir que esa horrenda criatura campara a sus anchas. Era mi deber como Reina de Garnalia derrocar a ese monstruo para que mi pueblo pudiera descansar tranquilo.

Armada con mi gigantesco escudo y mi espada de plata, me adentré rauda en la niebla, que comenzaba a hacerse cada vez más densa...
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Fui lo suficientemente rápido como para despistar a quien, o a quienes, me estuvieran persiguiendo. Conocía el bosque, llevaba mucho tiempo viviendo en él, desde que tenía memoria, aunque no desde siempre... ¿O sí? No lo sabía, y tampoco podía pensar en ello. El dolor era cada vez más insoportable y, al final, terminé dejándome caer entre un par de rocas altas, posando la cabeza sobre mi propia sangre.

En aquel bosque había otros lobos. Yo los había visto, eran como yo, algunos también sufrían la condena de estar atados a un cuerpo humano. ¿Habrían escuchado mis aullidos lastimeros? ¿Vendrían a ayudarme, a combatir ellos también contra aquel grupo de fieras armadas?

Solté un gruñido bajo, casi inaudible, y noté cómo mi corazón latía cada vez más lento, cómo iba fluyendo la sangre desde mi cuerpo hasta la hierba mojada. Las gotas de lluvia caían en mi rostro y mi alma de lobo fue perdiendo fuerzas, cada vez más, cada vez más... No, no quería que se fuera, pero se iba, se iba...

Al cabo de unos minutos, donde estaba el lobo herido, se descubrió la figura de un hombre ensangrentado. «La daga. La herida... La daga. La herida...». Tanteé con las manos aquella maldita arma que me iba consumiendo las fuerzas, las energías, la propia vida; la aferré, cerré la mano en torno a ella y, sin dudarlo un segundo más, desesperado, la arranqué de mi carne.

No pude reprimir un grito. El dolor era intenso, intenso, y casi al mismo tiempo que el grito escaparon unas palabras extrañas de mis labios, apenas era consciente de lo que yo hacía, apenas era consciente de mis actos. Una energía extraña, revitalizadora, escapó del centro de mi alma hasta concentrarse en la herida. ¿Qué era aquello? ¿Qué estaba haciendo? ¿Sería la luna, que se había compadecido de mí...?

Me sentí débil, exhausto, cansado, pero, al mismo tiempo, aliviado porque aquella herida mortal y abrasadora dejaba de dolerme, hasta el punto de desaparecer por completo. «Se ha acabado...». Tenía otros numerosos rasguños por el cuerpo, y sangre adherida a la piel, pero, en comparación con la herida de la daga, todo aquello carecía de importancia.

Lancé el arma con todas mis fuerzas, muy lejos, y se perdió entre el follaje. Yo me incorporé ligeramente, y a gatas, casi arrastrándome, logré avanzar unos metros más; sin embargo, pronto las fuerzas me abandonaron, y me quedé quieto sobre el suelo, mareado. La niebla era densa, también era densa la niebla en mi mente.

Escuche un aullido cercano. Vi, con los ojos entrecerrados, una sombra saltar de un arbusto a otro. Era la sombra de un lobo y corría, como yo había corrido unos minutos antes. «Espérame —quise decirle—. Espérame e iremos a matarlos juntos».



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Tras varios minutos recorriendo el bosque, divisé a un hombre. Estaba visiblemente herido, y a su lado se hallaba un lobo. Al verlo, desenvainé mi espada y cargué contra el animal, ensartando mi hoja en su corazón. Un aullido surgió de sus entrañas, algo que pareció llamar la atención de otras criaturas que aparecieron de entre los arbustos. Podía ver el hambre en sus ojos. Pero no podía permitir que atacaran a la Reina de Garnalia, y mucho menos dejar a aquel pobre hombre a su suerte.

- No os mováis - le dije al hombre, casi en un susurro. Necesitaba atención médica. Y pronto.

Espada en mano, cargué contra aquellas inmundas criaturas que osaron acercarse más de la cuenta.

***


Acabé con la vida de aquellos lobos. Al hacerlo, me acerqué nuevamente al hombre. Me incliné ante él y lo examiné: tenía diversas cicatrices en su espalda y parecía que no había comido desde hacía mucho tiempo. Tan cansado estaría que no pudo soportarlo y se desmayó. Si no lo atienden rápido, podría reunirse con Dios, nuestro señor, mucho antes de lo esperado.

Sin pensármelo dos veces, cargué con el cuerpo de aquel hombre moribundo, cuya vida acababa de rescatar.
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¿Sucedió algo más...?

¿Había... conseguido el lobo acabar con ellos?

No lo sabía. ¡Oh, no podía saberlo, ayudarlo...!

Al cabo de un tiempo, todo fueron colores, sombras...

...y sonidos confusos..., que se sucedieron sin descanso, sin descanso... Y el dolor, la niebla...

Acabé perdiendo la conciencia, y lo último que llegó a mis sentidos fue un intenso olor a sangre.

«¿Pero de quién?».


~ o ~

Los aullidos de los otros lobos sonaban ya lejanos. Crescent fon Wölfkrone, el que fuera príncipe de un reino, fue arrastrado por la reina de Garnalia, rescatado por ella, sin que él apenas fuera consciente de quién era y de qué sucedía a su alrededor. Su conciencia se había reducido a un conjunto de pensamientos inconexos, lo mismo que sus acciones, y la luna avivaba, como quien echa leña a un fuego encendido, las llamas intensas de su alma de lobo, así como la noche oscura se solapaba con el rincón sombrío de su alma...

Lo que sucedería a partir de aquel momento, nadie podía precisarlo con exactitud, pero la luna sabía, desde su trono de obsidiana, que aquella no había sido una noche cualquiera.



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